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Archivos de la categoría ‘Literatura’

Born of Hope

Publicado por Jordi Guzman en 24 marzo 2010


Born of Hope es un producción semi profesional de 71 minutos de duración dirigida por la británica Kate Madison ambientada en el noreste de la Tierra Media en los años inmediatamente anteriores a los hechos narrados en el primer libro de El Señor de los Anillos, La Comunidad del Anillo escrito por J.R.R.Tolkien.

Tolkien apenas esboza la historia en el apéndice final que aparece en en el tercer libro El Retorno del Rey en donde nos cuenta brevemente la historia de los padres de Aragorn, Arathorn y Gilraen, de su abuelo paterno Arador y de sus abuelos maternos Dírhael e Ivorwen. Dice así:

Arador era el abuelo del Rey. Su hijo Arathorn pidió por esposa a Gilraen la Bella, hija de Dírhael, que era a su vez descendiente de Aranarth. A esa unión se oponía Dírhael: porque Gilraen era joven y no había alcanzado aún la edad en la que las mujeres de los Dúnedain solían desposarse.

“Además” decía, “Arathorn es un hombre severo y en la fuerza de la edad, y llegará a capitán antes de lo que se espera; sin embargo, me dice el corazón que tendrá una vida breve”.

Pero Ivorwen, su esposa, que también era vidente, respondió: “¡Mayor razón entonces para darse prisa! Los días se oscurecen antes de la tempestad, y se avecinan grandes acontecimientos. Si estos dos se desposan ahora, aún pueden nacer esperanzas para nuestro pueblo; pero si la boda se posterga, la esperanza se desvanecerá para siempre hasta el fin de esta Edad.”

Y aconteció que cuando hacía apenas un año que Arathorn y Gilraen se habían casado, Arador fue tomado prisionero por los trolls de las Montañas en los Páramos Fríos al norte de Rivendel, y asesinado; y Arathorn se convirtió en el Capitán de los Dúnedain. Al año siguiente Gilraen le dio un hijo, y lo llamaron Aragorn. Pero Aragorn tenía apenas dos años cuando Arathorn partió a combatir contra los orcos con los hijos de Elrond, y pereció con un ojo atravesado por una flecha orca; y así tuvo en verdad una vida breve para alguien de su raza, pues apenas contaba sesenta años cuando cayó.

Aragorn, que era ahora el heredero de Isildur, fue llevado entonces a vivir con su madre en la casa de Elrond, y Elrond hizo las veces de padre para él, y llegó a amarlo como a un hijo. Pero lo llamaban Estel, que quiere decir “Esperanza”, y su nombre verdadero y su linaje fueron mantenidos en secreto por orden de Elrond, porque los Sabios sabían entonces que el Enemigo trataba de descubrir al heredero de Isildur, si quedaba alguno sobre la faz de la tierra.

Es un mediometraje pensado especialmente para los fans del universo Tolkien (entre los que me incluyo) con una sorprendente buena fotografía y, dado lo pequeño de su presupuesto, con un buen resultado final. Podéis encontrar más información en la página oficial de la película.

Más sobre el tema en Pasa la vida:

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Justin Gerard – Ilustraciones para El Hobbit

Publicado por Jordi Guzman en 5 marzo 2010


Justin Gerard es un artista norteamericano que vive en Greenville, Carolina del Sur, actualmente trabaja como director de arte en Portland Studios Inc. He escogido para mostraros estas preciosas ilustraciones del libro El Hobbit de J. R. R. Tolkien. En su página y en su blog podéis ver más trabajos suyos. Clic para ampliar.

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Enciclopedia de la ignorancia – La Materia Oscura

Publicado por Jordi Guzman en 26 enero 2010


Un muy interesante capitulo del libro Enciclopedia de la ignorancia escrito por  Kathrin Passig y Aleks Scholz y que editó Destino en 2008 con traducción de Carlos Andreu y Mercedes García Garmilla. Un libro dedicado a cuestiones a las que por ahora la ciencia no ha encontrado una explicación satisfactoria. Hace unas semanas le dediqué otro post.

Materia oscura

Un kilo de materia oscura pesa más de diez tone­ladas.

Profesor Farnsworth

Futurama

Sólo una pequeña fracción de la materia del universo es visible. El resto, y no nos referimos a las cosas que han desa­parecido bajo la cama, se conoce como materia oscura. En to­tal es más lo invisible que lo visible que hay en el universo: entre cinco y diez veces más. Lo que no está claro por ahora es a qué nos referimos al hablar de lo invisible.

Se sabe de la existencia de la materia invisible porque ésta se percibe de forma indirecta a causa de su masa: las masas se atraen entre sí, según afirma con razón la ley de la gravitación universal, y por eso la materia oscura influye a través de la fuerza gravitatoria en el movimiento de objetos visibles, como las estrellas, que por el contrario es observa­ble. Una parte esencial del trabajo de los astrónomos es ocu­parse de lo invisible. Cuando se observa con exactitud lo que sucede en el cielo, a menudo sucede que el movimiento de los cuerpos celestes sólo se puede explicar si se supone la pre­sencia de otros cuerpos celestes que permanecen en la oscu­ridad, ya sea porque son verdaderamente invisibles (como los agujeros negros) o porque tienen un brillo demasiado dé­bil para poder ser observados con los telescopios existentes. A medida que los telescopios se vuelven más potentes, son más los cuerpos «invisibles» que se vuelven de repente visi­bles. En 1844, Friedrich Wilhelm Bessel, a partir de los mo­vimientos de la brillante estrella Sirio, dedujo que ésta tenía un acompañante invisible que giraba en torno a ella. Pasa­ron dieciséis años hasta que Alvan G. Clark, provisto de un telescopio de mayor potencia, pudo ver una acompañante de brillo extraordinariamente débil: Sirio B se hizo famosa en­seguida, porque se trataba de un cadáver estelar caliente; pertenecía a una clase de objetos que posteriormente recibi­rían el nombre de «enanas blancas». Como en el caso de Si­rio B, en los últimos diez años se han hallado más de cien planetas situados fuera de nuestro sistema solar, y estos ha­llazgos se han realizado de manera indirecta, a través de la fuerza gravitatoria ejercida por estos cuerpos: es imposible verlos, pero atraen y arrastran a sus propios soles con tanta fuerza que los hacen agitarse un poco hacia aquí y hacia allá. Es esta agitación la que nos permite encontrar mundos des­conocidos que con nuestras técnicas actuales son invisibles. Lo que realmente es misterioso en relación con la materia os­cura no es su presencia, sino lo sorprendentemente grande que es la cantidad de esta materia.

El primero que afirmó esto fue el astrónomo suizo Fritz Zwicky en el año 1933. Observó los movimientos de las ga­laxias en la constelación Coma Berenice, una zona del cielo que está plagada de estas agrupaciones de estrellas. Las foto­grafías de esta región del espacio muestran una apreciable cantidad de manchas de niebla, que al ser observadas más de cerca (con telescopios más potentes), se ven como galaxias, como muchos miles de vías lácteas, que se componen a su vez cada una de ellas de muchos millones de estrellas, una visión que pone de manifiesto que el universo está empeñado en ha­cer que nos sintamos poca cosa. Zwicky descubrió que las ga­laxias existentes en este hormiguero se movían con dema­siada rapidez: la masa de la materia visible no es ni de lejos suficiente para mantener unidos esos montones de galaxias. En realidad tendrían que haberse disgregado hace miles de millones de años, con lo que ya no podríamos verlas actual­mente. Tiene que haber una especie de «pegamento» adicio­nal, la fuerza gravitatoria de la materia oscura, que evite que las galaxias se disgreguen. Aunque Zwicky lo formuló de una manera bastante más complicada, sus conocimientos fueron ampliamente ignorados. De nuevo hubo que esperar, esta vez casi cuarenta años, para que la existencia de la materia os­cura se aceptara de forma generalizada, pero, una vez que se dio esta aceptación, son miles los astrónomos que se han ocu­pado de esta cuestión día y noche, sobre todo de noche.

La gran brecha que abrió el descubrimiento de la materia oscura tuvo su origen en la investigación de la rotación de las galaxias. Del mismo modo que los planetas giran en torno al Sol, las estrellas de una galaxia se mueven en torno al centro de la misma. El Sol, por ejemplo, lo hace con una velocidad aterradoramente alta de unos 250 km/s. Al mismo tiempo, por una parte, experimenta la atracción que ejerce sobre él el cen­tro de la Vía Láctea mediante la fuerza gravitatoria. Por otra parte, la rotación en torno a ese centro genera la fuerza cen­trífuga, que es una fuerza dirigida hacia fuera, cuya existencia podemos percibir sencillamente cuando vamos en coche y to­mamos una curva a gran velocidad. En conjunto, la acción si­multánea de la fuerza centrífuga y la fuerza gravitatoria hace que el Sol no caiga hacia el interior de la galaxia, ni vuele ha­cia fuera, sino que se mueva dócilmente alrededor del centro, con una velocidad que viene determinada únicamente por la distribución de la materia en la Vía Láctea. Por lo tanto, a par­tir de la velocidad de la materia visible pueden sacarse con­clusiones sobre la cantidad de masa que hay dentro de la ga­laxia y sobre el lugar en que esta masa se encuentra. Gracias a este análisis, a principios de la década de 1970 se llegó a una conclusión deprimente: los objetos que están en las zonas más externas de las galaxias, y esto vale para todas (hay muchas, como ya hemos mencionado anteriormente), se mueven a una velocidad excesivamente grande en torno al centro, tan rápido que, como el coche en una curva, saldrían disparados hacia el exterior, si no fuera por la existencia de algo pesado, pero in­visible, que se lo impide: la materia oscura.

