Nueva entrega, como cada mes, de Luis Alonso en la revista Investigación y Ciencia nº 397 dedicada a ofrecer una crítica de libros. En este caso los elegidos son Paracelsus. Medicine, magic and missión at the end of time de Charles Webster editado por University Press, New Haven, 2008, y Diego de Zúñiga. Física. Edición de Gerardo Bolado y editado por Eunsa, Pamplona, 2009.


Vísperas galineanas.
La pérdida de la seguridad aristotélica y galénica.
por Luis Alonso.
Nadie personifica mejor la dureza de la primera mitad del siglo xvι, con sus revoluciones religiosas, sociales y científicas, que Theophrastus von Hohen-heim (1493-1541), Paracelso. Cincuenta años después de la obra clásica e insuperada de Walter Pagel, nos encontramos con esta otra de Charles Webster —Paracelsus. Medicine, Magic and Misión at the End ofTime—, anunciada como su autorizado relevo. El autor ha podido acceder a fuentes inéditas, ha profundizado en los escritos teológicos y contado con ediciones críticas de distintos escritos paracelsistas. Apoyándose en ese nuevo material, nos pergeña un retrato más acabado del Paracelso real, el humillado, alquimista y subversivo.
El marco corresponde a una edad y un espacio preñados de oportunidades. La economía se desarrolló y la cultura floreció en las naciones de habla alemana. El propio Paracelso conoció de primera mano el despegue de la metalurgia y la nueva industria de la edición. En su praxis médica no dudó en recurrir a la creciente farmacopea que se ampliaba con remedios venidos del nuevo Mundo y de Asia. En numerosas ocasiones se vio beneficiado —tantas como le engañaron— con el patronazgo de familias enriquecidas al socaire del nuevo orden económico. Las ciudades que hilvanaron su carrera profesional, Ausgburgo, Basilea, Núremberg y Estrasburgo, explotaron las manufacturas tradicionales y desarrollaron la industria y el comercio. Supieron sacarle partido a las habilidades de los profesionales, fomentaron las artes y los oficios y emergieron como centros cosmopolitas.
La ciencia septentrional avanzó con la estrecha colaboración entre médicos humanistas y artistas. Entre 1530 y 1558 aparecieron los herbarios de Otto Brunfels y Leonhart Fuchs, las anatomías ilustradas inspiradas en la canónica de Andrés Vesalio, los tratados naturalistas de Konrad Gessner y la revisión metalúrgica de Georgius Agrícola. Vesalio había enseñado en la Universidad de Padua y luego se convirtió en médico de Carlos V y de Felipe II. Tras varios años de docencia en la Universidad de Lausana, Gessner fue elegido médico municipal de Zúrich. También Agrícola fue médico de St. Joachimsthal y de Chemnitz. La medicina constituía, en efecto, una profesión con la que hasta los practicantes más humildes podían aspirar a una subsistencia decorosa y estable. El padre de Paracelso, Wilhelm Bombat von Hohenheim, se quedó en médico de pueblo, de Villach, en Carintia. Wilhelm pertenecía a una familia que había estado al servicio de la abadía benedictina de Einsiedeln, en el cantón suizo de Schwyz, donde nació Paracelso.
No existe documentación fiable sobre la educación académica, si la tuvo, de Paracelso, por más que declarara que se había formado en la Universidad de Ferrara. Desconocemos también sus primeros pasos en el ejercicio. Lo mismo que sucedía con tantos otros en su tiempo, es verosímil que ganara predicamento como cirujano militar. Las actividades del joven Paracelso antes de 1525, el período de Salzburgo, pertenecen al terreno de la conjetura. Su propio testimonio habla de viajes por toda Europa, costumbre asentada en medios intelectualmente inquietos, con particular afición al llamado iter italicum, o camino hacia las universidades peninsulares. En esos caminos conocerá la fuerza terapéutica de las aguas minerales y los manantiales. Anduvo por Lituania, Prusia, Polonia y los Países Bajos.
A finales de verano de 1526, a raíz de un fallido tratamiento de un trastorno gastrointestinal del margrave Felipe I de Badén, Paracelso fue convocado a palacio; acertó en la terapia administrada, pero no recibió el estipendio esperado. Frustraciones que se repetirían y que él atribuía a los celos de los médicos locales, meros charlatanes en su opinión. No guardaba un juicio más condescendiente para las universidades, a las que negaba capacidad para enseñar teología. Por su parte, decidió seguir el ejemplo de los apóstoles y apoyarse sólo en las enseñanzas de Cristo. Abanderó una crítica vitriólica contra la Iglesia Católica. A Estrasburgo llegó en el otoño de 1526. La ciudad se caracterizaba por su tolerancia y así paseaban por sus calles inconformistas de toda condición. El éxito profesional que allí obtuvo le abrió las puertas de Basilea, con la intervención directa del editor Frobenius para ocupar el puesto de médico de la municipalidad.
