Robert A. Heinlein ( 1907-1988 ) fue un escritor de ciencia ficción norteamericano de exitosa, aunque tardía, carrera, ganador de cuatro premios Hugo por Estrella doble (1956), Tropas del espacio (1960), Forastero en tierra extraña (1962) y La Luna es una cruel amante (1967). Se le considera junto con Isaac Asimov y Arthur C. Clarke como los tres más importante escritores de ciencia ficción, digamos, clásicos, aunque seguro que muchos no estarán de acuerdo.
La narrativa de Heinlein es, pero, notablemente diferente de la de Asimov o la de Clarke, permitidme hacer un símil cinematográfico para explicarme. Las novelas de Clark son muy asépticas, describen un futuro de una forma muy plana sin apenas entrar en aspectos personales o emotivos, aunque brilla especialmente en los aspectos técnicos y científicos. Podríamos decir que la película que lo define es 2001: Una odisea espacial. Una descripción del futuro muy seca y ajustada a la realidad científica.
Las novelas y relatos de Asimov, en general por supuesto, también son muy asépticas con tendencia a desarrollar relatos detectivescos o de intriga pero con la particularidad que en una parte considerable de su obra esta encuadrada en una gran space opera, es decir, un universo propio en el que muchas novelas y relatos suyas están inmersas en él. La película sería Star Wars, un gran universo técnico poco realista.
Con la obra de Heinlein pasa una cosa completamente diferente, aunque es muy especifico en detalles técnicos ajustados a la realidad, la versión que da del futuro es muy cercana, con muchas interacciones personales y con una sensación de que si algún día llegamos a viajar por el espacio, será de esta forma. Es una visión realista y sucia del futuro. La película que lo podría definir sería
Alien, el octavo pasajero, por supuesto sin su parte terrorífica, un futuro usado, normal, en donde la gente trabaja, sufre y vive la vida como buenamente puede.
Os quiero recomendar, para quien no hay leído nada de Heinlein, que empiece por sus dos volúmenes de Historia del Futuro. Una serie de relatos y novelas cortas escritas desde 1939 hasta 1969 en donde todo el poderío narrativo e inventivo del autor se pone de manifiesto.
En estos enlaces podéis leer online los libros o bajároslos: Historia del futuro I, II y III. Nota: yo hablo de dos volúmenes pues son los que yo tengo editados por Acervo. Los enlaces de más arriba son tres pues están colgados los de editó Hyspamerica. También podéis leer o bajar más obras de Heinlein en este enlace.
Os pongo el principio del primer relato llamado La linea de la vida, en donde un cientifico a inventado una notable maquina…
La linea de la vida
El presidente golpeó fuertemente la mesa llamando al orden. Gradualmente, los
silbidos y abucheos fueron cesando, mientras varios oficiales de orden espontáneos
persuadían a algunos acalorados individuos de que se sentaran de nuevo. El orador en la
tribuna al lado del presidente parecía no darse cuenta del tumulto. Su fofo y algo insolente
rostro estaba impasible. El presidente se giró hacia él y le dirigió la palabra, con una voz
en la cual no se disimulaban la ira y el disgusto.
- Doctor Pinero – recalcó ligeramente la palabra «doctor» -, debo disculparme por el
inesperado alboroto producido por sus observaciones. Estoy sorprendido de que mis
colegas hayan olvidado la dignidad propia de los hombres de ciencia hasta el punto de
interrumpir a un orador, a pesar – hizo una pausa y apretó fuertemente la boca – a pesar
de lo grande que haya sido la provocación. – Pinero se rió en su cara, una sonrisa que era
en cierto modo un abierto insulto. El presidente controló con visible esfuerzo su
indignación y prosiguió -: Estoy ansioso de que el programa finalice honestamente y en
orden. Deseo que termine usted sus observaciones. Sin embargo, debo pedirle que
intente no insultar nuestras inteligencias con ideas que cualquier hombre educado sabe
que son erróneas. Por favor, limítese a hablarnos de su descubrimiento… si es que ha
descubierto usted algo.
Pinero extendió sus gordezuelas y blancas manos, con las palmas hacia abajo.
- ¿Cómo puedo poner una idea nueva en las cabezas de ustedes, si primero no quito
de ahí sus falsos conceptos?
La audiencia se agitó y murmuró. Alguien gritó desde el fondo de la sala:
- ¡Echen de ahí a ese charlatán! ¡Ya hemos oído bastante!
El presidente levantó su maza.
- ¡Señores! ¡Por favor! – Y luego, dirigiéndose a Pinero -: ¿Debo recordarle que no es
usted miembro de esta corporación, y que nosotros no le invitamos?
Pinero frunció las cejas.
