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Robert A. Heinlein – Historia del futuro

Publicado por Jordi Guzman en 10 julio 2009


Historia del futuro

Robert A. Heinlein ( 1907-1988 ) fue un escritor de ciencia ficción norteamericano de exitosa, aunque tardía, carrera, ganador de cuatro premios Hugo por Estrella doble (1956), Tropas del espacio (1960), Forastero en tierra extraña (1962) y La Luna es una cruel amante (1967). Se le considera junto con Isaac Asimov y Arthur C. Clarke como los tres más importante escritores de ciencia ficción, digamos, clásicos, aunque seguro que muchos  no estarán de acuerdo.
La narrativa de Heinlein es, pero, notablemente diferente de la de Asimov o la de Clarke, permitidme hacer un símil cinematográfico para explicarme. Las novelas de Clark son muy asépticas, describen un futuro de una forma muy plana sin apenas entrar en aspectos personales o emotivos, aunque brilla especialmente en los aspectos técnicos y científicos. Podríamos decir que la película que lo define es 2001: Una odisea espacial. Una descripción del futuro muy seca y ajustada a la realidad científica.
Las novelas y relatos de Asimov, en general por supuesto, también son muy asépticas con tendencia a desarrollar relatos detectivescos o de intriga pero con la particularidad que en una parte considerable de su obra esta encuadrada en una gran space opera, es decir, un universo propio en el que muchas novelas y relatos suyas están inmersas en él. La película sería Star Wars, un gran universo técnico poco realista.
Con la obra de Heinlein pasa una cosa completamente diferente, aunque es muy especifico en detalles técnicos ajustados a la realidad, la versión que da del futuro es muy cercana, con muchas interacciones personales y con una sensación de que si algún día llegamos a viajar por el espacio, será de esta forma. Es una visión realista y sucia del futuro. La película que lo podría definir sería

Robert A. Heinlein

Robert A. Heinlein

Alien, el octavo pasajero, por supuesto sin su parte terrorífica, un futuro usado, normal, en donde la gente trabaja, sufre y vive la vida como buenamente puede.

Os quiero recomendar, para quien no hay leído nada de Heinlein, que empiece por sus dos volúmenes de Historia del Futuro. Una serie de relatos y novelas cortas escritas desde 1939 hasta 1969 en donde todo el poderío narrativo e inventivo del autor se pone de manifiesto.
En estos enlaces podéis leer online los libros o bajároslos: Historia del futuro I, II y III. Nota: yo hablo de dos volúmenes pues son los que yo tengo editados por Acervo. Los enlaces de más arriba son tres pues están colgados  los de editó Hyspamerica. También podéis leer o bajar más obras de Heinlein en este enlace.

Os pongo el principio del primer relato llamado La linea de la vida, en donde un cientifico a inventado una notable maquina…

