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Archivos de la categoría ‘Novela’

Born of Hope

Publicado por Jordi Guzman en 24 marzo 2010


Born of Hope es un producción semi profesional de 71 minutos de duración dirigida por la británica Kate Madison ambientada en el noreste de la Tierra Media en los años inmediatamente anteriores a los hechos narrados en el primer libro de El Señor de los Anillos, La Comunidad del Anillo escrito por J.R.R.Tolkien.

Tolkien apenas esboza la historia en el apéndice final que aparece en en el tercer libro El Retorno del Rey en donde nos cuenta brevemente la historia de los padres de Aragorn, Arathorn y Gilraen, de su abuelo paterno Arador y de sus abuelos maternos Dírhael e Ivorwen. Dice así:

Arador era el abuelo del Rey. Su hijo Arathorn pidió por esposa a Gilraen la Bella, hija de Dírhael, que era a su vez descendiente de Aranarth. A esa unión se oponía Dírhael: porque Gilraen era joven y no había alcanzado aún la edad en la que las mujeres de los Dúnedain solían desposarse.

“Además” decía, “Arathorn es un hombre severo y en la fuerza de la edad, y llegará a capitán antes de lo que se espera; sin embargo, me dice el corazón que tendrá una vida breve”.

Pero Ivorwen, su esposa, que también era vidente, respondió: “¡Mayor razón entonces para darse prisa! Los días se oscurecen antes de la tempestad, y se avecinan grandes acontecimientos. Si estos dos se desposan ahora, aún pueden nacer esperanzas para nuestro pueblo; pero si la boda se posterga, la esperanza se desvanecerá para siempre hasta el fin de esta Edad.”

Y aconteció que cuando hacía apenas un año que Arathorn y Gilraen se habían casado, Arador fue tomado prisionero por los trolls de las Montañas en los Páramos Fríos al norte de Rivendel, y asesinado; y Arathorn se convirtió en el Capitán de los Dúnedain. Al año siguiente Gilraen le dio un hijo, y lo llamaron Aragorn. Pero Aragorn tenía apenas dos años cuando Arathorn partió a combatir contra los orcos con los hijos de Elrond, y pereció con un ojo atravesado por una flecha orca; y así tuvo en verdad una vida breve para alguien de su raza, pues apenas contaba sesenta años cuando cayó.

Aragorn, que era ahora el heredero de Isildur, fue llevado entonces a vivir con su madre en la casa de Elrond, y Elrond hizo las veces de padre para él, y llegó a amarlo como a un hijo. Pero lo llamaban Estel, que quiere decir “Esperanza”, y su nombre verdadero y su linaje fueron mantenidos en secreto por orden de Elrond, porque los Sabios sabían entonces que el Enemigo trataba de descubrir al heredero de Isildur, si quedaba alguno sobre la faz de la tierra.

Es un mediometraje pensado especialmente para los fans del universo Tolkien (entre los que me incluyo) con una sorprendente buena fotografía y, dado lo pequeño de su presupuesto, con un buen resultado final. Podéis encontrar más información en la página oficial de la película.

Más sobre el tema en Pasa la vida:

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Robert A. Heinlein – Historia del futuro

Publicado por Jordi Guzman en 10 julio 2009


Historia del futuro

Robert A. Heinlein ( 1907-1988 ) fue un escritor de ciencia ficción norteamericano de exitosa, aunque tardía, carrera, ganador de cuatro premios Hugo por Estrella doble (1956), Tropas del espacio (1960), Forastero en tierra extraña (1962) y La Luna es una cruel amante (1967). Se le considera junto con Isaac Asimov y Arthur C. Clarke como los tres más importante escritores de ciencia ficción, digamos, clásicos, aunque seguro que muchos  no estarán de acuerdo.
La narrativa de Heinlein es, pero, notablemente diferente de la de Asimov o la de Clarke, permitidme hacer un símil cinematográfico para explicarme. Las novelas de Clark son muy asépticas, describen un futuro de una forma muy plana sin apenas entrar en aspectos personales o emotivos, aunque brilla especialmente en los aspectos técnicos y científicos. Podríamos decir que la película que lo define es 2001: Una odisea espacial. Una descripción del futuro muy seca y ajustada a la realidad científica.
Las novelas y relatos de Asimov, en general por supuesto, también son muy asépticas con tendencia a desarrollar relatos detectivescos o de intriga pero con la particularidad que en una parte considerable de su obra esta encuadrada en una gran space opera, es decir, un universo propio en el que muchas novelas y relatos suyas están inmersas en él. La película sería Star Wars, un gran universo técnico poco realista.
Con la obra de Heinlein pasa una cosa completamente diferente, aunque es muy especifico en detalles técnicos ajustados a la realidad, la versión que da del futuro es muy cercana, con muchas interacciones personales y con una sensación de que si algún día llegamos a viajar por el espacio, será de esta forma. Es una visión realista y sucia del futuro. La película que lo podría definir sería

Robert A. Heinlein

Robert A. Heinlein

Alien, el octavo pasajero, por supuesto sin su parte terrorífica, un futuro usado, normal, en donde la gente trabaja, sufre y vive la vida como buenamente puede.

Os quiero recomendar, para quien no hay leído nada de Heinlein, que empiece por sus dos volúmenes de Historia del Futuro. Una serie de relatos y novelas cortas escritas desde 1939 hasta 1969 en donde todo el poderío narrativo e inventivo del autor se pone de manifiesto.
En estos enlaces podéis leer online los libros o bajároslos: Historia del futuro I, II y III. Nota: yo hablo de dos volúmenes pues son los que yo tengo editados por Acervo. Los enlaces de más arriba son tres pues están colgados  los de editó Hyspamerica. También podéis leer o bajar más obras de Heinlein en este enlace.

Os pongo el principio del primer relato llamado La linea de la vida, en donde un cientifico a inventado una notable maquina…