Tampoco en Basilea le acompañó la fortuna. En los meses de verano de 1527 y 1528, se clavaron en los portalones de los edificios públicos unos versos críticos contra él. Hubo, además, un miembro eminente del capítulo catedralicio, entregado ya a la Reforma, que rechazó pagarle la asistencia médica. Cuando apeló al resto de los capitulares pidiendo amparo, le dieron la espalda. Paracelso abandonó su cargo municipal, presto a recomponer su fama. Se encaminó hacia Núremberg. Decidió probar suerte con la pluma. Y empezó a escribir sobre la sífilis. Lo hizo en un tono tal, que sus oponentes impidieran la impresión. A comienzos de 1531, cuando el hambre apretaba, se marchó a St. Gallen, como médico del burgomaestre Christian Studer. Una breve estancia posterior en Ausburgo le permitió la publicación de su Grosse Wundarznei, la única obra médica de Paracelso aparecida en vida. Se trataba de un tratado de cirugía que coronaba una larga tradición germana sobre la materia.
Carintia fue el punto final de su trayectoria, donde pasó dos años. En Carintia progresó sustancialmente en la redacción de su ambiciosa Astronomía magna y pergeñó los Kárntner Schriften. Murió en Salzburgo, en septiembre de 1541, a la edad de 48 años.
Tras su muerte, sus contrarios demonizaron su memoria; cundió la especie de que se había entregado a la magia negra. Sus defensores se concentraron en la recuperación de sus manuscriutos y en su impresión. Pese a poderosas obstrucciones iniciales, desde 1560 los seguidores de Paracelso, comandados por Adam Bodenstein, llevaron sus manuscritos a la imprenta. Karl Sudhoíf, en su bibliografía paracelsista, puso de relieve el alcance de esa tarea: la lista comprendía no menos de 345 ediciones publicadas entre 1560 y 1568. Los estudios ulteriores fueron añadiendo sectores geográficos a tan formidable cifra.
Paracelso, que en opinión de Oporinus había adoptado con respecto a la Iglesia y a la medicina un mismo enfoque (independencia y crítica absolutas) se mostró familiarizado con la alquimia medieval. Concedió importancia primordial a las artes químicas. Compaginaba su admiración por la alquimia de Hermes Trismegisto con su condena por haber vinculado la medicina a la falacia de los cuatro humores y por su teoría química de que los metales procedían del mercurio y del azufre. Uno de sus conceptos fundamentales era el de regeneración o renovación, por las que el hombre volvería a ser dueño de la creación a través de las ciencias, las artes y la medicina. Tres eran los componentes del hombre: alma, espíritu y cuerpo. Tres eran también los pilares del conocimiento de la medicina: la filosofía natural, la astronomía y la alquimia. Tres las dimensiones que condicionaban el conocimiento: los cielos, la esfera terrestre y el microcosmos humano. Toda la materia creada del universo derivaba de un triple principio: mercurio, azufre y sal, lo mismo se hablara del cuerpo humano, que de los metales o los cuerpos del firmamento. La primera exposición detallada de su teoría de los tres principios la leemos en el Opus pa-ramirum, escrita en torno a 1530.
Al explayarse sobre las limitaciones de la teoría de los cuatro elementos, los contrapuso al avance de la química, que explicaba cómo los metales podían dar cuenta de la diversidad de compuestos hallados en la naturaleza mediante manipulaciones muy sencillas. Sea por caso uno de sus principios fundamentales, el plomo, que adquiría distintas propiedades físicas o químicas según se encontrara en forma de minio, albayalde, etcétera; en el primer caso era rojo (óxido de plomo); en el segundo era blanco (carbonato de plomo). Una dimensión importante de la teoría de los tres principios fue su aplicación a la descripción de los fenómenos naturales en todos los niveles del cosmos. Esa concepción unificada del cosmos era esencial para Paracelso, porque la teoría de la enfermedad, lo mismo que cualesquiera otras teorías suyas, implicaba un intenso comercio entre el firmamento y el hombre. Con todo, empleó una interpretación personal libérrima de los vínculos clásicos entre el microcosmos y el macrocosmos.
Fue uno de los primeros en ocuparse de las enfermedades profesionales y reconoció la silicosis como un riesgo que corrían los mineros. Supo ver la relación entre el bocio y el cretinismo. Introdujo la morfina, el azufre y el plomo en la praxis médica, así como el mercurio para el tratamiento de la sífilis. Dio buenas descripciones de ciertas patologías mentales, que él reputaba enfermedades y no posesiones diabólicas. Sin embargo, defendió la posibilidad de crear vida humana en el laboratorio y dictó instrucciones para lograrlo mediante la fermentación de una muestra de semen.
Pasaban los decenios, pero el aristotelismo, lo mismo que el galenismo, se resistía también a desaparecer. Diego de Zúñiga (1536-1598) diseñó un ambicioso proyecto de reforma general del saber (De óptimo genere totius philosophiae traden-dae et Sacrosanctae Scripturae explicandae [1568]), del que sólo publicó la primera parte, su Philosophiae prima pars (Toledo, 1597), a la que pertenece la Física. De enorme interés sus In Job Commentaria, donde defendía la compatibilidad de las tesis copernicanas con la Biblia.