La linea de la vida

El presidente golpeó fuertemente la mesa llamando al orden. Gradualmente, los
silbidos y abucheos fueron cesando, mientras varios oficiales de orden espontáneos
persuadían a algunos acalorados individuos de que se sentaran de nuevo. El orador en la
tribuna al lado del presidente parecía no darse cuenta del tumulto. Su fofo y algo insolente
rostro estaba impasible. El presidente se giró hacia él y le dirigió la palabra, con una voz
en la cual no se disimulaban la ira y el disgusto.
- Doctor Pinero – recalcó ligeramente la palabra «doctor» -, debo disculparme por el
inesperado alboroto producido por sus observaciones. Estoy sorprendido de que mis
colegas hayan olvidado la dignidad propia de los hombres de ciencia hasta el punto de
interrumpir a un orador, a pesar – hizo una pausa y apretó fuertemente la boca – a pesar
de lo grande que haya sido la provocación. – Pinero se rió en su cara, una sonrisa que era
en cierto modo un abierto insulto. El presidente controló con visible esfuerzo su
indignación y prosiguió -: Estoy ansioso de que el programa finalice honestamente y en
orden. Deseo que termine usted sus observaciones. Sin embargo, debo pedirle que
intente no insultar nuestras inteligencias con ideas que cualquier hombre educado sabe
que son erróneas. Por favor, limítese a hablarnos de su descubrimiento… si es que ha
descubierto usted algo.
Pinero extendió sus gordezuelas y blancas manos, con las palmas hacia abajo.
- ¿Cómo puedo poner una idea nueva en las cabezas de ustedes, si primero no quito
de ahí sus falsos conceptos?
La audiencia se agitó y murmuró. Alguien gritó desde el fondo de la sala:
- ¡Echen de ahí a ese charlatán! ¡Ya hemos oído bastante!
El presidente levantó su maza.
- ¡Señores! ¡Por favor! – Y luego, dirigiéndose a Pinero -: ¿Debo recordarle que no es
usted miembro de esta corporación, y que nosotros no le invitamos?
Pinero frunció las cejas.
- ¿De veras? Creo recordar una invitación con el membrete de la Academia.
El presidente se mordió el labio inferior antes de responder.
- Cierto. Yo mismo escribí esa invitación. Pero fue a petición de uno de los miembros
del directorio… un caballero muy educado y sociable, pero no un científico, no un miembro
de la Academia.
Pinero exhibió su irritante sonrisa.
- ¿De veras? Debería haberlo supuesto. ¿Acaso fue el viejo Bidwell, el de la Unión de
Seguros de Vida? ¿Tal vez esperaba que sus adiestradas focas demostraran que soy un
fraude? Porque si yo puedo decirle a un hombre la fecha de su muerte, nadie va a
comprar sus preciosas pólizas de seguro de vida. ¿Pero cómo pueden demostrar que soy
un fraude, si primero no me escuchan? ¿Aun suponiendo que tengan la suficiente
inteligencia como para comprenderme? ¡Bah! Han enviado chacales para vencer a un
león. – Les volvió deliberadamente la espalda. Los murmullos de la concurrencia crecieron
y adquirieron un tono amenazador. El presidente gritó en vano pidiendo orden. Alguien de
la primera fila se levantó.
- ¡Señor presidente!
El presidente aprovechó la circunstancia y gritó:
- ¡Señores! El doctor Van Rheinsmitt tiene la palabra. – La agitación cedió.
El doctor carraspeó, se apartó un mechón de su hermoso pelo blanco y se metió una
mano en el bolsillo de sus elegantes pantalones hechos a la medida. Asumió los modales
de su club femenino.
- Señor presidente, compañeros miembros de la Academia de Ciencias, seamos
tolerantes. Incluso un asesino tiene derecho a hablar antes de que la justicia le exija su tributo. ¿Vamos a ser nosotros menos? ¿Aunque todos estemos intelectualmente seguros
del veredicto? Me gustaría garantizarle al doctor Pinero las mismas consideraciones que
habitualmente dispensamos en esta augusta corporación a cualquier colega no afiliado a
ella, incluso en el caso – hizo una ligera inclinación en dirección a Pinero – de que no nos
sea familiar la universidad donde obtuvo su graduación. Si lo que tiene que decirnos es
falso, no va a perjudicarnos. Y si lo que tiene que decir es cierto, deberíamos conocerlo. -
Su suave y cultivada voz fluía suavemente, tranquila y apaciguadora -. Si los modales del
eminente doctor nos parecen algo rústicos a nuestros paladares, debemos tener en
cuenta que el doctor tal vez proceda de un lugar, o de un estado social, no tan meticuloso
en estos detalles. Nuestro buen amigo y benefactor nos ha pedido que escuchemos a
esta persona y que sopesemos cuidadosamente los méritos de sus afirmaciones. Les pido
que lo hagamos con dignidad y decoro.
Se sentó entre un estruendo de aplausos, consciente de que había reforzado su
reputación de líder intelectual. Al día siguiente los periódicos mencionarían de nuevo el
buen sentido y la persuasiva personalidad del «Presidente de Universidad Más Apuesto
de América». ¿Quién sabe? Quizá el viejo Bidwell terminara concediendo aquella
donación para la piscina.
Cuando cesaron los aplausos, el presidente se giró hacia el lugar donde estaba
sentado el foco de la perturbación, con las manos cruzadas sobre su pequeña y oronda
barriga y el rostro sereno.
- ¿Desea continuar, doctor Pinero?
- ¿Por qué debería hacerlo?