La linea de la vida

El presidente golpeó fuertemente la mesa llamando al orden. Gradualmente, los
silbidos y abucheos fueron cesando, mientras varios oficiales de orden espontáneos
persuadían a algunos acalorados individuos de que se sentaran de nuevo. El orador en la
tribuna al lado del presidente parecía no darse cuenta del tumulto. Su fofo y algo insolente
rostro estaba impasible. El presidente se giró hacia él y le dirigió la palabra, con una voz
en la cual no se disimulaban la ira y el disgusto.
- Doctor Pinero – recalcó ligeramente la palabra «doctor» -, debo disculparme por el
inesperado alboroto producido por sus observaciones. Estoy sorprendido de que mis
colegas hayan olvidado la dignidad propia de los hombres de ciencia hasta el punto de
interrumpir a un orador, a pesar – hizo una pausa y apretó fuertemente la boca – a pesar
de lo grande que haya sido la provocación. – Pinero se rió en su cara, una sonrisa que era
en cierto modo un abierto insulto. El presidente controló con visible esfuerzo su
indignación y prosiguió -: Estoy ansioso de que el programa finalice honestamente y en
orden. Deseo que termine usted sus observaciones. Sin embargo, debo pedirle que
intente no insultar nuestras inteligencias con ideas que cualquier hombre educado sabe
que son erróneas. Por favor, limítese a hablarnos de su descubrimiento… si es que ha
descubierto usted algo.
Pinero extendió sus gordezuelas y blancas manos, con las palmas hacia abajo.
- ¿Cómo puedo poner una idea nueva en las cabezas de ustedes, si primero no quito
de ahí sus falsos conceptos?
La audiencia se agitó y murmuró. Alguien gritó desde el fondo de la sala:
- ¡Echen de ahí a ese charlatán! ¡Ya hemos oído bastante!
El presidente levantó su maza.
- ¡Señores! ¡Por favor! – Y luego, dirigiéndose a Pinero -: ¿Debo recordarle que no es
usted miembro de esta corporación, y que nosotros no le invitamos?
Pinero frunció las cejas.
- ¿De veras? Creo recordar una invitación con el membrete de la Academia.
El presidente se mordió el labio inferior antes de responder.
- Cierto. Yo mismo escribí esa invitación. Pero fue a petición de uno de los miembros
del directorio… un caballero muy educado y sociable, pero no un científico, no un miembro
de la Academia.
Pinero exhibió su irritante sonrisa.
- ¿De veras? Debería haberlo supuesto. ¿Acaso fue el viejo Bidwell, el de la Unión de
Seguros de Vida? ¿Tal vez esperaba que sus adiestradas focas demostraran que soy un
fraude? Porque si yo puedo decirle a un hombre la fecha de su muerte, nadie va a
comprar sus preciosas pólizas de seguro de vida. ¿Pero cómo pueden demostrar que soy
un fraude, si primero no me escuchan? ¿Aun suponiendo que tengan la suficiente
inteligencia como para comprenderme? ¡Bah! Han enviado chacales para vencer a un
león. – Les volvió deliberadamente la espalda. Los murmullos de la concurrencia crecieron
y adquirieron un tono amenazador. El presidente gritó en vano pidiendo orden. Alguien de
la primera fila se levantó.
- ¡Señor presidente!
El presidente aprovechó la circunstancia y gritó:
- ¡Señores! El doctor Van Rheinsmitt tiene la palabra. – La agitación cedió.
El doctor carraspeó, se apartó un mechón de su hermoso pelo blanco y se metió una
mano en el bolsillo de sus elegantes pantalones hechos a la medida. Asumió los modales
de su club femenino.
- Señor presidente, compañeros miembros de la Academia de Ciencias, seamos
tolerantes. Incluso un asesino tiene derecho a hablar antes de que la justicia le exija su tributo. ¿Vamos a ser nosotros menos? ¿Aunque todos estemos intelectualmente seguros
del veredicto? Me gustaría garantizarle al doctor Pinero las mismas consideraciones que
habitualmente dispensamos en esta augusta corporación a cualquier colega no afiliado a
ella, incluso en el caso – hizo una ligera inclinación en dirección a Pinero – de que no nos
sea familiar la universidad donde obtuvo su graduación. Si lo que tiene que decirnos es
falso, no va a perjudicarnos. Y si lo que tiene que decir es cierto, deberíamos conocerlo. -
Su suave y cultivada voz fluía suavemente, tranquila y apaciguadora -. Si los modales del
eminente doctor nos parecen algo rústicos a nuestros paladares, debemos tener en
cuenta que el doctor tal vez proceda de un lugar, o de un estado social, no tan meticuloso
en estos detalles. Nuestro buen amigo y benefactor nos ha pedido que escuchemos a
esta persona y que sopesemos cuidadosamente los méritos de sus afirmaciones. Les pido
que lo hagamos con dignidad y decoro.
Se sentó entre un estruendo de aplausos, consciente de que había reforzado su
reputación de líder intelectual. Al día siguiente los periódicos mencionarían de nuevo el
buen sentido y la persuasiva personalidad del «Presidente de Universidad Más Apuesto
de América». ¿Quién sabe? Quizá el viejo Bidwell terminara concediendo aquella
donación para la piscina.
Cuando cesaron los aplausos, el presidente se giró hacia el lugar donde estaba
sentado el foco de la perturbación, con las manos cruzadas sobre su pequeña y oronda
barriga y el rostro sereno.
- ¿Desea continuar, doctor Pinero?
- ¿Por qué debería hacerlo?
El presidente se alzó de hombros.
- Vino aquí para esto.
Pinero se levantó.
- Exacto. Exactísimo. Pero, ¿fui inteligente al venir? ¿Hay aquí alguien que tenga una
mente abierta, que pueda enfrentarse cara a cara con un hecho desnudo sin enrojecer?
Creo que no. Incluso ese apuesto caballero que acaba de pedirles que me escuchen ya
me ha juzgado y condenado. Él busca el orden, no la verdad. Supongamos que la verdad
desafía al orden; ¿la aceptará? ¿Lo harán ustedes? Creo que no. Pero por otro lado, si no
hablo, ustedes obtendrán su victoria por omisión. El hombrecillo de la calle pensará que
ustedes, hombrecillos, me han desenmascarado a mí, a Pinero, como a un embaucador,
un farsante. Esto no va con mis planes. Así que hablaré.
«Repetiré mi descubrimiento. En lenguaje sencillo, he inventado una técnica para
predecir cuan larga será la vida de un hombre. Puedo anunciarles por anticipado la
llegada del Ángel de la Muerte. Puedo decirles cuándo el Camello Negro se arrodillará
ante su puerta. En cinco minutos, con mi aparato, puedo decirles a cada uno de ustedes
cuántos granos de arena quedan aún en su reloj. – Hizo una pausa y cruzó los brazos
sobre su pecho. Por un momento nadie habló. La audiencia empezó a inquietarse.
Finalmente, el presidente intervino.
- ¿Ha terminado, doctor Pinero?
- ¿Qué más puedo decir aquí?
- No nos ha dicho cómo funciona su descubrimiento.
Pinero alzó las cejas.
- Está sugiriendo usted que exponga aquí los frutos de mi trabajo para que los niños
jueguen con ellos. Es un conocimiento muy peligroso, amigo mío. Lo reservo para el
hombre que sepa entenderlo, es decir, yo mismo – se golpeó el pecho.
- ¿Cómo podemos saber que hay realmente algo detrás de sus infundadas
afirmaciones?
- Muy sencillo. Envíen a una comisión para observar mis demostraciones. Si funcionan,
excelente. Ustedes las admiten y se lo comunican al mundo. Si no funcionan, yo quedo desacreditado y pido disculpas. También yo, Pinero, soy capaz de pedir disculpas.
Un hombre delgado y cargado de espaldas se levantó en el fondo de la sala. El
presidente lo reconoció y le dio la palabra:
- Señor presidente, ¿cómo puede el eminente doctor proponer seriamente una tal
prueba? ¿Acaso espera que aguardemos algo así como unos veinte o treinta años hasta
que muera alguien y pruebe sus afirmaciones?
Pinero ignoró la presidencia y respondió directamente:
- ¡Puf! ¡Qué estupidez! ¿Es usted tan ignorante de las estadísticas que no sabe que en
un grupo lo suficientemente numeroso hay al menos alguien que va a morir en un futuro
muy inmediato? Le hago una proposición; déjeme probar con cada uno de ustedes, los
que están reunidos en esta sala, y nombraré al hombre que morirá antes de quince días,
sí, y el día y la hora de su muerte. – Miró desafiante a toda la sala -. ¿Aceptan?
Otra persona se puso en pie, un hombre corpulento que hablaba midiendo las sílabas.
- Yo, por mi parte, no puedo apoyar tal experimento. Como médico, he observado con
dolor los claros indicios de profundos desarreglos cardíacos en algunos de nuestros
colegas más ancianos. Si el doctor Pinero conoce esos síntomas, como es probable, y
selecciona como víctima a uno de ellos, el hombre seleccionado tendrá muchas
posibilidades de fallecer en el plazo previsto, tanto si el maravilloso aparato de nuestro
distinguido orador funciona como si no.
Otro asistente se puso inmediatamente de su lado.
- El doctor Shepard tiene razón. ¿Por qué tenemos que perder tiempo con trucos de
vudú? Creo que esa persona que se llama a sí mismo doctor Pinero desea utilizar esta
corporación para dar autoridad a sus afirmaciones. Si participamos en esta farsa,
seguiremos su juego. Ignoro en qué consiste su fraude, pero puedo suponer que ha
ideado alguna forma de utilizarnos como propaganda para sus planes. Señor presidente,
ruego que procedamos de la forma acostumbrada.
La moción fue aceptada por aclamación, pero Pinero no se sentó. Entre gritos de
«¡Orden! ¡Orden!», agitó su descuidada cabeza hacia ellos y dijo:
- ¡Bárbaros! ¡Imbéciles! ¡Estúpidos bobalicones! Vosotros sois quienes habéis
bloqueado el reconocimiento de todos los grandes descubrimientos desde el principio de
los tiempos. Una gentuza ignorante como vosotros haría removerse a Galileo en su
tumba. Ese estúpido gordo de ahí abajo que se está hurgando los dientes se llama a sí
mismo médico. ¡Curandero sería un término más adecuado! Ese personajillo calvo que
está ahí… ¡sí, usted! Se considera un filósofo, y cacarea acerca de la vida y del tiempo sin
ton ni son. ¿Qué sabe usted de ambos? ¿Cómo podrá nunca aprender si se niega a
examinar la verdad cuando le es presentada en bandeja? ¡Bah! – escupió al estrado -.
Llaman a esto una Academia de Ciencias. Yo le llamo una convención de sepultureros,
interesados tan sólo en embalsamar las ideas de sus valientes predecesores.
Hizo una pausa para tomar aliento, y fue agarrado por ambos lados por dos miembros
de la presidencia y echado fuera del estrado. Varios periodistas se pusieron
apresuradamente en pie de sus lugares en la mesa de la prensa y fueron a su encuentro.
El presidente decretó un aplazamiento.