Entretanto se ha «comprobado» la presencia de materia oscura en muchos lugares diferentes del universo. Se puede encontrar en nuestra Vía Láctea, en las galaxias elípticas, en las galaxias enanas, en los cúmulos de galaxias y en los supercúmulos, que son aún más grandes. En ningún sitio suce­derían las cosas tal como deberían suceder según nuestras previsiones, si sólo existiera lo visible. Recientemente especu­lan algunos sobre la existencia de materia oscura también en nuestro entorno inmediato: las sondas espaciales Pioneer n.° 10 y n.° 11, cuya tarea principal consiste en espiar a los grandes planetas Júpiter y Saturno, se ven atraídas en dirección al Sol por una fuerza que no presagia nada bueno, y en consecuen­cia se desplazan cada vez con mayor lentitud: hasta ahora no se ha podido explicar este fenómeno; las posibles causas va­rían desde una fuga de combustible hasta la materia oscura, que tiraría con toda su potencia de estas pobres naves espa­ciales.

Ahora bien, ¿qué es esa materia oscura? ¿Es peligrosa esa extraña cosa? ¿Puede explotar, o es quizá comestible? Podría­mos librarnos de este problema con suma elegancia si negá­ramos la existencia de la materia oscura y explicáramos los efectos anteriormente mencionados modificando sin vacila­ciones la ley de la gravedad. Todos los fenómenos que apun­tan a la existencia de la materia oscura, lo hacen sólo porque damos por supuesta la universalidad de la ley de la gravedad. Quizá tenemos simplemente una idea errónea de lo que es la gravedad. Ésta es la idea básica en que se apoya la teoría de la «dinámica newtoniana modificada» [Modified Newtonian Dynamics, cuya abreviatura es MOND], y otras construccio­nes mentales de tipo similar. En el contexto de la MOND, propuesto por el cosmólogo Mordehai Milgrom en 1983, la gravedad ya no se comporta de esa forma tan intransigente que conocemos desde siempre, sino que cambia su manera de actuar cuando se aplica a objetos que están muy alejados, lo cual sucede muy a menudo en el universo. Así, la MOND puede, por ejemplo, explicar las curvas de rotación de las ga­laxias, que en cualquier otro caso requieren grandes cantida­des de materia oscura. Sin embargo, no funciona ni mucho menos en todos los casos y genera una serie de problemas adicionales. Hasta ahora nadie ha inventado una teoría mo­dificada y completa de la gravedad que se pueda aplicar sin dificultades tanto en el dormitorio como en la sala de estar, y también en la cocina del universo. Por eso continúa la bús­queda de la materia oscura.

Las teorías relativas a su naturaleza se dividen en dos cla­ses: por una parte, podría tratarse de objetos pesados, pero sin brillo o poco brillantes, construidos con los mismos ma­teriales que todo lo que conocemos hasta ahora. A ésta se le llama materia oscura «bariónica», porque su masa se encuen­tra en gran medida en determinadas  partículas elementa­les, concretamente en los protones y los neutrones, que se lla­man también bariones. Unas buenas candidatas para esta categoría de materia oscura son las ya mencionadas enanas blancas, además de las llamadas enanas marrones, que ya volveremos a mencionar más adelante, y los agujeros negros. Estas oscuras sombras suelen englobarse en la sigla MA­CHO, correspondiente a massive compact halo objects «ob­jetos de halo masivo compacto».

Por otra parte, la materia oscura podría estar formada por una gran (o incluso enorme) cantidad de partículas ele­mentales que interaccionan muy débilmente con el resto del mundo y vuelan como autistas a través de las personas, la Tierra y el universo. Las primeras teorías de este tipo partían de unas partículas «calientes», o sea muy cargadas de ener­gía. El mejor candidato para esto ha sido durante mucho tiempo el neutrino, una partícula fantasmal que se libera, por ejemplo, en las centrales nucleares o cuando se producen ex­plosiones de estrellas y para cuya constatación son necesarios al menos veinticinco años. Sin embargo, parece claro que la masa de los neutrinos es demasiado escasa para explicar los fenómenos asociados a la materia oscura. Hay también mo­delos que trabajan con materia oscura «fría» y son muy pro­metedores. Las partículas en cuestión reciben nombres curio­sos, como neutralino, axión, gravitino o incluso Wimpzilla, y hasta ahora existen sólo en las mentes de algunos teóricos. Por el momento ninguno de ellos ha sido constatado de una manera que no deje lugar a dudas. En ocasiones, estos seres exóticos e hipotéticos reciben conjuntamente el nombre de WIMP, que significa weakly interacting massive particles [«partículas con masa que interaccionan débilmente»], y en última instancia lo que queda claro es que la investigación de la materia oscura es también una competición por el mejor acrónimo: ¿MOND, MACHO o WIMP?

Durante los últimos treinta años, los frentes de la investi­gación sobre la materia oscura han cambiado de posición muchas veces. En la década de 1970 se aceptaba principal­mente la hipótesis de que se trataba de materia bariónica, con un tipo de objetos que posteriormente se denominarían MA­CHO. En la década de 1980 se pasó página y se hicieron po­pulares los neutrinos, junto con los WIMP «fríos» y otras partículas elementales exóticas. A principios de la década de 1990 volvieron en primer lugar los MACHO, pero durante los años siguientes perdieron su ventaja a causa de nuevas ob­servaciones. De vez en cuando se utilizaron también mode­los híbridos: «El mundo necesita tanto MACHO como WIMP»* afirmaba el astrofísico inglés Bernard Carr en 1994. Llenos de esperanza, los expertos se refieren a estas teorías llamándolas escenarios con «dos hadas de los dientes»: cuan­do un niño pierde un diente de leche, lo pone por la noche bajo la almohada y espera al hada de los dientes, que se lo cambiará por una moneda. Todavía está por ver si el pro­blema de la materia oscura se resuelve con dos hadas de los dientes, es decir, con dos tipos diferentes de partículas.

Un buen ejemplo de lo que han supuesto las modas en la investigación de la materia oscura lo constituyen las llamadas enanas marrones. Al contrario que las estrellas, estos objetos no poseen en absoluto calentamiento interno. Mientras las estrellas, durante muchos millones de años, «queman» en su interior hidrógeno, generando así helio, las enanas marrones son demasiado pequeñas para producir las temperaturas que requiere este proceso. A eso se debe que su brillo sea débil y que sean, por consiguiente, difíciles de detectar. Si una estre­lla fuera una vela que arde de manera continua y segura, una enana marrón sería un pedazo de metal incandescente que se va enfriando poco a poco. Desde la década de 1960 se espe­cula sobre la existencia y las características de las enanas ma­rrones, pero hasta hace poco no se habían podido ver ni inves­tigar, entre otras cosas porque los telescopios eran demasiado poco potentes. Como no se sabía nada sobre cuántas podía haber en la Vía Láctea, fueron durante casi veinte años las mejores candidatas para constituir la materia oscura. Incluso en 1994, un año antes del descubrimiento de la primera ena­na marrón, a saber, de un objeto que recibió el lamentable nombre de Gliese 229B, Bernard Carr se refirió a las enanas marrones diciendo que eran la explicación «más plausible» para la gran cantidad de cosas invisibles que había en el espa­cio. Sin embargo, en unos pocos años se derrumbaron las gran­des esperanzas que se habían puesto en aquella rareza oscura y dudosa; se descubrieron numerosas enanas marrones, pero no fueron ni de lejos suficientes para dar ni siquiera una pista sobre lo que puede ser la materia oscura.

Un destino parecido al de las enanas marrones fue el que sufrieron también el resto de los candidatos a ser MACHO, así como los neutrinos: estas cosas existen, por supuesto, pero si se contabilizan todas ellas juntas, se obtiene sólo una pequeña fracción del total de materia oscura. Hoy en día, no queda prácticamente otra salida que creer en la existencia de materia oscura fría en forma de WIMP o algo parecido: unas Partículas elementales que se relacionan con el resto del universo casi exclusivamente por la fuerza gravitatoria que ejer­cen. Por lo demás, hasta ahora nadie sabe qué son exacta­mente. Por eso se produjo un acontecimiento de lo más emo­cionante cuando, a finales de la década de 1990, un equipo de investigadores formado en torno a Rita Bernabei preten­dió haber acreditado por primera vez la presencia de materia oscura en la Tierra. Con ayuda de unos pesados cristales sa­linos, enterrados en las profundidades de los Apeninos italia­nos, para protegerlos de radiaciones que pudieran interferir, se descubrió una señal que se atribuyó a la incrustación de partículas hasta la fecha invisibles dentro del cristal salino. ¿Sería que podían recogerse WIMP en el centro de Europa? Por desgracia esta noticia sensacional no sobrevivió a las comprobaciones críticas realizadas posteriormente. Por lo tanto, todo sigue como estaba, y el concepto de «materia os­cura» sigue siendo, como reconoce el astrónomo estadouni­dense David B. Cline, una «expresión de nuestro desconoci­miento» vacía de todo contenido.