El presidente se alzó de hombros.
- Vino aquí para esto.
Pinero se levantó.
- Exacto. Exactísimo. Pero, ¿fui inteligente al venir? ¿Hay aquí alguien que tenga una
mente abierta, que pueda enfrentarse cara a cara con un hecho desnudo sin enrojecer?
Creo que no. Incluso ese apuesto caballero que acaba de pedirles que me escuchen ya
me ha juzgado y condenado. Él busca el orden, no la verdad. Supongamos que la verdad
desafía al orden; ¿la aceptará? ¿Lo harán ustedes? Creo que no. Pero por otro lado, si no
hablo, ustedes obtendrán su victoria por omisión. El hombrecillo de la calle pensará que
ustedes, hombrecillos, me han desenmascarado a mí, a Pinero, como a un embaucador,
un farsante. Esto no va con mis planes. Así que hablaré.
«Repetiré mi descubrimiento. En lenguaje sencillo, he inventado una técnica para
predecir cuan larga será la vida de un hombre. Puedo anunciarles por anticipado la
llegada del Ángel de la Muerte. Puedo decirles cuándo el Camello Negro se arrodillará
ante su puerta. En cinco minutos, con mi aparato, puedo decirles a cada uno de ustedes
cuántos granos de arena quedan aún en su reloj. – Hizo una pausa y cruzó los brazos
sobre su pecho. Por un momento nadie habló. La audiencia empezó a inquietarse.
Finalmente, el presidente intervino.
- ¿Ha terminado, doctor Pinero?
- ¿Qué más puedo decir aquí?
- No nos ha dicho cómo funciona su descubrimiento.
Pinero alzó las cejas.
- Está sugiriendo usted que exponga aquí los frutos de mi trabajo para que los niños
jueguen con ellos. Es un conocimiento muy peligroso, amigo mío. Lo reservo para el
hombre que sepa entenderlo, es decir, yo mismo – se golpeó el pecho.
- ¿Cómo podemos saber que hay realmente algo detrás de sus infundadas
afirmaciones?
- Muy sencillo. Envíen a una comisión para observar mis demostraciones. Si funcionan,
excelente. Ustedes las admiten y se lo comunican al mundo. Si no funcionan, yo quedo desacreditado y pido disculpas. También yo, Pinero, soy capaz de pedir disculpas.
Un hombre delgado y cargado de espaldas se levantó en el fondo de la sala. El
presidente lo reconoció y le dio la palabra:
- Señor presidente, ¿cómo puede el eminente doctor proponer seriamente una tal
prueba? ¿Acaso espera que aguardemos algo así como unos veinte o treinta años hasta
que muera alguien y pruebe sus afirmaciones?
Pinero ignoró la presidencia y respondió directamente:
- ¡Puf! ¡Qué estupidez! ¿Es usted tan ignorante de las estadísticas que no sabe que en
un grupo lo suficientemente numeroso hay al menos alguien que va a morir en un futuro
muy inmediato? Le hago una proposición; déjeme probar con cada uno de ustedes, los
que están reunidos en esta sala, y nombraré al hombre que morirá antes de quince días,
sí, y el día y la hora de su muerte. – Miró desafiante a toda la sala -. ¿Aceptan?
Otra persona se puso en pie, un hombre corpulento que hablaba midiendo las sílabas.
- Yo, por mi parte, no puedo apoyar tal experimento. Como médico, he observado con
dolor los claros indicios de profundos desarreglos cardíacos en algunos de nuestros
colegas más ancianos. Si el doctor Pinero conoce esos síntomas, como es probable, y
selecciona como víctima a uno de ellos, el hombre seleccionado tendrá muchas
posibilidades de fallecer en el plazo previsto, tanto si el maravilloso aparato de nuestro
distinguido orador funciona como si no.
Otro asistente se puso inmediatamente de su lado.
- El doctor Shepard tiene razón. ¿Por qué tenemos que perder tiempo con trucos de
vudú? Creo que esa persona que se llama a sí mismo doctor Pinero desea utilizar esta
corporación para dar autoridad a sus afirmaciones. Si participamos en esta farsa,
seguiremos su juego. Ignoro en qué consiste su fraude, pero puedo suponer que ha
ideado alguna forma de utilizarnos como propaganda para sus planes. Señor presidente,
ruego que procedamos de la forma acostumbrada.
La moción fue aceptada por aclamación, pero Pinero no se sentó. Entre gritos de
«¡Orden! ¡Orden!», agitó su descuidada cabeza hacia ellos y dijo:
- ¡Bárbaros! ¡Imbéciles! ¡Estúpidos bobalicones! Vosotros sois quienes habéis
bloqueado el reconocimiento de todos los grandes descubrimientos desde el principio de
los tiempos. Una gentuza ignorante como vosotros haría removerse a Galileo en su
tumba. Ese estúpido gordo de ahí abajo que se está hurgando los dientes se llama a sí
mismo médico. ¡Curandero sería un término más adecuado! Ese personajillo calvo que
está ahí… ¡sí, usted! Se considera un filósofo, y cacarea acerca de la vida y del tiempo sin
ton ni son. ¿Qué sabe usted de ambos? ¿Cómo podrá nunca aprender si se niega a
examinar la verdad cuando le es presentada en bandeja? ¡Bah! – escupió al estrado -.
Llaman a esto una Academia de Ciencias. Yo le llamo una convención de sepultureros,
interesados tan sólo en embalsamar las ideas de sus valientes predecesores.
Hizo una pausa para tomar aliento, y fue agarrado por ambos lados por dos miembros
de la presidencia y echado fuera del estrado. Varios periodistas se pusieron
apresuradamente en pie de sus lugares en la mesa de la prensa y fueron a su encuentro.
El presidente decretó un aplazamiento.