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La novela 1984 de Geroge Orwell cumple 60 años

Publicado por Jordi Guzman en 15 junio 2009


1984

Era un día luminoso y frío de abril y los relojes daban las trece. Winston Smith, con la barbilla clavada en el pecho en su esfuerzo por burlar el molestísimo viento, se deslizó rápidamente por entre las puertas de cristal de las Casas de la Victoria, aunque no con la suficiente rapidez para evitar que una ráfaga polvorienta se colara con él.

El vestíbulo olía a legumbres cocidas y a esteras viejas. Al fondo, un cartel de colores, demasiado grande para hallarse en un interior, estaba pegado a la pared. Representaba sólo un enorme rostro de más de un metro de anchura: la cara de un hombre de unos cuarenta y cinco años con un gran bigote negro y facciones hermosas y endurecidas. Winston se dirigió hacia las escaleras. Era inútil intentar subir en el ascensor. No funcionaba con frecuencia y en esta época la corriente se cortaba durante las horas de día. Esto era parte de las restricciones con que se preparaba la Semana del Odio. Winston tenía que subir a un séptimo piso. Con sus treinta y nueve años y una úlcera de varices por encima del tobillo derecho, subió lentamente, descansando varias veces. En cada descansillo, frente a la puerta del ascensor, el cartelón del enorme rostro miraba desde el muro. Era uno de esos dibujos realizados de tal manera que los ojos le siguen a uno adondequiera que esté. EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decían las palabras al pie.

Dentro del piso una voz llena leía una lista de números que tenían algo que ver con la producción de lingotes de hierro. La voz salía de una placa oblonga de metal, una especie de espejo empeñado, que formaba parte de la superficie de la pared situada a la derecha. Winston hizo funcionar su regulador y la voz disminuyó de volumen aunque las palabras seguían distinguiéndose. El instrumento (llamado teidoatítalia) podía ser amortiguado, pero no había manera de cerrarlo del todo. Winston fue hacia la ventana: una figura pequeña y frágil cuya delgadez resultaba realzada por el «mono» azul, uniforme del Partido. Tenía el cabello muy rubio, una cara sanguínea y la piel embastecida por un jabón malo, las romas hojas de afeitar y el frío de un invierno que acababa de terminar.

Afuera, incluso a través de los ventanales cerrados, el mundo parecía frío. Calle abajo se formaban pequeños torbellinos de viento y polvo; los papeles rotos subían en espirales y, aunque el sol lucía y el cielo estaba intensamente azul, nada parecía tener color a no ser los carteles pegados por todas partes. La cara de los bigotes negros miraba desde todas las esquinas que dominaban la circulación. En la casa de enfrente había uno de estos cartelones. EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decían las grandes letras, mientras los sombríos ojos miraban fijamente a los de Winston. En la calle, en línea vertical con aquél, había otro cartel roto por un pico, que flameaba espasmódicamente azotado por el viento, descubriendo y cubriendo alternativamente una sola palabra: INGSOC. A lo lejos, un autogiro pasaba entre los tejados, se quedaba un instante colgado en el aire y luego se lanzaba otra vez en un vuelo curvo. Era de la patrulla de policía encargada de vigilar a la gente a través de los balcones y ventanas. Sin embargo, las patrullas eran lo de menos. Lo que importaba verdaderamente era la Policía del Pensamiento.