Además, por lo que sabemos hasta ahora, el universo se compone de materia visible y materia oscura en una propor­ción que no va más allá de entre un cuarto y un tercio. El resto se ha calificado en su totalidad como «energía oscura», sólo por llamarlo de alguna manera, y con ello se alude a una fuerza misteriosa que acelera la expansión del universo. Quizá no haga falta decir que tampoco se sabe prácticamente nada sobre la naturaleza de esa energía oscura.

* Juego de palabras en inglés: wimp significa ‘canijo’ o ‘alfeñique .

Un kilo de materia oscura pesa más de diez tone­ladas.

Profesor Farnsworth

Futurama

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Una metáfora imposible de resistir

Publicado por Jordi Guzman en 16 enero 2010


Supongo que quienes vieron Apocalypse now tienen presente la inolvidable escena en la que seguimos a una flotilla de helicópteros lanzados al ataque sobre un poblado vietnamita, mientras de fondo truena la cabalgata de las walkirias de la ópera que Wagner dedicó a tan señalada como gorda guerrera germana. Hay una admirable armonía entre las máquinas metálicas y esa música que nos induce a creer que, en efecto, los Sykorsky (¿o eran de otra raza?)[en realidad son dos modelos: el Bell UH-1 Iroquois y el Hughes OH-6 Cayuse] son, en verdad, robustas hembras.
Yo no sé si Coppola lo ha confesado alguna vez, pero esa su quizás más famosa escena le pertenece a Marcel Proust. Me llamó la atención sobre este plagio una amiga muy leída a la cual le había asaltado en una relectura de El tiempo reencontrado. Me dijo en tono perentorio: «¡Tercer volumen de la Pléiade, página 758, te lo lees y me llamas!».
En esa página retrata Proust a los estetas de la Gran Guerra y el esnobismo de algunos oficiales de la nobleza. El narrador, Marcel, encomia a Saint-Loup «la belleza de los aviones que despegan en la noche» y ese momento en el que forman «una nueva constelación» en el firmamento. Su amigo replica que prefiere verlos dispersos y lanzados al ataque «creando un apocalipsis». El sonido de las sirenas les añade un aire wagneriano, dice, de modo que «uno se pregunta si se trata de pilotos o de walkirias». Y acaba con una frase de necia frivolidad: «Ha sido necesario que los alemanes vinieran a París para que pudiéramos escuchar a Wagner debidamente».
Quizá Coppola lo haya dicho en alguna entrevista, quizá sea un lugar común para la crítica, pero yo no lo había remarcado. Bien es cierto que todavía algo se me escapa. La similitud de los viejos aeroplanos de la Gran Guerra, cuyo piloto era tan visible como un jinete, con las galopantes walkirias, es obvia. ¿Pero una flotilla de helicópteros? ¿Los vemos en verdad como caballos del aire, al igual que las locomotoras eran caballos de hierro para los sioux? ¿O será acaso que Wagner compuso una metáfora tan potente que ya fue inevitable el invento de la aviación?

Artículo publicado en El Periódico el 16 de enero. Su autor es Félix De Azúa.

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Beatriz Martin Vidal – Ilustraciones y dibujos

Publicado por Jordi Guzman en 8 enero 2010


Beatriz Martin Vidal es una ilustradora española de la que no tengo más datos biográficos. Ha ilustrado numerosos libros, cuentos y clásicos, con un estilo muy personal. Podéis ver más trabajos en su espacio en carbonmade. Clic para ampliar.

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George Steinmetz – Empty Quarter

Publicado por Jordi Guzman en 31 diciembre 2009


Empty Quarter es el nombre que le dan los anglosajones a Rub al-Jali (literalmente, el lugar vacío) un desierto de arena situado en el tercio meridional de la Península Arábiga entre Arabia Saudita, Omán, los Emiratos Árabes Unidos y Yemen. Una región completamente deshabitada y con unas temperaturas máximas que pueden llegar a 55º C…y uno de los lugares con más petroleo en el mundo.

El fotógrafo George Steinmetz le ha dedicado un reportaje gráfico, realizado en su mayor parte desde un parapente a motor,  que ha reunido en un libro llamado precisamente Empty Quarter, en su página hay una selección de imágenes de las que he elegido las que siguen. También incluyo un vídeo con imágenes del libro. Clic para ampliar.

Vía PDN Photo of the Day

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Enciclopedia de la ignorancia

Publicado por Jordi Guzman en 21 diciembre 2009


Me estoy acabando de leer el ameno y interesante libro Enciclopedia de la ignorancia escrito a cuatro manos (o a dos plumas) por Kathrin Passig (1970) colaboradora en diversas revistas alemanas y blogger, es redactora y programadora del weblog RiesenMaschine, y el astrónomo Aleks Scholz (1975), especializado en el estudio de la formación, el desarrollo y la estructura de las estrellas y los planetas.

En 42 cortos artículos (aunque en la portada hablan de 50) inscritos en casi 300 páginas nos presentan un muestrario de temas de muy variada condición – desde el ronroneo de los gatos, la hipótesis de Riemann, la materia oscura o los bostezos – cuya nexo de unión es la actual incapacidad o desconocimiento de sus causas, orígenes y características, evidentemente con diferentes grados de incertidumbre, cuestiones, en definitiva y como reza en la portada, para los que aún no hay una respuesta científica completa.

Un libro que se deja leer muy fácilmente a la vez que no escatima datos ni deja de profundizar en los temas, siempre con un toque de humor.

Enciclopedia de la ignorancia. Kathrin Passig y Aleks Scholz. Destino 2008.

Adjunto el capítulo dedicado a analizar los pormenores e incógnitas de algo tan usual y prosaico como es el olfato.

OLFATO

El proceso de oler consiste en que el movimiento del objeto oloroso se capta, se mide y, a través del cerebro, se lleva al alma, para que ésta pueda per­cibir y reconocer las características de dicho objeto.

Johann Heinrich Zedler, «Olfato»,

en Gran enciclopedia universal completa

de todas las ciencias y las artes, 1732-1754

Actualmente, para la mayoría de las personas, oler es sólo un hobby. En cualquier caso, rara vez es necesario para sobrevivir, porque preferimos confiar en nuestros ojos y, en me­nor medida, en nuestros oídos. Sin embargo, muchos ani­males se ríen de esa tendencia a usar la vista e insisten en reconocer su entorno con el viejo sentido del olfato, que les da muy buen resultado. Seguramente no es una mala idea, ya que a menudo no hay luz eléctrica en los lugares donde viven.

He aquí grosso modo cómo se desarrolla el proceso de oler: el «olor» se compone de moléculas de sustancias oloro­sas. Éstas llegan a la mucosa olfativa, situada en la parte su­perior de la nariz, y son registradas por lo receptores que allí se encuentran y que están especializados para cada molécula de olor primario. Al recibir la sustancia olorosa, los recepto­res emiten una señal eléctrica que es enviada al cerebro me­diante las fibras del nervio olfatorio. Y, como sucede con los demás órganos de los sentidos, es en el cerebro donde se produce el análisis minucioso de las informaciones olfativas. En un proceso complicado y que todavía no se comprende del todo, se deducirá, a partir de los datos recibidos, todo aque­llo que para los seres humanos es importante: por ejemplo, si es una flor o una mofeta lo que tienen delante de la nariz.

Es mucho lo que se ha aprendido en los últimos años so­bre los procesos que intervienen en el olfato. Se sabe que algunos mamíferos poseen alrededor de 1.000 receptores dife­rentes (en el caso de los seres humanos sólo hay unos 350), con los que pueden distinguir más o menos 10.000 varieda­des de olores. El modo en que se configuran los receptores olfatorios está registrado en unos 1.000 genes, que representan entre el uno y el cuatro por ciento de todo el genoma, dependiendo de la cantidad de genes que se atribuya en total al ser humano, lo cual es todavía objeto de discusión. En cualquier caso, está claro que el sentido del olfato es importante para el organismo. También lo es para el comité que otorga los premios Nobel, que en 2004 concedió el premio Nobel de medicina a Richard Axel y Linda B. Buck por las concienzudas investigaciones que realizaron durante más de una dé­cada en relación con el sistema olfativo, desde los receptores hasta el cerebro.

No está claro por ahora cuál es el mecanismo que actúa al iniciarse el proceso olfativo, es decir, la interacción entre las moléculas olorosas, que son las «portadoras» del olor, y los receptores. ¿Qué sucede realmente cuando una molécula tropieza con un receptor? ¿En qué nota el receptor que una determinada sustancia ha entrado en la nariz? (Responder que «en el olor» sería demasiado simple.) O también, considerándolo desde el otro lado: ¿Cuál es la característica de una sustancia que determina su olor? ¿Por qué algunas sustancias tienen un olor agradable y otras no?