Las cuestiones abordadas en la Física, acordes con el patrón aristotélico, se enriquecen con interpolaciones o inclusiones de autoridades escolásticas. La explicación del movimiento de caída de los graves se sirve de los teóricos del ímpetus. Al hablar de los elementos, autoridades son Galeno, de la antigüedad, y Fernel, entre los contemporáneos. Sobre la situación de la Tierra en el cosmos, el contrincante es Copérnico. Su independencia de criterio sobresale en el desarrollo de todas las cuestiones, aunque no deja de mirar a los trabajos precedentes del dominico Soto y del jesuíta Toledo.
En el Renacimiento, la física, o filosofía natural, constituía una materia obligada, y central, en las facultades de artes. Se impartían tomando por plantilla la exposición y comentario de las obras de Aristóteles dedicadas al estudio de la naturaleza. Los nominalistas de París y los calculadores ingleses favorecieron la renovación de la disciplina en puntos centrales como el del movimiento, el vacío o la extensión. También se adivinaba una corriente epistemológica innovadora. El divino Valles y Villalpando, por ejemplo, consideraban sólo probable el conocimiento del mundo físico. Zúñiga se mantiene aristotélico y le reconoce un carácter universal y necesario, propio de la ciencia cierta. Su método, dialéctico, parte de la experiencia observacional.
Los tres primeros libros de la Física de Zúñiga resumen ocho de la obra homónima aristotélica. El resto se construye también sobre bases aristotélicas. Así, tomado del tratado Sobre el cielo es el libro cuarto. El quinto sintetiza la teoría aristotélica del cambio {Sobre la generación y corrupción). Los libros seis, siete y ocho recogen la doctrina de los Meteorológicos; el nono y el décimo versan en torno a los problemas abordados en los tres libros Sobre el alma. Por fin, el undécimo se sustenta en los Parva naturalia. Acude a Galeno para vertebrar la tesis de los principios de la materia, los cuatro elementos. Juan Filopón le orienta en la teoría del ímpetus. Pese a la mala fama que han cobrado por entonces los árabes, no duda en traer a colación comentarios de Avicena y Averroes. Cita a Ali Aben Ragel y Abumasar en la interpretación de la nova de 1572. Por supuesto, a la hora de repasar tesis más especulativas, no duda en acudir a los grandes filósofos de la Escolástica bajomedieval. Pero resulta significativo el uso de lo que pudiéramos llamar la nueva física que arranca de los perspectivistas. Vitelio es un caso paradigmático. Otro, el De revolutionibus, de Copérnico, aunque la relación con éste es todavía fluctuante. Vía Soto conoce la corriente matematizadora de la física que se ha asentado en el París nominalista. Desdeña, sin embargo, la historia natural, que le parece más cercana a la casuística que a una ciencia fundada sobre conceptos universales. Y se mece en la doctrina tradicional de la subordinación de las ciencias.
Siguiendo a Aristóteles, Zúñiga distingue entre la materia prima y la materia concreta de las sustancias. Los elementos integran la materia concreta, no la materia prima, que vendría a ser una suerte de substrato común. En la misma onda hilemórfica se instala a propósito del tiempo, medida del movimiento, y del espacio o lugar, caracterizado por la capacidad para contener en sí móviles. En cambio, el vacío es el lugar sin móvil, el receptáculo sin magnitud. Aunque la naturaleza aborrece el vacío, Zúñiga acepta como posible el movimiento local en el vacío.
Punto importante en la física del momento es el de la caída de los graves. En el esquema aristotélico, el móvil aumenta su velocidad de caída a medida que se acerca a su lugar natural. Zúñiga concibe la gravedad como una capacidad natural del grave y admite que los graves aumentan su velocidad a medida que se alejan del punto inicial del movimiento. Se sitúa, pues, en el marco de la teoría del ímpetus. La explicación del fenómeno de caída no sólo incluye el principio de conservación del movimiento, sino también la acción eficiente de la gravedad o capacidad natural del grave que tiende a caer verticalmente hacia el centro de la Tierra. En línea con Buridan y Nicolás de Oresme, defensores de la conservación del ímpetus, explica el movimiento de los cielos a partir de cuatro principios: la inmutabilidad de los cielos; existencia del movimiento de las esferas desde el instante de la creación; el movimiento es causa de movimiento, y el estado natural de los cielos es el movimiento.
Con el problema de los graves, otra cuestión bastante novedosa concernía al movimiento de los proyectiles, de difícil explicación en el marco de la mecánica aristotélica. El movimiento impreso en el proyectil se conserva. Sin embargo, desde que el proyectil sale disparado, sufre la acción constante de su gravedad, de la tendencia de su naturaleza a la caída rectilínea, que lo debilita hasta hacerlo caer. Mientras el movimiento violento del grave lanzado sea más fuerte que su movimiento natural rectilíneo de caída, el proyectil seguirá con su movimiento. Sin embargo, por la eficiencia constante de su naturaleza, es inevitable su debilitamiento constante, su agotamiento y su caída final.