A la espalda de Winston, la voz de la telepantalla seguía murmurando datos sobre el hierro y el cumplimiento del noveno Plan Trienal. La telepantalla recibía y transmitía simultáneamente. Cualquier sonido que hiciera Winston superior a un susurro, era captado por el aparato. Además, mientras permaneciera dentro del radio de visión de la placa de metal, podía ser visto a la vez que oído. Por supuesto, no había manera de saber si le contemplaban a uno en un momento dado. Lo único posible era figurarse la frecuencia y el plan que empleaba la Policía del Pensamiento para controlar un hilo privado. Incluso se concebía que los vigilaran a todos a la vez. Pero, desde luego, podían intervenir su línea de usted cada vez que se les antojara. Tenía usted que vivir —y en esto el hábito se convertía en un instinto— con la seguridad de que cualquier sonido emitido por usted sería registrado y escuchado por alguien y que, excepto en la oscuridad, todos sus movimientos serían observados.

Así comienza 1984 la novela distópica de Geroge Orwell (1903-1950) publicada el 8 de junio de 1949 hace, pues, sesenta años de su publicación y aunque ya hace un tiempo le dediqué un post no es óbice para que le dediquemos un justo homenaje a la efeméride.

La lectura de 1984 produce un gran desasosiego; es una novela oscura, triste,y opresiva con una atmósfera enrarecida en donde los personajes viven en una angustiosa pesadilla con un final predecible y nada bueno. El protagonista es Winston Smith un funcionario del Ministerio de la Verdad, una institución dedicada a la revisión sistemática de la historia reciente sustituyendo las noticias publicadas con anterioridad que han resultado erróneas por unas nuevas ajustadas a la triste realidad. O simplemente haciendo desaparecer toda referencia de personas non gratas del gobierno, no es suficiente con fusilar al desafecto, hay que destruir las referencias del objetivo, como si nunca hubiese existido.

Un libro que hay que leer sin falta. En este Enlace de bibliotecas Digitales os podeis bajar el libro.

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Robert Louis Stevenson – Citas

Publicado por Jordi Guzman en 11 junio 2009


comillas_12Guerra al adjetivo y muerte al nervio óptico.

Robert Louis Stevenson. Oído en L’hora del lector. El autor se refiere a la necesidad que tiene de eliminar las descripciones de todo tipo y centrarse en la acción de la trama. La cita es de un libro recientemente editado de la correspondencia que tuvieron  Henry James y Robert Louis Stevenson de nombre Crónica de una amistad: correspondencia y otros escritos editado por Hiperión.

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Umberto Eco – Baudolino

Publicado por Jordi Guzman en 5 junio 2009


Baudolino (2000)

Baudolino (2000)

Estamos a 14 de abril de 1204 en Constantinopla, guerreros de la Cuarta Cruzada irrumpen en la ciudad a sangre y fuego, aún siendo ellos mismos cristianos y la ciudad igualmente cristiana. En el altar mayor del mayor templo de la cristiandad, la Santa Sofía,  el canciller del emperador Nicetas Coniates esta a punto de morir a manos de unos embriagados soldados latinos. Baudolino, un hombre de más de sesenta años, italiano de origen y que no pertenece a las fuerzas ocupantes le salva la vida.

A partir de aquí Baudolino le cuenta su vida al servidor imperial, una vida que empieza en la ciudad piamontesa de Alessandria, que sigue con su entrada el servicio de Federico I, llamado Barbaroja, emperador del Sacro Imperio Románico Germánico, su paso por París para estudiar y, después de mucho libro, su viaje al mítico país del Preste Juan en donde es testigo ocular de numerosos prodigios.

Un magnifico libro que retrata como solo lo puede hacer el escritor y filosófo (especializado en semiótica) italiano Umberto Eco, agil fresco medieval, lleno de fantasía en donde personajes historicos se mezclan alegremente con personajes inventados en una nueva muestra de buen hacer del escritor italiano; fue editada originalmente en 2000. En eSnips podéis leer (o bajaros) la novela.

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Mario Benedetti in memoriam

Publicado por Jordi Guzman en 18 mayo 2009


Mario Benedetti (1920-2009)

Mario Benedetti (1920-2009)

Ayer nos dejó el escritor y poeta uruguayo nacido en 1920 Mario Benedetti. Os dejo con una muestra de su obra poética. Descanse en paz.

Ustedes y nosotros

Ustedes cuando aman
exigen bienestar
una cama de cedro
y un colchón especial
nosotros cuando amamos
es fácil de arreglar
con sábanas qué bueno
sin sábanas da igual
ustedes cuando aman
calculan interés
y cuando se desaman
calculan otra vez
nosotros cuando amamos
es como renacer
y si nos desamamos
no la pasamos bien
ustedes cuando aman
son de otra magnitud
hay fotos chismes prensa
y el amor es un boom
nosotros cuando amamos
es un amor común
tan simple y tan sabroso
como tener salud
ustedes cuando aman
consultan el reloj
porque el tiempo que pierden
vale medio millón
nosotros cuando amamos
sin prisa y con fervor
gozamos y nos sale
barata la función
ustedes cuando aman
al analista van
él es quien dictamina
si lo hacen bien o mal
nosotros cuando amamos
sin tanta cortedad
el subconsciente piola
se pone a disfrutar
ustedes cuando aman
exigen bienestar
una cama de cedro
y un colchón especial
nosotros cuando amamos
es fácil de arreglar
con sábanas qué bueno
sin sábanas da igual.

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Eduardo Mendoza – La ciudad de los prodigios