Según la opinión de la mayoría de los expertos, los receptores y las sustancias olorosas funcionan siguiendo el princi­pio de la llave y la cerradura. Las moléculas del receptor constituyen la cerradura y poseen una forma determinada. Cuando llega al receptor una molécula que tiene justo la forma complementaria, es decir, que encaja como una llave en el receptor, la nariz se lleva una alegría y comunica el acontecimiento a los jefes, que están en el cerebro. Según este modelo «estereoquímico», propuesto inicialmente por el es­tadounidense John Amoore el año 1952, el olor de una sus­tancia viene dado por la forma y el tamaño de sus moléculas. Aunque el principio de la llave y la cerradura está amplia­mente aceptado como base del mecanismo del olfato, dicho principio presenta algunas dificultades: como ya se ha dicho, la nariz humana sólo dispone de unos 350 tipos distintos de receptores. Si lo que de verdad importa fuera sólo la forma, únicamente podríamos distinguir en sentido estricto 350 olo­res diferentes; sin embargo, está claro que distinguimos mu­chos más. Pues entonces, según dice, por ejemplo, Leslie B. Vosshall, profesora de la Universidad Rockefeller de Nueva York, quedan las llaves un poco flojas en la cerradura. Lo que suena en principio como una chapuza, resulta ser una inteligente jugada de ajedrez: en realidad, de esta manera hay más moléculas olorosas que encajan en el mismo receptor (un poco mal, pero encajan), y hay distintos receptores que sirven para la misma molécula. Combinando las informaciones de distintos receptores, el cerebro podría percibir miles de olores diferentes.

Sin embargo, hay un serio problema con respecto a la teo­ría estereoquímica, y es el que plantean las moléculas que tie­nen formas similares, pero producen olores totalmente dife­rentes, o, al revés, que tienen aspectos totalmente distintos, pero huelen de manera similar. Por ejemplo, las moléculas de decaborano, una sustancia que, entre otras aplicaciones, tiene la de servir como combustible para cohetes, tienen un aspecto muy parecido a las de canfano (la única diferencia es que los átomos de boro se sustituyen por átomos de carbono). Mien­tras el canfano huele a alcanfor, una sustancia que forma parte de numerosos cosméticos y medicamentos, el decaborano huele claramente a azufre (un elemento que, para colmo, ni si­quiera entra en su composición). Muchas sustancias huelen a almendras amargas, aunque estén compuestas de una manera totalmente distinta al benzaldehído, el compuesto principal del aceite de almendras amargas. A causa de estas discrepan­cias, los investigadores están buscando ampliaciones del mo­delo estereoquímico, o modelos alternativos.

Una de estas alternativas va unida al nombre Luca Turin desde 1996, aunque la idea básica tiene casi sesenta años más y se debe a G. Malcolm Dyson. Este investigador pronosticó que lo decisivo no sería la forma de la molécula, sino las vi­braciones que se produjeran en el interior de ella. Cuando se unen los átomos para formar una molécula, en ningún caso surge una estructura rígida e inmóvil. Hay que imaginarse los enlaces que hay dentro de la molécula más bien como plumas de las que penden unos pesos (los átomos) que vibran sin ce­sar de un lado para otro. No sólo vibran los átomos indivi­dualmente, sino que, si se trata de moléculas complicadas, lo hacen también grupos enteros de átomos. Las vibraciones se producen con unas frecuencias determinadas, que dependen, entre otras cosas, del peso de los átomos implicados y de lo fuerte que sea el enlace. Cada molécula muestra un espectro de vibraciones característico que se puede utilizar, por ejemplo, para analizar la estructura de las moléculas. Turin afirma que la nariz hace exactamente lo mismo: funciona como un espectros­copio e identifica las sustancias olorosas según la frecuencia de vibración de las moléculas contenidas en dichas sustancias. Esto es, desde luego, más complicado que lo de la llave y la ce­rradura, y quizá por eso suena improbable. Pero el principio básico, es decir, la percepción de las vibraciones no es algo que extrañe al cuerpo: también el ojo y el oído perciben frecuen­cias, ya sea en forma de ondas electromagnéticas o acústicas.

No obstante, en el caso de la nariz no está por ahora claro cómo pueden percibirse las vibraciones de las moléculas al nivel molecular. ¿Cómo «miden» los receptores el espectro de vibra­ción de las sustancias olorosas? Una posible respuesta a esta pregunta es la que publicaron en 2006 Jennifer C. Brookes y sus colegas en Londres. El mecanismo que propusieron ya había sido mencionado por Turin en 1996 y se parece al de una tar­jeta con banda magnética. Cuando una molécula con una fre­cuencia determinada entra en contacto con el receptor corres­pondiente, por decirlo de algún modo, se cierra un circuito: los electrones fluyen desde un donante a través de una molécula olorosa hasta el receptor, donde dejan la señal que será enviada al cerebro (es lo que dice la teoría). Futuros experimentos ten­drán que aclarar si este mecanismo funciona también en la prác­tica y si está realmente instalado en la nariz.

La teoría de las vibraciones encontró una acogida suma­mente escéptica entre los expertos, pero tuvo una marcha triunfal a través de los medios de comunicación. Turin escri­bió columnas sobre sus ideas olfativas para el Neue Zürcher Zeitung, la BBC hizo de él un retrato detallado, y el pe­riodista estadounidense especializado en temas científicos Chandler Burr escribió todo un libro sobre Turin y su teoría. En 2006 se publicó por fin un libro escrito por el propio Tu­rin, titulado The Secret of Scent. Sin embargo, la recién des­cubierta teoría no está en absoluto más libre de contradiccio­nes que el principio de la llave y el cerrojo. Un problema son los enantiómeros, es decir, las moléculas enantiomorfas, que sólo se distinguen entre sí porque sus estructuras aparecen en orden inverso, de tal modo que, si se colocan a ambos lados de un eje, se ven como en un espejo, algo así como la mano izquierda y la derecha. En esa simetría de espejo las frecuen­cias de vibración no cambian, por lo que las sustancias debe­rían oler igual. Sin embargo, no siempre sucede así: por ejem­plo, un enantiómero de la molécula de carvona huele a comino, y el otro a menta.

Una prueba importante para toda teoría del olor son los experimentos con isótopos: se investigan moléculas en las que uno o más átomos han sido reemplazados por isótopos (el mismo átomo, pero con un número distinto de neutrones en el núcleo). El átomo de hidrógeno, que es el más sencillo que existe, no posee más que un protón en el núcleo. Si se le aña­de un neutrón, el resultado se llama deuterio. No obstante, sigue tratándose de hidrógeno, porque el neutrón tiene poca in­fluencia en las propiedades químicas. Si en una gran molécula se cambian unos átomos de hidrógeno por otros de deuterio, apenas cambia la forma de la molécula, pero sí sus frecuen­cias de vibración, porque los átomos de deuterio son más pe­sados que los de hidrógeno normal. Si la forma fuera lo único que importa para el olor, esas moléculas «deuteradas» ten­drían que oler igual, pero, si lo importante fueran las vibracio­nes, su olor tendría que ser distinto. Por lo tanto, en teoría se puede utilizar esas moléculas deuteradas para distinguir entre ambos modelos.

Un par de cucarachas consideran un deber hacernos saber que su sentido del olfato funciona más bien según el modelo de las vibraciones: si se deuteran unas moléculas que en las cucarachas producen un efecto afrodisíaco, cambian las reac­ciones de estos animales según la posición de los neutrones adicionales, tal como afirmaron en 1996 los químicos Barry A. Havens y Clifton E. Meloan, de la Universidad de Kansas. Además hallaron una relación entre el comportamiento vi­bratorio de las moléculas afrodisíacas y la actividad de las cu­carachas, lo cual sería una alegría para Turin. Parece ser que también algunos peces pueden distinguir los isótopos por su olor, mientras que las moscas de la fruta hacen como si no su­pieran nada de neutrones. Pero ¿se puede confiar en estos bi­chos? Los experimentos con animales conllevan numerosas dificultades, en parte porque no se les puede preguntar deta­lles sobre el olor de las sustancias, como a uno le gustaría ha­cer. Hoy en día muchos creen que, en todo caso, para los se­res humanos las sustancias deuteradas y las que no lo están huelen igual. Así, unos experimentos que Vosshall y su colega Andreas Keller realizaron en 2004 dieron como resultado que las acetofenonas siempre huelen a almendras amargas (un olor frecuente en los laboratorios que experimentan con el ol­fato), con independencia del número de neutrones que posea el hidrógeno que contienen, tal como sería de esperar, si la forma de las moléculas determina el olor.

A fin de cuentas, la teoría vibracional de Turin sigue es­tando considerada hoy en día como una idea excéntrica. La mayoría de los especialistas piensa que la forma de las molé­culas es el origen de los olores, aunque se admite que posi­blemente podrían intervenir además otros factores. El propio Turin reconoció que su teoría era bastante «superficial». La cuestión decisiva para todos los modelos es en qué medida pueden predecirse los olores a partir de determinadas molé­culas, antes de que alguien acerque la nariz. Así pues, estaría bien organizar una competición olfativa en la que los repre­sentantes de las distintas tendencias predijeran los olores y al final se compararan sus predicciones con la realidad. Quien tenga más aciertos, gana.