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The Strange High House in the Mist

Publicado por Jordi Guzman en 3 marzo 2009


Los de 40fakes han hecho esta pequeña pieza para el concurso de Teaserland. No han sido seleccionados, pero eso no es óbice para que podamos disfrutar de ella. Esta basada en un relato corto de H. P. Lovecraft del mismo nombre.

Dirección: Ana Puerto
Guión: Esther Puerto
Dirección de Animación: Albert Marcet
Producción: Sergi Giraldo, Albert Marcet
Diseño: Oriol Nicolás
Voz: Dario Rumbo
Sonido: Andreu Pifarré

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Julio Cortázar, 25 aniversario de su muerte

Publicado por Jordi Guzman en 23 febrero 2009


Julio Cortazar (1914-1984)

Julio Cortázar (1914-1984)

El pasado 12 de febrero se cumplieron 25 años de la desaparición del escritor argentino  Julio Cortázar. En la Wiki le hacen una definición que no se puede mejorar:

Se le considera uno de los autores más innovadores y originales de su tiempo, maestro del relato corto, la prosa poética y la narración breve en general, comparable a Jorge Luis Borges, Antón Chéjov o Edgar Allan Poe, y creador de importantes novelas que inauguraron una nueva forma de hacer literatura en Latinoamérica, rompiendo los moldes clásicos mediante narraciones que escapan de la linealidad temporal y donde los personajes adquieren una autonomía y una profundidad psicológica pocas veces vista hasta entonces.

Quien haya leído su obra más conocida y fundamental como es Rayuela (1963) sin duda estará de acuerdo con la anterior definición, Rayuela es un libro dificil de leer y a la vez con una interactividad absolutamente novedosa pues el autor nos propone leer la novela de dos, o de tres, maneras distintas: leerla de manera tradicional, es decir, desde el primer capitulo hasta el ultimo, leerla según una guía que el autor nos propone o, por ultimo, leyendo los capítulos de forma desordenada. Como es fácil de suponer, una novela que se presta a esta lectura ambivalente no es de fácil lectura.

Como muestra de su prosa elegante y finamente irónica os muestro el relato mínimo Instrucciones para subir una escalera incluida en Historias de cronocopios y famas.

Instrucciones para subir una escalera

Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se situó un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.
Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).
Llegando en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.

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Hernán Casciari – La madre de todas las desgracias

Publicado por Jordi Guzman en 20 junio 2008


Gracias a uno de los análisis que se hizo en Cyberwarrior me enteré de la existencia de Orsai, un blog literario cuyo autor es Hernán Casciari. De él he escogido este relato.