Publicado por Jordi Guzman en 15 mayo 2009


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El año en que Onofre Bouvila llegó a Barcelona la ciudad estaba en plena fiebre de renovación. Esta ciudad está situada en el valle que dejan las montañas de la cadena costera al retirarse un poco hacia el interior, entre Malgrat y Garraf, que de este modo forman una especie de anfiteatro. Allí el clima es templado y sin altibajos: los cielos suelen ser claros y luminosos; las nubes, pocas, y aun éstas blancas; la presión atmosférica es estable; la lluvia, escasa, pero traicionera y torrencial a veces. Aunque es discutida por unos y otros, la opinión dominante atribuye la fundación primera y segunda de Barcelona a los fenicios. Al menos sabemos que entra en la Historia como colonia de Cartago, a su vez aliada de Sidón y Tiro. Está probado que los elefantes de Aníbal se detuvieron a beber y triscar en las riberas del Besós o del Llobregat camino de los Alpes, donde el frío y el terreno accidentado los diezmarían. Los primeros barceloneses quedaron maravillados a la vista de aquellos animales. Hay que ver qué colmillos, qué orejas, qué trompa o proboscis, se decían. Este asombro compartido y los comentarios ulteriores, que duraron muchos años, hicieron germinar la identidad de Barcelona como núcleo urbano; extraviada luego, los barceloneses del siglo XIX se afanarían por recobrar esa identidad. A los fenicios siguieron los griegos y los layetanos. Los primeros dejaron de su paso residuos artesanales; a los segundos debemos dos rasgos distintivos de la raza, según los etnólogos: la tendencia de los catalanes a ladear la cabeza hacia la izquierda cuando hacen como que escuchan y la propensión de los hombres a criar pelos largos en los orificios nasales. Los layetanos, de los que sabemos poco, se alimentaban principalmente de un derivado lácteo que unas veces aparece mencionado como suero y otras como limonada y que no difería mucho del yogur actual. Con todo, son los romanos quienes imprimen a Barcelona su carácter de ciudad, los que la estructuran de modo definitivo; este modo, que sería ocioso pormenorizar, marcará su evolución posterior. Todo indica, sin embargo, que los romanos sentían un desdén altivo por Barcelona. No parecía interesarles ni por razones estratégicas ni por afinidades de otro tipo. En el año 63 a. de J.C. un tal Mucio Alejandrino, pretor, escribe a su suegro y valedor en Roma lamentándose de haber sido destinado a Barcelona: él había solicitado plaza en la fastuosa Bilbilis Augusta, la actual Calatayud. Ataúlfo es el reyezuelo godo que la conquista y permanece goda hasta que los sarracenos la toman sin lucha el año 717 de nuestra era. De acuerdo con sus hábitos, los moros se limitan a convertir la catedral (no la que admiramos hoy, sino otra más antigua, levantada en otro sitio, escenario de muchas conversiones y martirios) en mezquita y no hacen más. Los franceses la recuperan para la fe el 785 y dos siglos justos más tarde, el 985, de nuevo para el islam Almanzor o Al-Mansur, el Piadoso, el Despiadado, el Que Sólo Tiene Tres Dientes. Conquistas y reconquistas influyen en el grosor y complejidad de sus murallas. Encorsetada entre baluartes y fortificaciones concéntricas, sus calles se vuelven cada vez más sinuosas; esto atrae a los hebreos cabalistas de Gerona, que fundan sucursales de su secta allí y cavan pasadizos que conducen a sanedrines secretos y a piscinas probáticas descubiertas en el siglo XX al hacer el metro. En los dinteles de piedra del barrio viejo se pueden leer aún garabatos que son contraseñas para los iniciados, fórmulas para lograr lo impensable, etcétera. Luego la ciudad conoce años de esplendor y siglos opacos.

Así empieza la que para mí es la mejor novela del barcelonés de vocación cosmopolita Eduardo Mendoza (1943). Publicada en 1986 pero esbozada y proyectada desde 1975 cuando se publicó su primera novela La verdad sobre el caso Savolta, La ciudad de los prodigios nos presenta una Barcelona entre las dos exposiciones internacionales celebradas en 1888 y 1929 con un aire entre fantástico y real, sin pretender ser en absoluto una novela con rigor histórico ni mucho menos.

Escrita con mucha guasa y soltura es una novela que para los qué no conocen Barcelona sirve como introducción a la historia de la ciudad y para conocer unos hechos que, si bien algunos no son ajustados a la realidad,  hay bastantes que sí que lo son. Y para los que son de Barcelona o la conocen la lectura  resulta fascinante por conocer los lugares y personajes históricos descritos y por la sutil (a veces) distorsión de los hechos relatados.

El hilo conductor de la novela es Onofre Bouvila, un emigrado rural a una Barcelona de finales del siglo XIX, humilde y sencillo, pero con una inteligencia, crueldad y ganas de escalar puestos, un arribista vamos, superlativa lo que, lógicamente, con los años le convierte en uno de los hombres más ricos de España. De lectura muy recomendada.

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El lector – Citas

Publicado por Jordi Guzman en 25 febrero 2009


comillas_12No tengo miedo. No tengo miedo de nada. Cuanto más sufro, más amo. El peligro solo aumentará mi amor, lo agudizará, le dará sabor. Seré el único ángel que necesites, dejarás esta vida siendo más hermosa que cuando entraste en ella, el cielo te recibirá de nuevo y te contemplará y dirá: solo una cosa puede hacernos tan completos y esa cosa es el amor.

Michael Berg. El lector ( 2008 ).

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Arthur C. Clarke – El fin de la infancia

Publicado por Jordi Guzman en 24 febrero 2009


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En 1953 Arthur C. Clarke publicó El fin de la infancia (ojo, spoilers en la entrada de la wiki), una apasionante novela de ciencia ficción en donde se cuenta que la humanidad es visitada por una extremadamente adelantada raza alienígena en forma de enormes naves suspendidas encima de todas las grandes ciudades de la Tierra. Esta raza, que los humanos llaman superseñores (overlords, en inglés), vienen en son de paz y con la intención de ayudar a la humanidad. Pero a los seres humanos les esperan varias sorpresas, una de ellas es el aspecto que tienen los superseñores y otra son sus verdaderas intenciones…

Podéis leerla en este enlace de Babilonia (PDF), son poco más de cien páginas que se leen muy rápido. Os dejo con el prólogo original el cual fue modificado en la edición de 1990 por contener algunos errores en forma de anacronismo.

EL FIN DE LA INFANCIA

Prólogo

El volcán que había alzado a Taratua desde los fondos del Pacífico dormía desde hacía medio millón de años. Sin embargo, muy pronto, pensó Reinhold, unos fuegos más violentos arrasarán otra vez la isla. Miró la plataforma y alzó los ojos hacia la pirámide de andamios que rodeaba aún al Columbus. La proa de la nave, a sesenta metros de altura, reflejaba los últimos rayos del sol. Era una de las últimas noches del cohete. Luego flotaría en la eterna luz solar del espacio.

Todo estaba tranquilo aquí, bajo las palmeras, en lo más alto del rocoso espinazo de la isla. Sólo se oía el silbido intermitente de los compresores neumáticos o la voz apagada de los obreros. Reinhold se había encariñado con estas apretadas palmeras. Venía aquí casi todas las noches a vigilar su pequeño imperio. Le entristecía pensar que cuando el Columbus se elevara hacia los astros, envuelto en furiosas llamas, estos árboles quedarían reducidos a átomos.

A un kilómetro de la costa, el James Forrestal había encendido los reflectores y barría las aguas oscuras. El sol había desaparecido, y la rápida noche tropical se elevaba desde el este. Reinhold se preguntó, con un poco de sorna, si esperarían encontrar submarinos rusos tan cerca de la orilla.

Rusia le hizo pensar, como siempre, en Konrad y aquella mañana de la catastrófica primavera de 1945. Habían pasado más de treinta años, pero no podía olvidar los días en que el Reich se tambaleaba bajo las olas que venían del Este y del Oeste. Todavía podía ver los cansados ojos azules de Konrad y su barbita de oro mientras se daban la mano y se separaban en la arruinada aldea de Prusia atravesada incesantemente por columnas de refugiados. Había sido una separación que simbolizaba todo lo que había ocurrido desde entonces en el mundo… la grieta abierta entre el Este y el Oeste. Konrad había elegido el camino de Moscú. Reinhold había pensado que Konrad estaba loco, pero ahora ya no se sentía tan seguro.