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Laurel Long – Ilustraciones

Publicado por Jordi Guzman en 17 noviembre 2009


De Laurel Long solo se que ha ilustrado bellamente libros como La dama y el león, Hans Brinker o La leyenda de Santa Claus entre otros. He escogido para mostraros sus trabajos del primer libro que he nombrado, en su página podréis ver bastantes más. Clic para ampliar.

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Cuéntamelo otra vez, y luego otra

Publicado por Jordi Guzman en 24 octubre 2009


El misterio del cuento, novela, serial o folletín sigue dando trabajo a los filósofos. Nada nuevo. Desde Aristóteles mareamos el asunto, aunque él hablara del drama. A pesar de la abismal diferencia entre su sociedad y la nuestra, la afición ya le parecía chocante. ¿Por qué nos gustan las historias? ¿Por qué nos sumergimos en relatos absurdos hasta olvidarlo todo? Quizá en tiempos de Aristóteles pudiera ser un mero recreo señorial, pero en sociedades agobiadas por la guerra, el hambre, el trabajo o la represión política, las historias tienen igual éxito. No, no es cosa de divertirse, es una necesidad más honda.
Los filósofos cognitivos, híbridos de neurólogo, biólogo y sociólogo, tratan de dar una justificación a fenómenos tan pasmosos como la trilogía de Larsson. A veces las explicaciones son someras y decepcionan. Por ejemplo, lo definen como un instrumento de ayuda para la supervivencia y la reproducción. Las novelas, las fábulas, nos harían resistentes y nos enseñarían técnicas para superar accidentes que afectan a nuestro equilibrio o a nuestra sexualidad. Es la posición del evolucionista Brian Boyd en su reciente On the origin of stories. Otros lo consideran parte de la relación ontológica del humano con el juego y lo comparan con las burbujas de fantasía que los delfines expulsan sin función ninguna, por capricho. Lo que iguala literatura, macramé y bailar la jota.
Es más tentadora la opción de Boyd. ¿Un acceso al mundo de la dificultad, vencida por el ingenio? El joven Harry Potter se enfrenta al universo de los ogros, los unicornios, los demonios y los brujos, con la estimable arma de la tecnología. Porque la varita mágica y los conjuros no son sino disfraces del ordenador, el móvil y otros aparatos que actúan a distancia, con ellos el niño puede controlar el agobiante mundo que le rodea, o así se lo parece durante un rato. Madame Bovary sería un manual de instrucciones para adúlteras: si eres tonta te saldrá mal, aprende a ser lista. A lo mejor Kafka nos enseña a sobrevivir a Renfe y la Telefónica.

Artículo publicado en El Periódico el 24 de octubre, su autor es Félix De Azúa.

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Paracelso y Diego de Zúñiga

Publicado por Jordi Guzman en 20 octubre 2009


Nueva entrega, como cada mes, de Luis Alonso en la revista Investigación y Ciencia nº 397 dedicada a ofrecer una crítica de libros. En este caso los elegidos son Paracelsus. Medicine, magic and missión at the end of time de Charles Webster editado por University Press, New Haven, 2008, y Diego de Zúñiga. Física. Edición de Gerardo Bolado y editado por Eunsa, Pamplona, 2009.

Paracelsus. Medicine, magic and missión at the end of time de Charles Webster editado por University Press, New Haven, 2008Diego de Zúñiga. Física. Edición de Gerardo Bolado y editado por Eunsa, Pamplona, 2009

Vísperas galineanas.

La pérdida de la seguridad aristotélica y galénica.

por Luis Alonso.

Nadie personifica mejor la dureza de la primera mitad del siglo xvι, con sus revoluciones religiosas, sociales y científicas, que Theophrastus von Hohen-heim (1493-1541), Paracelso. Cincuenta años después de la obra clásica e insuperada de Walter Pagel, nos encontramos con esta otra de Charles Webster —Paracelsus. Medicine, Magic and Misión at the End ofTime—, anunciada como su auto­rizado relevo. El autor ha podido acceder a fuentes inéditas, ha profundizado en los escritos teológicos y contado con edi­ciones críticas de distintos escritos paracelsistas. Apoyándose en ese nuevo mate­rial, nos pergeña un retrato más acabado del Paracelso real, el humillado, alqui­mista y subversivo.

El marco corresponde a una edad y un espacio preñados de oportunidades. La economía se desarrolló y la cultura floreció en las naciones de habla alemana. El propio Paracelso conoció de primera mano el despegue de la metalurgia y la nueva industria de la edición. En su praxis médica no dudó en recurrir a la creciente farmacopea que se ampliaba con remedios venidos del nuevo Mundo y de Asia. En numerosas ocasiones se vio beneficiado —tantas como le engañaron— con el patronazgo de familias enriquecidas al socaire del nuevo orden económico. Las ciudades que hilvanaron su carrera profe­sional, Ausgburgo, Basilea, Núremberg y Estrasburgo, explotaron las manufacturas tradicionales y desarrollaron la industria y el comercio. Supieron sacarle partido a las habilidades de los profesionales, fomen­taron las artes y los oficios y emergieron como centros cosmopolitas.

La ciencia septentrional avanzó con la estrecha colaboración entre médicos humanistas y artistas. Entre 1530 y 1558 aparecieron los herbarios de Otto Brunfels y Leonhart Fuchs, las anatomías ilustradas inspiradas en la canónica de Andrés Vesalio, los tratados naturalistas de Konrad Gessner y la revisión metalúr­gica de Georgius Agrícola. Vesalio había enseñado en la Universidad de Padua y luego se convirtió en médico de Car­los V y de Felipe II. Tras varios años de docencia en la Universidad de Lausana, Gessner fue elegido médico municipal de Zúrich. También Agrícola fue médico de St. Joachimsthal y de Chemnitz. La medicina constituía, en efecto, una pro­fesión con la que hasta los practicantes más humildes podían aspirar a una sub­sistencia decorosa y estable. El padre de Paracelso, Wilhelm Bombat von Hohenheim, se quedó en médico de pueblo, de Villach, en Carintia. Wilhelm pertenecía a una familia que había estado al servicio de la abadía benedictina de Einsiedeln, en el cantón suizo de Schwyz, donde nació Paracelso.

No existe documentación fiable sobre la educación académica, si la tuvo, de Para­celso, por más que declarara que se había formado en la Universidad de Ferrara. Desconocemos también sus primeros pa­sos en el ejercicio. Lo mismo que sucedía con tantos otros en su tiempo, es verosímil que ganara predicamento como cirujano militar. Las actividades del joven Paracelso antes de 1525, el período de Salzburgo, pertenecen al terreno de la conjetura. Su propio testimonio habla de viajes por toda Europa, costumbre asentada en medios intelectualmente inquietos, con particular afición al llamado iter italicum, o camino hacia las universidades peninsulares. En esos caminos conocerá la fuerza terapéuti­ca de las aguas minerales y los manantia­les. Anduvo por Lituania, Prusia, Polonia y los Países Bajos.

A finales de verano de 1526, a raíz de un fallido tratamiento de un trastorno gastrointestinal del margrave Felipe I de Badén, Paracelso fue convocado a palacio; acertó en la terapia administrada, pero no recibió el estipendio esperado. Frustra­ciones que se repetirían y que él atribuía a los celos de los médicos locales, meros charlatanes en su opinión. No guardaba un juicio más condescendiente para las universidades, a las que negaba capaci­dad para enseñar teología. Por su parte, decidió seguir el ejemplo de los apósto­les y apoyarse sólo en las enseñanzas de Cristo. Abanderó una crítica vitriólica contra la Iglesia Católica. A Estrasburgo llegó en el otoño de 1526. La ciudad se caracterizaba por su tolerancia y así paseaban por sus calles inconformistas de toda condición. El éxito profesional que allí obtuvo le abrió las puertas de Basilea, con la intervención directa del editor Frobenius para ocupar el puesto de médico de la municipalidad.

Tampoco en Basilea le acompañó la fortuna. En los meses de verano de 1527 y 1528, se clavaron en los portalones de los edificios públicos unos versos crí­ticos contra él. Hubo, además, un miem­bro eminente del capítulo catedralicio, entregado ya a la Reforma, que rechazó pagarle la asistencia médica. Cuando ape­ló al resto de los capitulares pidiendo amparo, le dieron la espalda. Paracelso abandonó su cargo municipal, presto a recomponer su fama. Se encaminó hacia Núremberg. Decidió probar suerte con la pluma. Y empezó a escribir sobre la sífilis. Lo hizo en un tono tal, que sus oponentes impidieran la impresión. A comienzos de 1531, cuando el hambre apretaba, se marchó a St. Gallen, como médico del burgomaestre Christian Studer. Una breve estancia posterior en Ausburgo le permitió la publicación de su Grosse Wundarznei, la única obra médica de Paracelso apare­cida en vida. Se trataba de un tratado de cirugía que coronaba una larga tradición germana sobre la materia.