La madre de todas las desgracias
por Hernán Casciari

I.
Los que vivimos tan lejos, con un Atlántico en el medio, tenemos un tema tabú. Sabemos (nos aterra saberlo) que alguna vez tendremos que sacar un pasaje urgente, viajar doce horas en avión con los ojos desencajados, para asistir al entierro de uno de nuestros padres, que ha muerto sin nuestra cercanía. Es un asunto horrible que ocurre tarde o temprano, por ley natural. No es una posibilidad, es una verdad trágica que nos acecha cada vez que suena el teléfono de madrugada. Pues bien. Mi teléfono ha sonado.
—Tenés que venir —dijo mi madre, con la voz apagada de dolor, el jueves por la madrugada.
—¿Qué pasa?
—Papá se muere…
—¿Estás segura? —pregunté sin necesidad.
—Te estoy diciendo que se muere —se ofendió—. Él todavía no sabe.
—No le digas —aconsejé—, no hagas como siempre.
—No sé qué hacer, Hernán —me dijo llorando—, tenés que venir.
—¿Pudiste ver cómo se muere, cuándo?
—Accidente de tráfico, mañana viernes —me dijo con precisión milimétrica, y repitió— Tenés que venir.
Corté la comunicación con un nudo en la garganta.
II.
Lo más complicado fue explicarle a Cristina que realmente teníamos que viajar a Buenos Aires. Yo le había hablado muchas veces sobre los presagios de Chichita, pero sin énfasis. Durante estos siete años en España le conté anécdotas de mi infancia y juventud en donde mi mamá tenía clarividencias exactas y presentimientos puntuales, pero siempre lo hice restándole importancia, nunca dije toda la verdad.
Y lo cierto es que la verdad me avergüenza. Quien no ha nacido en una familia signada por las premoniciones no sabe, no puede saber cuánto sufre el hijo de una madre psíquica. Desde chico conviví con lo esotérico, sin desearlo en absoluto. Así como otros niños asumen que han nacido en una familia de carpinteros, o de intelectuales, o incluso de ciegos, yo asumí muy temprano que mi madre podía anticipar el destino. Nunca me pareció nada del otro mundo.
Al contrario. Cuando empecé a visitar a mis amiguitos, a entrar en otras casas y conocer a otras madres, me llamó siempre la atención que las demás señoras no tuviesen ni una pizca de percepción extrasensorial. Las madres ajenas esperaban ansiosas el boletín de calificaciones de sus hijos. En casa no.
Una vez, a los once años, me desperté contento para ir al colegio. Cuando estaba saliendo de mi habitación apareció Chichita, de la nada, y me reventó la cabeza de un sopapo.
—¡Tres semanas sin televisión! —me dijo enojadísima— Y a ver si estudiás un poco, sinvergüenza. ¡Caradura!
Dos días más tarde, en la escuela, me entregaron el boletín, lleno de malas notas. Cuando se lo di lo firmó sin mirarlo, no le hizo falta.
Y así siempre. Toda la vida. Una vez, con mis ahorros, me compré un cachorro de foxterrier, precioso, juguetón, y cuando llegué a casa encontré a Chichita haciendo un pozo en el patio:
—Le va a agarrar moquillo —me dijo triste—. Se te muere el dos de mayo. Ponele nombre rápido así le mando hacer una lápida.
A Roberto y a mí nos arruinó, sin querer, todos los mundiales de fútbol. En 1986, casi un mes antes de que empezara el de México, Chichita salió a la plaza San Martín, con banderas y trompetas. En el ‘90 en cambio empezó a despotricar contra los alemanes desde abril. Y cuatro años más tarde, la tarde del partido inaugural, directamente nos dijo:
—Maradona se papea.
Por su culpa no podíamos enterarnos de nada a tiempo. Siempre supimos las cosas antes que nadie.
Pero lo peor de todo eran sus premoniciones personales. Las madres corrientes siempre están en contra de las novias de sus hijos, es verdad. Pero como mucho dicen ‘esa chica no me gusta’, o ‘es muy grande para vos’, nunca pasan de ahí. Cuando yo le presentaba una novia a Chichita, ella iba mucho más lejos:
—Cuidado con esa tal Claudia —me dijo una vez de una rubia de la que yo estaba enamorado sin remedio—, tiene cara de mosquita muerta pero en dos años va a asfixiar a su hermano en un piletón.
Mi juventud fue un infierno. Supe de muertes, de desgracias, de felicidades y de premios literarios mucho antes de que ocurrieran. A los quince años ya conocía que me iba a tocar Aeronáutica en Córdoba. A los diecisiete mi madre me arrastró de los pelos a rehabilitación, justo seis meses antes de que yo empezara a coquetear con la marihuana.
Una tarde del año 2000 ya no soporté más y decidí dejar Argentina para siempre. Soñaba con tener una vida normal, sin adelantamientos trágicos. Quería una historia de amor con final incierto, una mascota con la que poder encariñarme a ciegas, un Mundial de fútbol con semifinales inesperadas. No sabía aún dónde ir, pero quería estar fuera del alcance de los vaticinios de mi madre.