Durante treinta años había creído que Konrad ya no vivía. Hacía una semana el coronel Sandmeyer, del Servicio Secreto, le había traído las últimas novedades. Sandmeyer no le gustaba, y estaba seguro de que el otro sentía lo mismo. Pero ninguno de los dos permitía que los sentimientos interfirieran en el trabajo.

- Señor Hoffmann – había comenzado a decir el coronel exhibiendo lo mejor de su cortesía profesional -, acabo de recibir algunos alarmantes informes de Washington. Es un secreto de Estado, naturalmente, pero hemos decidido comunicárselo al cuerpo de ingenieros. Así comprenderán que es necesario darse prisa. – Sandmeyer se detuvo,

tratando de impresionar a Hoffmann, pero fue inútil. Hoffmann ya sabía, de algún modo, lo que iba a seguir. – Los rusos casi nos han alcanzado. Han desarrollado un propulsor atómico, quizá más eficiente que el nuestro y están construyendo una nave en las costas del lago Baikal. No sabemos hasta dónde han llegado, pero el Servicio Secreto cree que podrán lanzar la nave dentro de unos meses. Ya sabe lo que eso significa.

Si, ya lo sé, pensó Reinhold. Se ha alargado la carrera… y podemos perder.

- ¿Sabe usted quién dirige el equipo ruso? – había preguntado, sin esperar realmente una respuesta.

El coronel Sandmeyer había mostrado al sorprendido Reinhold una hoja escrita a máquina y allí, encabezando una lista, estaba el nombre: Konrad Schneider.

- Usted conoció muy bien a esos hombres de Peenemünde ¿no es cierto? – dijo el coronel -. Eso puede servirnos. Me gustaría que preparase usted unas notas sobre el mayor número posible de esos hombres. La especialidad de cada uno, el grado de inteligencia, y otras cosas similares. Sé que es demasiado pedir, después de tanto tiempo, pero haga lo posible.

- Konrad Schneider es el único que importa – había respondido Reinhold -. Tenía talento, los otros no eran más que ingenieros competentes. Sólo el cielo sabe lo que ha hecho en treinta años. No lo olvide… Schneider conoce, probablemente, todos nuestros resultados, y nosotros no conocemos ninguno de los suyos. Eso le da una decidida ventaja.

Reinhold no había pretendido criticar el Servicio Secreto, pero durante unos instantes Sandmeyer pareció ofendido. Al fin, el coronel se encogió de hombros.

- Puede no servirles de nada, me lo ha dicho usted mismo. Nuestro intercambio de información significa progreso más rápido, aunque dejemos escapar algunos secretos. Es posible que las oficinas rusas de investigación ignoren la mayor parte del tiempo lo que hace su propia gente. Les mostraremos que la democracia puede ser la primera en llegar a la Luna.

¡La democracia! ¡Tonterías!, pensó Reinhold, pero calló, prudentemente. Un Konrad Schneider valía un millón de votos. ¿Y qué no habría hecho Konrad con todos los recursos de la U.R.S.S. a su alcance? Quizá en ese mismo instante su nave se desprendía de la Tierra…

El sol que había dejado Taratua brillaba aún sobre el lago Baikal cuando Konrad Schneider y el comisario del Instituto de Ciencia Nuclear se alejaron lentamente de la plataforma donde se había probado el motor. Aún sentían una dolorosa vibración en los oídos aunque los últimos y atronadores ecos se habían perdido en el lago hacía ya diez minutos.

- ¿Por qué esa cara larga? – preguntó de pronto Grigorievitch -. Tendría que estar contento. Otro mes más y habremos iniciado el viaje mientras los yanquis estarán mordiéndose los puños.

- Es usted optimista, como de costumbre – dijo Schneider -. Aunque el motor funcione no es tan fácil como parece. Es cierto que no veo ante mí ningún obstáculo serio, pero… me preocupan los informes que vienen de Taratua. Ya le he hablado del valor de Hoffmann, y dispone de billones de dólares. Esas fotografías de la nave son algo borrosas, pero no parece hablarles mucho. Y sabemos que probó su motor hace ya cinco semanas.

- No se preocupe – dijo riéndose Grigorievitch -. Se van a llevar la gran sorpresa. Recuérdelo… no saben nada de nosotros.

Schneider se preguntó si sería cierto, pero decidió no expresar ninguna duda. La mente de Grigorievitch comenzaría a explorar unos canales tortuosos y complicados, y si llegaba a encontrar una gotera, el mismo Schneider se vería en dificultades.

Schneider entró en el edificio de la administración. Había aquí tantos soldados, pensó sombríamente, como técnicos. Pero así hacían las cosas los rusos, y mientras no se le cruzasen en el camino no tenía por qué quejarse. Todo, con algunas exasperantes

excepciones, se había desarrollado tal como lo había previsto. Sólo el futuro podía decir quién había elegido mejor: él o Reinhold.

Redactaba un último informe cuando unos gritos lo interrumpieron. Durante unos instantes permaneció inmóvil, sentado ante su escritorio, preguntándose qué podía haber alterado la rígida disciplina del campamento. Luego se incorporó y se acercó a la ventana. Y por primera vez en su vida supo lo que era la desesperación.

Rodeado de estrellas, Reinhold descendió por la falda de la colina. Afuera, en el mar, el Forrestal barría todavía el agua con unos dedos luminosos. En la bahía los andamios que rodeaban el Columbus eran ahora un brillante árbol de Navidad. Sólo la elevada proa de la nave se alzaba como una sombra oscura entre los astros.

Una radio lanzaba una estridente música de baile desde los animados cuarteles y los pasos de Reinhold se aceleraron mecánicamente siguiendo el ritmo de la música. Había llegado casi al estrecho sendero que bordeaba las arenas, cuando algún presentimiento, algo apenas atisbado, lo obligó a detenerse. Perplejo, miró primero el mar, y luego la tierra. Pasaron unos instantes antes que pensara en mirar el cielo.

Reinhold Hoffmann supo entonces, como Konrad Schneider en ese mismo instante, que había perdido la carrera. Y supo que la había perdido no por esas pocas semanas o meses que habían estado amenazándolo, sino por milenios. Las sombras enormes y silenciosas que navegaban bajo las estrellas, a una altura que Reinhold era incapaz de imaginar, estaban tan alejadas del pequeño Columbus como éste de las canoas paleolíticas. Durante un instante que pareció eterno, Reinhold observó, junto con el mundo entero, cómo las grandes naves descendían con una majestad abrumadora, hasta que oyó al fin el débil chillido de la fricción en el enrarecido aire de la estratosfera.