Carintia fue el punto final de su tra­yectoria, donde pasó dos años. En Carin­tia progresó sustancialmente en la redac­ción de su ambiciosa Astronomía magna y pergeñó los Kárntner Schriften. Murió en Salzburgo, en septiembre de 1541, a la edad de 48 años.

Tras su muerte, sus contrarios demonizaron su memoria; cundió la especie de que se había entregado a la magia negra. Sus defensores se concentraron en la recuperación de sus manuscriutos y en su impresión. Pese a poderosas obstrucciones iniciales, desde 1560 los seguidores de Paracelso, comandados por Adam Bodenstein, llevaron sus manus­critos a la imprenta. Karl Sudhoíf, en su bibliografía paracelsista, puso de relieve el alcance de esa tarea: la lista comprendía no menos de 345 ediciones publicadas entre 1560 y 1568. Los estudios ulterio­res fueron añadiendo sectores geográficos a tan formidable cifra.

Paracelso, que en opinión de Oporinus había adoptado con respecto a la Iglesia y a la medicina un mismo enfo­que (independencia y crítica absolutas) se mostró familiarizado con la alquimia medieval. Concedió importancia primor­dial a las artes químicas. Compaginaba su admiración por la alquimia de Hermes Trismegisto con su condena por haber vinculado la medicina a la falacia de los cuatro humores y por su teoría química de que los metales procedían del mercu­rio y del azufre. Uno de sus conceptos fundamentales era el de regeneración o renovación, por las que el hombre volve­ría a ser dueño de la creación a través de las ciencias, las artes y la medicina. Tres eran los componentes del hombre: alma, espíritu y cuerpo. Tres eran también los pilares del conocimiento de la medicina: la filosofía natural, la astronomía y la alquimia. Tres las dimensiones que con­dicionaban el conocimiento: los cielos, la esfera terrestre y el microcosmos huma­no. Toda la materia creada del universo derivaba de un triple principio: mercurio, azufre y sal, lo mismo se hablara del cuerpo humano, que de los metales o los cuerpos del firmamento. La primera exposición detallada de su teoría de los tres principios la leemos en el Opus pa-ramirum, escrita en torno a 1530.

Al explayarse sobre las limitaciones de la teoría de los cuatro elementos, los contrapuso al avance de la química, que explicaba cómo los metales podían dar cuenta de la diversidad de compuestos hallados en la naturaleza mediante ma­nipulaciones muy sencillas. Sea por caso uno de sus principios fundamentales, el plomo, que adquiría distintas propiedades físicas o químicas según se encontrara en forma de minio, albayalde, etcétera; en el primer caso era rojo (óxido de plomo); en el segundo era blanco (carbonato de plomo). Una dimensión importante de la teoría de los tres principios fue su apli­cación a la descripción de los fenómenos naturales en todos los niveles del cosmos. Esa concepción unificada del cosmos era esencial para Paracelso, porque la teoría de la enfermedad, lo mismo que cuales­quiera otras teorías suyas, implicaba un intenso comercio entre el firmamento y el hombre. Con todo, empleó una inter­pretación personal libérrima de los vín­culos clásicos entre el microcosmos y el macrocosmos.

Fue uno de los primeros en ocuparse de las enfermedades profesionales y re­conoció la silicosis como un riesgo que corrían los mineros. Supo ver la relación entre el bocio y el cretinismo. Introdujo la morfina, el azufre y el plomo en la praxis médica, así como el mercurio para el tratamiento de la sífilis. Dio buenas descripciones de ciertas patologías men­tales, que él reputaba enfermedades y no posesiones diabólicas. Sin embargo, de­fendió la posibilidad de crear vida huma­na en el laboratorio y dictó instrucciones para lograrlo mediante la fermentación de una muestra de semen.

Pasaban los decenios, pero el aristotelismo, lo mismo que el galenismo, se resistía también a desaparecer. Diego de Zúñiga (1536-1598) diseñó un ambicioso proyecto de reforma general del saber (De óptimo genere totius philosophiae traden-dae et Sacrosanctae Scripturae explicandae [1568]), del que sólo publicó la primera parte, su Philosophiae prima pars (Toledo, 1597), a la que pertenece la Física. De enorme interés sus In Job Commentaria, donde defendía la compatibilidad de las tesis copernicanas con la Biblia.

Las cuestiones abordadas en la Física, acordes con el patrón aristotélico, se enri­quecen con interpolaciones o inclusiones de autoridades escolásticas. La explicación del movimiento de caída de los graves se sirve de los teóricos del ímpetus. Al hablar de los elementos, autoridades son Galeno, de la antigüedad, y Fernel, entre los contemporáneos. Sobre la situación de la Tierra en el cosmos, el contrincante es Copérnico. Su independencia de cri­terio sobresale en el desarrollo de todas las cuestiones, aunque no deja de mirar a los trabajos precedentes del dominico Soto y del jesuíta Toledo.

En el Renacimiento, la física, o fi­losofía natural, constituía una materia obligada, y central, en las facultades de artes. Se impartían tomando por plantilla la exposición y comentario de las obras de Aristóteles dedicadas al estudio de la naturaleza. Los nominalistas de París y los calculadores ingleses favorecieron la renovación de la disciplina en puntos centrales como el del movimiento, el va­cío o la extensión. También se adivinaba una corriente epistemológica innovado­ra. El divino Valles y Villalpando, por ejemplo, consideraban sólo probable el conocimiento del mundo físico. Zúñiga se mantiene aristotélico y le reconoce un carácter universal y necesario, propio de la ciencia cierta. Su método, dialéctico, parte de la experiencia observacional.

Los tres primeros libros de la Física de Zúñiga resumen ocho de la obra homóni­ma aristotélica. El resto se construye tam­bién sobre bases aristotélicas. Así, tomado del tratado Sobre el cielo es el libro cuarto. El quinto sintetiza la teoría aristotélica del cambio {Sobre la generación y corrupción). Los libros seis, siete y ocho recogen la doctrina de los Meteorológicos; el nono y el décimo versan en torno a los proble­mas abordados en los tres libros Sobre el alma. Por fin, el undécimo se sustenta en los Parva naturalia. Acude a Galeno para vertebrar la tesis de los principios de la materia, los cuatro elementos. Juan Filopón le orienta en la teoría del ímpetus. Pese a la mala fama que han cobrado por entonces los árabes, no duda en traer a co­lación comentarios de Avicena y Averroes. Cita a Ali Aben Ragel y Abumasar en la interpretación de la nova de 1572. Por supuesto, a la hora de repasar tesis más especulativas, no duda en acudir a los grandes filósofos de la Escolástica bajomedieval. Pero resulta significativo el uso de lo que pudiéramos llamar la nueva física que arranca de los perspectivistas. Vitelio es un caso paradigmático. Otro, el De revolutionibus, de Copérnico, aunque la relación con éste es todavía fluctuante. Vía Soto conoce la corriente matematizadora de la física que se ha asentado en el Pa­rís nominalista. Desdeña, sin embargo, la historia natural, que le parece más cercana a la casuística que a una ciencia fundada sobre conceptos universales. Y se mece en la doctrina tradicional de la subordinación de las ciencias.

Siguiendo a Aristóteles, Zúñiga distin­gue entre la materia prima y la materia concreta de las sustancias. Los elementos integran la materia concreta, no la materia prima, que vendría a ser una suerte de substrato común. En la misma onda hilemórfica se instala a propósito del tiempo, medida del movimiento, y del espacio o lugar, caracterizado por la capacidad para contener en sí móviles. En cambio, el va­cío es el lugar sin móvil, el receptáculo sin magnitud. Aunque la naturaleza aborrece el vacío, Zúñiga acepta como posible el movimiento local en el vacío.

Punto importante en la física del mo­mento es el de la caída de los graves. En el esquema aristotélico, el móvil aumenta su velocidad de caída a medida que se acerca a su lugar natural. Zúñiga con­cibe la gravedad como una capacidad natural del grave y admite que los graves aumentan su velocidad a medida que se alejan del punto inicial del movimiento. Se sitúa, pues, en el marco de la teoría del ímpetus. La explicación del fenómeno de caída no sólo incluye el principio de conservación del movimiento, sino tam­bién la acción eficiente de la gravedad o capacidad natural del grave que tiende a caer verticalmente hacia el centro de la Tierra. En línea con Buridan y Nicolás de Oresme, defensores de la conservación del ímpetus, explica el movimiento de los cielos a partir de cuatro principios: la inmutabilidad de los cielos; existencia del movimiento de las esferas desde el instante de la creación; el movimiento es causa de movimiento, y el estado natural de los cielos es el movimiento.

Con el problema de los graves, otra cuestión bastante novedosa concernía al movimiento de los proyectiles, de difícil explicación en el marco de la mecánica aristotélica. El movimiento impreso en el proyectil se conserva. Sin embargo, des­de que el proyectil sale disparado, sufre la acción constante de su gravedad, de la tendencia de su naturaleza a la caída rectilínea, que lo debilita hasta hacerlo caer. Mientras el movimiento violento del grave lanzado sea más fuerte que su movimiento natural rectilíneo de caída, el proyectil seguirá con su movimiento. Sin embargo, por la eficiencia constante de su naturaleza, es inevitable su debili­tamiento constante, su agotamiento y su caída final.