- ¿De veras? Creo recordar una invitación con el membrete de la Academia.
El presidente se mordió el labio inferior antes de responder.
- Cierto. Yo mismo escribí esa invitación. Pero fue a petición de uno de los miembros
del directorio… un caballero muy educado y sociable, pero no un científico, no un miembro
de la Academia.
Pinero exhibió su irritante sonrisa.
- ¿De veras? Debería haberlo supuesto. ¿Acaso fue el viejo Bidwell, el de la Unión de
Seguros de Vida? ¿Tal vez esperaba que sus adiestradas focas demostraran que soy un
fraude? Porque si yo puedo decirle a un hombre la fecha de su muerte, nadie va a
comprar sus preciosas pólizas de seguro de vida. ¿Pero cómo pueden demostrar que soy
un fraude, si primero no me escuchan? ¿Aun suponiendo que tengan la suficiente
inteligencia como para comprenderme? ¡Bah! Han enviado chacales para vencer a un
león. – Les volvió deliberadamente la espalda. Los murmullos de la concurrencia crecieron
y adquirieron un tono amenazador. El presidente gritó en vano pidiendo orden. Alguien de
la primera fila se levantó.
- ¡Señor presidente!
El presidente aprovechó la circunstancia y gritó:
- ¡Señores! El doctor Van Rheinsmitt tiene la palabra. – La agitación cedió.
El doctor carraspeó, se apartó un mechón de su hermoso pelo blanco y se metió una
mano en el bolsillo de sus elegantes pantalones hechos a la medida. Asumió los modales
de su club femenino.
- Señor presidente, compañeros miembros de la Academia de Ciencias, seamos
tolerantes. Incluso un asesino tiene derecho a hablar antes de que la justicia le exija su tributo. ¿Vamos a ser nosotros menos? ¿Aunque todos estemos intelectualmente seguros
del veredicto? Me gustaría garantizarle al doctor Pinero las mismas consideraciones que
habitualmente dispensamos en esta augusta corporación a cualquier colega no afiliado a
ella, incluso en el caso – hizo una ligera inclinación en dirección a Pinero – de que no nos
sea familiar la universidad donde obtuvo su graduación. Si lo que tiene que decirnos es
falso, no va a perjudicarnos. Y si lo que tiene que decir es cierto, deberíamos conocerlo. -
Su suave y cultivada voz fluía suavemente, tranquila y apaciguadora -. Si los modales del
eminente doctor nos parecen algo rústicos a nuestros paladares, debemos tener en
cuenta que el doctor tal vez proceda de un lugar, o de un estado social, no tan meticuloso
en estos detalles. Nuestro buen amigo y benefactor nos ha pedido que escuchemos a
esta persona y que sopesemos cuidadosamente los méritos de sus afirmaciones. Les pido
que lo hagamos con dignidad y decoro.
Se sentó entre un estruendo de aplausos, consciente de que había reforzado su
reputación de líder intelectual. Al día siguiente los periódicos mencionarían de nuevo el
buen sentido y la persuasiva personalidad del «Presidente de Universidad Más Apuesto
de América». ¿Quién sabe? Quizá el viejo Bidwell terminara concediendo aquella
donación para la piscina.
Cuando cesaron los aplausos, el presidente se giró hacia el lugar donde estaba
sentado el foco de la perturbación, con las manos cruzadas sobre su pequeña y oronda
barriga y el rostro sereno.
- ¿Desea continuar, doctor Pinero?
- ¿Por qué debería hacerlo?
El presidente se alzó de hombros.
- Vino aquí para esto.
Pinero se levantó.
- Exacto. Exactísimo. Pero, ¿fui inteligente al venir? ¿Hay aquí alguien que tenga una
mente abierta, que pueda enfrentarse cara a cara con un hecho desnudo sin enrojecer?
Creo que no. Incluso ese apuesto caballero que acaba de pedirles que me escuchen ya
me ha juzgado y condenado. Él busca el orden, no la verdad. Supongamos que la verdad
desafía al orden; ¿la aceptará? ¿Lo harán ustedes? Creo que no. Pero por otro lado, si no
hablo, ustedes obtendrán su victoria por omisión. El hombrecillo de la calle pensará que
ustedes, hombrecillos, me han desenmascarado a mí, a Pinero, como a un embaucador,
un farsante. Esto no va con mis planes. Así que hablaré.
«Repetiré mi descubrimiento. En lenguaje sencillo, he inventado una técnica para
predecir cuan larga será la vida de un hombre. Puedo anunciarles por anticipado la
llegada del Ángel de la Muerte. Puedo decirles cuándo el Camello Negro se arrodillará
ante su puerta. En cinco minutos, con mi aparato, puedo decirles a cada uno de ustedes
cuántos granos de arena quedan aún en su reloj. – Hizo una pausa y cruzó los brazos
sobre su pecho. Por un momento nadie habló. La audiencia empezó a inquietarse.