Reinhold no se sintió apenado porque el trabajo de toda una vida se le derrumbase de pronto. Había luchado para que el hombre llegase a las estrellas, y ahora, en el instante del triunfo, las estrellas – las apartadas e indiferentes estrellas – venían a él. En ese instante la historia suspendía su aliento, y el presente se abría en dos separándose del pasado como un témpano que se desprende de los fríos acantilados paternos y se lanza al mar, a navegar solitario y orgulloso. Todo lo obtenido en las eras del pasado no era nada ahora. En el cerebro de Reinhold sonaban y resonaban los ecos de un único pensamiento: La raza humana ya no estaba sola.

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Julio Cortázar, 25 aniversario de su muerte

Publicado por Jordi Guzman en 23 febrero 2009


Julio Cortazar (1914-1984)

Julio Cortázar (1914-1984)

El pasado 12 de febrero se cumplieron 25 años de la desaparición del escritor argentino  Julio Cortázar. En la Wiki le hacen una definición que no se puede mejorar:

Se le considera uno de los autores más innovadores y originales de su tiempo, maestro del relato corto, la prosa poética y la narración breve en general, comparable a Jorge Luis Borges, Antón Chéjov o Edgar Allan Poe, y creador de importantes novelas que inauguraron una nueva forma de hacer literatura en Latinoamérica, rompiendo los moldes clásicos mediante narraciones que escapan de la linealidad temporal y donde los personajes adquieren una autonomía y una profundidad psicológica pocas veces vista hasta entonces.

Quien haya leído su obra más conocida y fundamental como es Rayuela (1963) sin duda estará de acuerdo con la anterior definición, Rayuela es un libro dificil de leer y a la vez con una interactividad absolutamente novedosa pues el autor nos propone leer la novela de dos, o de tres, maneras distintas: leerla de manera tradicional, es decir, desde el primer capitulo hasta el ultimo, leerla según una guía que el autor nos propone o, por ultimo, leyendo los capítulos de forma desordenada. Como es fácil de suponer, una novela que se presta a esta lectura ambivalente no es de fácil lectura.

Como muestra de su prosa elegante y finamente irónica os muestro el relato mínimo Instrucciones para subir una escalera incluida en Historias de cronocopios y famas.

Instrucciones para subir una escalera

Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se situó un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.
Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).
Llegando en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.

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A vuestros cuerpos dispersos

Publicado por Jordi Guzman en 17 diciembre 2008


Su esposa lo había aferrado entre sus brazos como si así
pudiera mantenerlo apartado de la muerte.
Él había gritado:
-¡Dios mío, me muero!
La puerta de la habitación se había abierto, y había visto
un gigantesco dromedario negro fuera, y había oído el
tintineo de las campanillas de su arnés cuando el cálido
viento del desierto las agitó. Luego, una gran faz blanca
rematada por un gran turbante negro había aparecido en
el vano de la puerta. El eunuco había atravesado la puerta,
moviéndose como una nube, con una gigantesca cimitarra
en su mano. La Muerte, el Destructor de los Placeres, el
Igualador de la Sociedad, había llegado al fin.
Oscuridad. Nada. Ni siquiera supo que su corazón se
había detenido para siempre. Nada. Leer el resto de esta entrada »

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Ojo en el cielo

Publicado por Jordi Guzman en 12 diciembre 2008


Wikipedia

Philip K. Dick. Imagen: Wikipedia

A las cuatro de la tarde del día 2 de octubre de 1959, el desviador de radiaciones protónicas del Bevatrón de Belmont traicionó a sus creadores. Los efectos de semejante infidelidad tuvieron un desarrollo inmediato. En cuanto se dejó de corregir adecuadamente su trayectoria y, en consecuencia, al quedar sin gobierno, el rayo de seis mil millones de voltios salió disparado hacia el techo de la cámara y en su centellante ascenso redujo a cenizas una plataforma de observación que dominaba el generador.

En aquel preciso momento, ocho personas se encontraban en la plataforma, un grupo de visitantes y su guía. Desposeídas inopinadamente de su estrado, las ocho personas cayeron al piso de la cámara del Bevatrón, donde, sumidas en el dolor de las lesiones y el susto del inesperado descenso a plomo, permanecieron hasta que se disipó el campo magnético y se neutralizó en gran parte la intensa radiación.

De las ocho víctimas, fue necesario hospitalizar a cuatro. Otras dos, cuyas quemaduras eran menos graves, quedaron sometidas a un período indefinido de observación. Las dos restantes fueron examinadas y asistidas, después de lo cual pasaron a sus domicilios. Los periódicos de San Francisco y Oakland informaron del suceso. Los abogados de las personas damnificadas prepararon sus demandas judiciales, iniciando los pleitos correspondientes. Varios funcionarios relacionados con el Bevatrón se desmoronaron encima de la chatarra, en compañía del «Sistema Rectificador Wilcox-Jones» y sus entusiastas inventores. Surgieron operarios y empezaron a reparar los daños materiales.

El lamentable acontecimiento duró apenas dos minutos. A las cuatro en punto comenzó a fallar el aparato rectificador y a las cuatro y dos, ocho personas se habían desplomado desde una altura de veinte metros y atravesado el haz de protones que brotaba del circular receptáculo interno del generador.

El guía, un joven negro, fue el primero en iniciar la caída y en estrellarse contra el piso de la cámara. El último que descendió fue un técnico, también joven, que trabajaba en las cercanas instalaciones de una fábrica de proyectiles teledirigidos. Cuando el grupo salió a la plataforma, el muchacho se separó de sus compañeros, regresó hacia el pasillo y se dispuso a sacar el tabaco.

Es muy probable que, de no haberse precipitado hacia adelante para sujetar a su esposa, no hubiera caído con los demás. Su último recuerdo lúcido consistía en eso: en que soltó el paquete de cigarrillos y alargó inútilmente la manga de la chaqueta de Marsha…

Así es como empieza la novela Ojo en el cielo de Philip K. Dick editada en los EE.UU. en 1957. Trata de los diversos universos  en donde las diferentes personalidades de los afectados por el rayo del ficticio Bevatrón dominan y configuran dichos universos. A medida que los afectados van recuperandose los restantes se ven envueltos en realidades alternativas  regidas por los miedos, creencias y caracteres de los heridos. Una novela sorprendente. En este enlace os la podeís bajar.

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Guerra

Publicado por Jordi Guzman en 13 noviembre 2008


comillas_12En las guerras del siglo XX la muerte se ha dado en una escala difícil de aprehender. Todo promedio a partir de las cifras de muertos es artificial, pues alrededor de dos tercios (58 millones) corresponden a las dos guerras mundiales. Pero, de haberse repartido estas cifras de modo uniforme durante todo el período, la guerra habría matado alrededor de 2.500 personas por día, o sea, cien por hora, las veinticuatro horas del día, durante noventa años.