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Keith Thompson – Ilustraciones (IV)

Publicado por Jordi Guzman en 28 septiembre 2009


Cuarta entrega de los trabajos del inglés Keith Thompson. Algunos de sus trabajos pertenecen al libro Leviathan, de Scott Westerfeld, ilustrado por Thompson del que más abajo os pongo el tráiler animado. Podéis ver más trabajos en su página.

alekandstormwalker

judith

merchant

pestilential

pitsylph

surfaceking

trojanhorse

vengeance

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Alexander Speltz – Estilos de ornamentación

Publicado por Jordi Guzman en 14 septiembre 2009


Un usuario de Flickr de nombre Eric Gjerde tiene alojados diversas planchas del libro Styles of Ornament publicado en 1906 y cuyo autor es Alexander Speltz, en este enlace de la Universidad de Winsconsin se puede consultar al completo. También tiene – yo diría que es el libro completo – casi 400 imágenes del libro Obras de arte de la Naturaleza de Ernst Haeckel al que dediqué un post hace menos de un mes. Clic para ampliar.

Styles of Ornament

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Más sobre ornamentación en Pasa la vida:

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Bruce Pennington – Portadas

Publicado por Jordi Guzman en 16 agosto 2009


Bruce Pennington (Somerset, 1944) es un pintor inglés conocido por sus innumerables portadas de libros de ciencia ficción, son celebres sus portadas para la serie Dune de Frank Herbert y de autores como Isaac Asimov o Robert A. Heinlein,  Pennington lleva desde 1967 como ilustrador freelance. Ha publicado dos libros con sus obras, el primero editado en 1976 llamado Eschatus y en segundo en 1991 de nombre Ultraterraneum. Podéis ver más de sus trabajos en The Art of Bruce Pennington, su página oficial, y en Galerías Dracomiconia. Clic para ampliar.

Bruce Pennington

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Bruce Pennington_4

Bruce Pennington_5

Bruce_Pennington_The_Shadow_of_the_Torturer

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Robert A. Heinlein – Historia del futuro

Publicado por Jordi Guzman en 10 julio 2009


Historia del futuro

Robert A. Heinlein ( 1907-1988 ) fue un escritor de ciencia ficción norteamericano de exitosa, aunque tardía, carrera, ganador de cuatro premios Hugo por Estrella doble (1956), Tropas del espacio (1960), Forastero en tierra extraña (1962) y La Luna es una cruel amante (1967). Se le considera junto con Isaac Asimov y Arthur C. Clarke como los tres más importante escritores de ciencia ficción, digamos, clásicos, aunque seguro que muchos  no estarán de acuerdo.
La narrativa de Heinlein es, pero, notablemente diferente de la de Asimov o la de Clarke, permitidme hacer un símil cinematográfico para explicarme. Las novelas de Clark son muy asépticas, describen un futuro de una forma muy plana sin apenas entrar en aspectos personales o emotivos, aunque brilla especialmente en los aspectos técnicos y científicos. Podríamos decir que la película que lo define es 2001: Una odisea espacial. Una descripción del futuro muy seca y ajustada a la realidad científica.
Las novelas y relatos de Asimov, en general por supuesto, también son muy asépticas con tendencia a desarrollar relatos detectivescos o de intriga pero con la particularidad que en una parte considerable de su obra esta encuadrada en una gran space opera, es decir, un universo propio en el que muchas novelas y relatos suyas están inmersas en él. La película sería Star Wars, un gran universo técnico poco realista.
Con la obra de Heinlein pasa una cosa completamente diferente, aunque es muy especifico en detalles técnicos ajustados a la realidad, la versión que da del futuro es muy cercana, con muchas interacciones personales y con una sensación de que si algún día llegamos a viajar por el espacio, será de esta forma. Es una visión realista y sucia del futuro. La película que lo podría definir sería

Robert A. Heinlein

Robert A. Heinlein

Alien, el octavo pasajero, por supuesto sin su parte terrorífica, un futuro usado, normal, en donde la gente trabaja, sufre y vive la vida como buenamente puede.

Os quiero recomendar, para quien no hay leído nada de Heinlein, que empiece por sus dos volúmenes de Historia del Futuro. Una serie de relatos y novelas cortas escritas desde 1939 hasta 1969 en donde todo el poderío narrativo e inventivo del autor se pone de manifiesto.
En estos enlaces podéis leer online los libros o bajároslos: Historia del futuro I, II y III. Nota: yo hablo de dos volúmenes pues son los que yo tengo editados por Acervo. Los enlaces de más arriba son tres pues están colgados  los de editó Hyspamerica. También podéis leer o bajar más obras de Heinlein en este enlace.

Os pongo el principio del primer relato llamado La linea de la vida, en donde un cientifico a inventado una notable maquina…