Finalmente, el presidente intervino.
- ¿Ha terminado, doctor Pinero?
- ¿Qué más puedo decir aquí?
- No nos ha dicho cómo funciona su descubrimiento.
Pinero alzó las cejas.
- Está sugiriendo usted que exponga aquí los frutos de mi trabajo para que los niños
jueguen con ellos. Es un conocimiento muy peligroso, amigo mío. Lo reservo para el
hombre que sepa entenderlo, es decir, yo mismo – se golpeó el pecho.
- ¿Cómo podemos saber que hay realmente algo detrás de sus infundadas
afirmaciones?
- Muy sencillo. Envíen a una comisión para observar mis demostraciones. Si funcionan,
excelente. Ustedes las admiten y se lo comunican al mundo. Si no funcionan, yo quedo desacreditado y pido disculpas. También yo, Pinero, soy capaz de pedir disculpas.
Un hombre delgado y cargado de espaldas se levantó en el fondo de la sala. El
presidente lo reconoció y le dio la palabra:
- Señor presidente, ¿cómo puede el eminente doctor proponer seriamente una tal
prueba? ¿Acaso espera que aguardemos algo así como unos veinte o treinta años hasta
que muera alguien y pruebe sus afirmaciones?
Pinero ignoró la presidencia y respondió directamente:
- ¡Puf! ¡Qué estupidez! ¿Es usted tan ignorante de las estadísticas que no sabe que en
un grupo lo suficientemente numeroso hay al menos alguien que va a morir en un futuro
muy inmediato? Le hago una proposición; déjeme probar con cada uno de ustedes, los
que están reunidos en esta sala, y nombraré al hombre que morirá antes de quince días,
sí, y el día y la hora de su muerte. – Miró desafiante a toda la sala -. ¿Aceptan?
Otra persona se puso en pie, un hombre corpulento que hablaba midiendo las sílabas.
- Yo, por mi parte, no puedo apoyar tal experimento. Como médico, he observado con
dolor los claros indicios de profundos desarreglos cardíacos en algunos de nuestros
colegas más ancianos. Si el doctor Pinero conoce esos síntomas, como es probable, y
selecciona como víctima a uno de ellos, el hombre seleccionado tendrá muchas
posibilidades de fallecer en el plazo previsto, tanto si el maravilloso aparato de nuestro
distinguido orador funciona como si no.
Otro asistente se puso inmediatamente de su lado.
- El doctor Shepard tiene razón. ¿Por qué tenemos que perder tiempo con trucos de
vudú? Creo que esa persona que se llama a sí mismo doctor Pinero desea utilizar esta
corporación para dar autoridad a sus afirmaciones. Si participamos en esta farsa,
seguiremos su juego. Ignoro en qué consiste su fraude, pero puedo suponer que ha
ideado alguna forma de utilizarnos como propaganda para sus planes. Señor presidente,
ruego que procedamos de la forma acostumbrada.
La moción fue aceptada por aclamación, pero Pinero no se sentó. Entre gritos de
«¡Orden! ¡Orden!», agitó su descuidada cabeza hacia ellos y dijo:
- ¡Bárbaros! ¡Imbéciles! ¡Estúpidos bobalicones! Vosotros sois quienes habéis
bloqueado el reconocimiento de todos los grandes descubrimientos desde el principio de
los tiempos. Una gentuza ignorante como vosotros haría removerse a Galileo en su
tumba. Ese estúpido gordo de ahí abajo que se está hurgando los dientes se llama a sí
mismo médico. ¡Curandero sería un término más adecuado! Ese personajillo calvo que
está ahí… ¡sí, usted! Se considera un filósofo, y cacarea acerca de la vida y del tiempo sin
ton ni son. ¿Qué sabe usted de ambos? ¿Cómo podrá nunca aprender si se niega a
examinar la verdad cuando le es presentada en bandeja? ¡Bah! – escupió al estrado -.
Llaman a esto una Academia de Ciencias. Yo le llamo una convención de sepultureros,
interesados tan sólo en embalsamar las ideas de sus valientes predecesores.
Hizo una pausa para tomar aliento, y fue agarrado por ambos lados por dos miembros
de la presidencia y echado fuera del estrado. Varios periodistas se pusieron
apresuradamente en pie de sus lugares en la mesa de la prensa y fueron a su encuentro.
El presidente decretó un aplazamiento.


