Jonathan Glover, Humanidad e inhumanidad: una historia moral del siglo XX

Desgraciadamente, la guerra es una constante en toda la larga historia de la humanidad, desde las peleas con palos y piedras  cuando apenas habíamos bajado de los arboles, hasta las bombas atómicas que aún siguen en sus silos esperando con su carga mortal a ser lanzadas (EE. UU. y Rusia tienen entre 6.500 y 13.500 cabezas nucleares entre las dos, más que suficiente para acabar con la humanidad de largo). Aunque hay muchos más conflictos actualmente en todo el mundo, más abajo os muestro unas imagenes de la guerra de Afganistán y del Congo. La primera, que empezó en 2001 por unos Estados Unidos lanzados a una venganza después de los atentados del 11-S, y que  posteriormente se le unieron muchos países; actualmente pese al gran numero de efectivos aliados que hay en el país la situación dista mucho de estar en calma, más bien al contrario. Como le pasó en el siglo XIX al Imperio Británico y en el XX a la Unión Soviética, Afganistán es un enorme país para poder controlarlo. La Segunda Guerra del Congo es la continuación de la Primera, un conflicto básicamente entre Hutus y Tutsis, entre señores de la guerra armados gracias al comercio de Coltan y que sufren en sus carnes la población civil. Os recomiendo leer los enlaces de más arriba para informaros. Las fotografías son de la gran página The Big Picture, las cuatro primeras de Conflicto en el Congo: refugiados en movimiento y las cinco restantes de El valle Korengal de Afganistán. Después de las fotos he puesto el ultimo capitulo de la novela de Erich Maria Remarque llamada Sin novedad en el frente, un gran libro ambientado en la Primera Guerra Mundial, cuenta la historia de un joven soldado aleman de 19 años que, inevitablemente, muere al final del libro. No importa que sea de una guerra de casi cien años de antiguedad, la gente muere de la misma forma, tristemente, en toda epoca o lugar. Podeis leer el libro on-line en este enlace.

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Capitulo XII

Otoño. De los veteranos, quedan muy pocos. Yo soy aquí el superviviente de los siete de nuestro colegio.

Hablan todos de paz y de armisticio. Todos esperan. Si viene otro desengaño, ya no resistirán. La ilusión es demasiado fuerte; no puede ya eludirse sin que se produzca la explosión. Si no llega la paz, llegará la revolución.

Tengo quince días de descanso por tragar un poquito de gas. Estoy sentado en un jardinillo, al sol, todo el día. Vendrá pronto el armisticio. Yo mismo lo creo. Después regresaremos a nuestras casas.

Aquí se detienen mis pensamientos. No pueden avanzar. Lo que me arrastra con una violencia superior son sentimientos: es la sed de vivir, es la nostalgia, es la sangre, es el delirio de estar a salvo. No son fines; no son propósitos.

Si hubiéramos regresado el año 1916, nuestro dolor, la impresión de lo vivido, hubieran desencadenado una tempestad. Si regresamos ahora, volvemos fatigados, rotos, calcinados totalmente; sin raíces, sin fe. No podemos ya entendernos bien con todo aquello.

Ni ha de comprendernos nadie, porque ante nosotros hay una generación que ciertamente pasó aquí estos años con nosotros; pero que antes tenía hogar, profesión, y a ellos vuelve, recobra sus antiguas posiciones, donde olvidará la guerra… Y detrás de nosotros crece otra generación similar a la nuestra, que nos será extraña, que nos mirará de soslayo. ¡Somos superfluos para nosotros mismos: creceremos, se adaptarán algunos, obedecerán otros a la fuerza; pero muchísimos no tendrán salvación…

¡Pasarán los años, y, por fin, sucumbiremos!

Pero quizá todo esto que pienso es sólo melancolía, sobresalto, que desaparecerá rápidamente cuando de nuevo me instale bajo esos álamos, oyendo el bisbiseo de las hojas. Es imposible eliminar totalmente ese dulce sentimiento que llenó de inquietud nuestra sangre: lo incierto, lo vibrante, lo futuro, las mil visiones del porvenir, la armonía de libros y de ensueños, el presentir las mujeres, su sonrisa… Es imposible que todo haya quedado eternamente destruido por el fuego de la metralla, en la desesperación, en los burdeles para tropa.

Rebrillan aquí los árboles. Oro, colores varios. En las ramas de los bravíos serbales hay matices rojos. Carreteras blancas se lanzan a buscar el horizonte. Como las colmenas de zumbidos, las cantinas están saturadas de rumores de paz.

Me levanto.

Estoy tranquilo. Vengan los meses y los años. Nada me quitarán; nada me pueden ya robar. Estoy tan solo, tan sin esperanza, que los puedo aguardar sin miedo. La vida que me arrastró por todos estos años late aún en mi pulso y en mis ojos. Si la he vencido, no lo sé. Pero tanto tiempo como esté dentro de mí – quiera o no quiera, esto que de mí se llama el “yo” – se buscará su derrotero.

Murió en octubre de 1918, un día tan tranquilo y apacible en todo el frente, que el comunicado oficial del Cuartel General, del Oeste se limitó a esta sola frase:

- Sin novedad en el frente.

Había caído de bruces, estaba como durmiendo. Al volverle se vio que no había tenido mucho que sufrir. Había en su rostro una expresión tal de serenidad, que parecía estar satisfecho de haber terminado así.

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Bilbo Bolsón – Citas

Publicado por Jordi Guzman en 24 octubre 2008


No conozco a la mitad de ustedes, ni la mitad de lo que querría, y lo que yo querría es menos de la mitad de lo que la mitad de ustedes merece.

Bilbo Bolsón. El Señor de los Anillos. J.R.R. Tolkien

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Terry Pratchett – Citas

Publicado por Jordi Guzman en 22 octubre 2008


El bosque de Skund estaba encantado, desde luego, aunque eso no era nada extraño en el Disco. Además, era el único bosque en todo el universo que se llamaba – en el idioma local – Tu Dedo Idiota, pues tal es el significado literal de la palabra Skund.

El motivo de esto es, por desgracia, de lo más vulgar. Cuando los primeros exploradores procedentes de las tierras cálidas alrededor del Mar Circular se adentraron en las gélidas llanuras interiores, rellenaron los huecos de sus mapas por el sistema de agarrar al nativo más cercano, señalar hacia algún punto geográfico distante, hablar en voz muy alta y clara, y escribir cualquier cosa que les dijera el risueño interrogado. Así, generaciones de atlas inmortalizaron rarezas geográficas como “Pues Una Montaña”, “No Lo Sé”, “¿Como Dices?”, y, por supuesto, “Tu Dedo Idiota”.

Terry Pratchett. La luz fantástica (1986). Ciclo del Mundodisco.

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