La linea de la vida

El presidente golpeó fuertemente la mesa llamando al orden. Gradualmente, los
silbidos y abucheos fueron cesando, mientras varios oficiales de orden espontáneos
persuadían a algunos acalorados individuos de que se sentaran de nuevo. El orador en la
tribuna al lado del presidente parecía no darse cuenta del tumulto. Su fofo y algo insolente
rostro estaba impasible. El presidente se giró hacia él y le dirigió la palabra, con una voz
en la cual no se disimulaban la ira y el disgusto.
- Doctor Pinero – recalcó ligeramente la palabra «doctor» -, debo disculparme por el
inesperado alboroto producido por sus observaciones. Estoy sorprendido de que mis
colegas hayan olvidado la dignidad propia de los hombres de ciencia hasta el punto de
interrumpir a un orador, a pesar – hizo una pausa y apretó fuertemente la boca – a pesar
de lo grande que haya sido la provocación. – Pinero se rió en su cara, una sonrisa que era
en cierto modo un abierto insulto. El presidente controló con visible esfuerzo su
indignación y prosiguió -: Estoy ansioso de que el programa finalice honestamente y en
orden. Deseo que termine usted sus observaciones. Sin embargo, debo pedirle que
intente no insultar nuestras inteligencias con ideas que cualquier hombre educado sabe
que son erróneas. Por favor, limítese a hablarnos de su descubrimiento… si es que ha
descubierto usted algo.
Pinero extendió sus gordezuelas y blancas manos, con las palmas hacia abajo.
- ¿Cómo puedo poner una idea nueva en las cabezas de ustedes, si primero no quito
de ahí sus falsos conceptos?
La audiencia se agitó y murmuró. Alguien gritó desde el fondo de la sala:
- ¡Echen de ahí a ese charlatán! ¡Ya hemos oído bastante!
El presidente levantó su maza.
- ¡Señores! ¡Por favor! – Y luego, dirigiéndose a Pinero -: ¿Debo recordarle que no es
usted miembro de esta corporación, y que nosotros no le invitamos?
Pinero frunció las cejas.
- ¿De veras? Creo recordar una invitación con el membrete de la Academia.
El presidente se mordió el labio inferior antes de responder.
- Cierto. Yo mismo escribí esa invitación. Pero fue a petición de uno de los miembros
del directorio… un caballero muy educado y sociable, pero no un científico, no un miembro
de la Academia.
Pinero exhibió su irritante sonrisa.
- ¿De veras? Debería haberlo supuesto. ¿Acaso fue el viejo Bidwell, el de la Unión de
Seguros de Vida? ¿Tal vez esperaba que sus adiestradas focas demostraran que soy un
fraude? Porque si yo puedo decirle a un hombre la fecha de su muerte, nadie va a
comprar sus preciosas pólizas de seguro de vida. ¿Pero cómo pueden demostrar que soy
un fraude, si primero no me escuchan? ¿Aun suponiendo que tengan la suficiente
inteligencia como para comprenderme? ¡Bah! Han enviado chacales para vencer a un
león. – Les volvió deliberadamente la espalda. Los murmullos de la concurrencia crecieron
y adquirieron un tono amenazador. El presidente gritó en vano pidiendo orden. Alguien de
la primera fila se levantó.
- ¡Señor presidente!
El presidente aprovechó la circunstancia y gritó:
- ¡Señores! El doctor Van Rheinsmitt tiene la palabra. – La agitación cedió.
El doctor carraspeó, se apartó un mechón de su hermoso pelo blanco y se metió una
mano en el bolsillo de sus elegantes pantalones hechos a la medida. Asumió los modales
de su club femenino.
- Señor presidente, compañeros miembros de la Academia de Ciencias, seamos
tolerantes. Incluso un asesino tiene derecho a hablar antes de que la justicia le exija su tributo. ¿Vamos a ser nosotros menos? ¿Aunque todos estemos intelectualmente seguros
del veredicto? Me gustaría garantizarle al doctor Pinero las mismas consideraciones que
habitualmente dispensamos en esta augusta corporación a cualquier colega no afiliado a
ella, incluso en el caso – hizo una ligera inclinación en dirección a Pinero – de que no nos
sea familiar la universidad donde obtuvo su graduación. Si lo que tiene que decirnos es
falso, no va a perjudicarnos. Y si lo que tiene que decir es cierto, deberíamos conocerlo. -
Su suave y cultivada voz fluía suavemente, tranquila y apaciguadora -. Si los modales del
eminente doctor nos parecen algo rústicos a nuestros paladares, debemos tener en
cuenta que el doctor tal vez proceda de un lugar, o de un estado social, no tan meticuloso
en estos detalles. Nuestro buen amigo y benefactor nos ha pedido que escuchemos a
esta persona y que sopesemos cuidadosamente los méritos de sus afirmaciones. Les pido
que lo hagamos con dignidad y decoro.
Se sentó entre un estruendo de aplausos, consciente de que había reforzado su
reputación de líder intelectual. Al día siguiente los periódicos mencionarían de nuevo el
buen sentido y la persuasiva personalidad del «Presidente de Universidad Más Apuesto
de América». ¿Quién sabe? Quizá el viejo Bidwell terminara concediendo aquella
donación para la piscina.
Cuando cesaron los aplausos, el presidente se giró hacia el lugar donde estaba
sentado el foco de la perturbación, con las manos cruzadas sobre su pequeña y oronda
barriga y el rostro sereno.
- ¿Desea continuar, doctor Pinero?
- ¿Por qué debería hacerlo?
El presidente se alzó de hombros.
- Vino aquí para esto.
Pinero se levantó.
- Exacto. Exactísimo. Pero, ¿fui inteligente al venir? ¿Hay aquí alguien que tenga una
mente abierta, que pueda enfrentarse cara a cara con un hecho desnudo sin enrojecer?
Creo que no. Incluso ese apuesto caballero que acaba de pedirles que me escuchen ya
me ha juzgado y condenado. Él busca el orden, no la verdad. Supongamos que la verdad
desafía al orden; ¿la aceptará? ¿Lo harán ustedes? Creo que no. Pero por otro lado, si no
hablo, ustedes obtendrán su victoria por omisión. El hombrecillo de la calle pensará que
ustedes, hombrecillos, me han desenmascarado a mí, a Pinero, como a un embaucador,
un farsante. Esto no va con mis planes. Así que hablaré.
«Repetiré mi descubrimiento. En lenguaje sencillo, he inventado una técnica para
predecir cuan larga será la vida de un hombre. Puedo anunciarles por anticipado la
llegada del Ángel de la Muerte. Puedo decirles cuándo el Camello Negro se arrodillará
ante su puerta. En cinco minutos, con mi aparato, puedo decirles a cada uno de ustedes
cuántos granos de arena quedan aún en su reloj. – Hizo una pausa y cruzó los brazos
sobre su pecho. Por un momento nadie habló. La audiencia empezó a inquietarse.
Finalmente, el presidente intervino.
- ¿Ha terminado, doctor Pinero?
- ¿Qué más puedo decir aquí?
- No nos ha dicho cómo funciona su descubrimiento.
Pinero alzó las cejas.
- Está sugiriendo usted que exponga aquí los frutos de mi trabajo para que los niños
jueguen con ellos. Es un conocimiento muy peligroso, amigo mío. Lo reservo para el
hombre que sepa entenderlo, es decir, yo mismo – se golpeó el pecho.
- ¿Cómo podemos saber que hay realmente algo detrás de sus infundadas
afirmaciones?
- Muy sencillo. Envíen a una comisión para observar mis demostraciones. Si funcionan,
excelente. Ustedes las admiten y se lo comunican al mundo. Si no funcionan, yo quedo desacreditado y pido disculpas. También yo, Pinero, soy capaz de pedir disculpas.
Un hombre delgado y cargado de espaldas se levantó en el fondo de la sala. El
presidente lo reconoció y le dio la palabra:
- Señor presidente, ¿cómo puede el eminente doctor proponer seriamente una tal
prueba? ¿Acaso espera que aguardemos algo así como unos veinte o treinta años hasta
que muera alguien y pruebe sus afirmaciones?
Pinero ignoró la presidencia y respondió directamente:
- ¡Puf! ¡Qué estupidez! ¿Es usted tan ignorante de las estadísticas que no sabe que en
un grupo lo suficientemente numeroso hay al menos alguien que va a morir en un futuro
muy inmediato? Le hago una proposición; déjeme probar con cada uno de ustedes, los
que están reunidos en esta sala, y nombraré al hombre que morirá antes de quince días,
sí, y el día y la hora de su muerte. – Miró desafiante a toda la sala -. ¿Aceptan?
Otra persona se puso en pie, un hombre corpulento que hablaba midiendo las sílabas.
- Yo, por mi parte, no puedo apoyar tal experimento. Como médico, he observado con
dolor los claros indicios de profundos desarreglos cardíacos en algunos de nuestros
colegas más ancianos. Si el doctor Pinero conoce esos síntomas, como es probable, y
selecciona como víctima a uno de ellos, el hombre seleccionado tendrá muchas
posibilidades de fallecer en el plazo previsto, tanto si el maravilloso aparato de nuestro
distinguido orador funciona como si no.
Otro asistente se puso inmediatamente de su lado.
- El doctor Shepard tiene razón. ¿Por qué tenemos que perder tiempo con trucos de
vudú? Creo que esa persona que se llama a sí mismo doctor Pinero desea utilizar esta
corporación para dar autoridad a sus afirmaciones. Si participamos en esta farsa,
seguiremos su juego. Ignoro en qué consiste su fraude, pero puedo suponer que ha
ideado alguna forma de utilizarnos como propaganda para sus planes. Señor presidente,
ruego que procedamos de la forma acostumbrada.
La moción fue aceptada por aclamación, pero Pinero no se sentó. Entre gritos de
«¡Orden! ¡Orden!», agitó su descuidada cabeza hacia ellos y dijo:
- ¡Bárbaros! ¡Imbéciles! ¡Estúpidos bobalicones! Vosotros sois quienes habéis
bloqueado el reconocimiento de todos los grandes descubrimientos desde el principio de
los tiempos. Una gentuza ignorante como vosotros haría removerse a Galileo en su
tumba. Ese estúpido gordo de ahí abajo que se está hurgando los dientes se llama a sí
mismo médico. ¡Curandero sería un término más adecuado! Ese personajillo calvo que
está ahí… ¡sí, usted! Se considera un filósofo, y cacarea acerca de la vida y del tiempo sin
ton ni son. ¿Qué sabe usted de ambos? ¿Cómo podrá nunca aprender si se niega a
examinar la verdad cuando le es presentada en bandeja? ¡Bah! – escupió al estrado -.
Llaman a esto una Academia de Ciencias. Yo le llamo una convención de sepultureros,
interesados tan sólo en embalsamar las ideas de sus valientes predecesores.
Hizo una pausa para tomar aliento, y fue agarrado por ambos lados por dos miembros
de la presidencia y echado fuera del estrado. Varios periodistas se pusieron
apresuradamente en pie de sus lugares en la mesa de la prensa y fueron a su encuentro.
El presidente decretó un aplazamiento.

Publicado en Arte, Ciencia Ficción, Libros, Literatura, Novela, Relatos | 7 Comentarios »

La conspiración lunar ¡vaya timo!

Publicado por Jordi Guzman en 6 julio 2009


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Es un placer, y hasta diría que una obligación, presentaros el último libro de la colección ¡Vaya timo!, La conspiración lunar ¡vaya timo! de la editorial LAETOLI escrito por Eugenio Manuel Fernández Aguilar (Sevilla, 1976) licenciado en Física y profesor de Ciencias de Secundaria en Rota (Cádiz) además de ser el autor del blog Ciencia en XXI. El  momento de la edición, el 13 de julio, es completamente adecuado pues el 20 del mismo mes se celebra el 40 aniversario de la llegada a la Luna y a buen seguro que se hablará de si fuimos o no, un debate que  este libro se encarga de refutar desmontando una por una las cincuenta hipótesis que parecen querer demostrar que nunca fuimos a nuestro satélite.

Os dejo con unas palabras del director de la colección Javier Armentia, astrofísico, director del planetario de Pamplona y autor del gran blog Por la boca muere el pez.

Vivimos rodeados de supercherías que se repiten y venden como ciertas.

Algunas llegan a alcanzar notoriedad gracias a los medios de comunicación, que nos transmiten misterios aparentemente sobrenaturales o afirmaciones pseudocientíficas sin establecer antes un mínimo criterio de veracidad. Así, astrólogos, homeópatas, creacionistas, tarotistas, curanderos y muchos otros timadores parecen disfrutar de completa impunidad para vendernos sus productos. En la más reivindicadora tradición ilustrada, esta colección de libros se dirige a ese crédulo que llevamos dentro y nos muestra por qué los ovnis, la sábana santa, el feng shui, la astrología y otras modas son verdaderos timos: creencias falsas, vanas ilusiones que nos quitan tiempo y dinero (y a veces la salud). En esta colección el lector encontrará argumentos contundentes —y a la vez sabrosos— para pensar críticamente.

En definitiva, para pensar: la herramienta más útil que tenemos para librarnos de los timos.

Publicado en Ciencia, Espacio, Libros, Luna | 9 Comentarios »

 
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