Llegué a casa convencido de que había que tomar un nuevo rumbo. Ya pensaría cuál. Cuando entré a mi habitación la encontré a Chichita, llorosa, metiendo mi ropa en una valija.
—Te conviene Barcelona —me dijo—, ahí vas a tener una familia hermosa.
No quiero decir que me vine a España sólo por eso. Hubo muchos otros factores. Pero también es verdad que aquí, a doce mil kilómetros, lejos de sus vaticinios, he vivido cada instante con más tranquilidad.
El día que vi, en directo, cómo caían las Torres Gemelas, sin que nadie me lo hubiera dicho antes, lloré de felicidad. ¡Qué alegría más grande fue para mí padecer, por primera vez, una tragedia al mismo tiempo que el resto del mundo!
III.
Mea culpa, ya lo sé. Yo nunca le había hablado con franqueza a Cristina sobre los poderes de mi madre. Las visiones de Chichita eran mucho más que esas anécdotas edulcoradas que yo solté, tres o cuatro veces, al principio de mi relación. Pero yo no quería que mi mujer me creyese loco, ni mentiroso ni, lo que es peor, demasiado latinoamericano.
Mi esposa es europea, y a todas las cosas raras que yo le cuento sobre mi juventud en Argentina las resuelve de dos maneras: o me dice ‘eres un mentiroso’, o me dice ‘eso es realismo mágico’. Odio ese prejuicio. ¿Por qué si un asiático levita es yoga, pero si levita un colombiano es un cuento de García Márquez? ¿Por qué si un hindú prescinde de los ahorros de toda su vida es ascetismo, y si lo hace un argentino es corralito? Hay mucho racismo intelectual en Europa.
Una vez le conté a mi mujer que al Director de Cultura de Mercedes lo habían destituido del cargo por robarse un pan de manteca de un Minimercado. No me creyó ni siquiera cuando le mostré el recorte del diario local.
—Tú y tus anécdotas mejoradas me tenéis harta —me dijo.
¿Cómo podía confesarle, entonces, que Chichita podía ver el futuro con una claridad demoledora? ¿Cómo explicarle que su propia suegra era una bruja, pero no en el sentido doméstico de la palabra? ¿Cuál es el modo correcto de darle semejante noticia a un europeo de clase media?
Pero algo tenía que hacer. El reloj corría en mi contra y yo quería estar allí para el entierro, al menos. Iba a morir mi padre el viernes, en accidente de tránsito. Teníamos que viajar. Sí o sí. Y yo debía darle a mi mujer una razón lógica, primermundista, para volar con tanta urgencia a la otra punta del mundo.
Mis propias omisiones, mis vergüenzas, me habían acorralado.
IV.
Le di muchas vueltas al asunto, pero al final no tuve el valor de ser sincero del todo. Tampoco era conveniente mentir demasiado. Decidí ofrecerle a Cristina una mentira escondida entre dos verdades. Es una técnica a la que también llamo sánguche piadoso.
—¿Qué pasa? —me preguntó sobresaltada cuando colgué con mi madre— ¿Quién ha llamado a estas horas? ¿Por qué tienes esa cara?
—Era Chichita —verdad de arriba—. Dice que mi papá está muy enfermo —mentira del medio—, tenemos que salir para Buenos Aires —verdad de abajo.
Ese mismo jueves, por la noche, conseguimos dos pasajes para el viernes temprano. No pudimos salir antes: había que dejar a Nina con mis suegros, encontrar billetes a precios razonables, hacer maletas, adelantar trabajo, etcétera. Hice lo que pude, pero me fue imposible salir más temprano. Llegaríamos a Ezeiza el viernes a las nueve de la noche. Allí nos esperaría un taxi para llevarnos a Mercedes. Ciento ochenta kilómetros más (unas dos horas) y estaríamos por fin en mi casa paterna.
V.
Durante el vuelo le dije a Cristina toda la verdad. El sánguche piadoso tenía como objetivo que se subiera al avión, era solamente un engaño puntual. A nueve mil pies de altura ya no era necesaria la mentira. ¿A dónde iba a ir la pobre? ¿Qué podía pasar si le decía la verdad?
Ocurrió lo peor; Cristina tuvo un ataque de nervios.
—¡Tres mil cuatrocientos euros más tasas! —gritaba en plena noche, con el avión a oscuras— ¿Cómo es posible que estemos tirando ese dinero sólo porque tu madre está loca?
—No está loca, Cris —intentaba calmarla yo—. Solamente es una madre especial. Nunca ha fallado un vaticinio, jamás en la reputísima vida.
—¡Nos estamos gastando los ahorros! —aullaba ella, enloquecida, mientras los pasajeros pedían silencio o se asustaban— ¿Cómo puedes creer en esas cosas?
—Creo en lo que veo, Cristina. No me importa si es sobrenatural. Yo soy incapaz de creer que un aparato de estos pueda volar con doscientas personas adentro, y sin embargo me subo.
—¡No es lo mismo!
—Sí es lo mismo. Mi mamá ve para adelante, no falla nunca. He visto caerse aviones, pero mi vieja no falló jamás.
Mi mujer me miraba con odio, como siempre que le gano las discusiones.
—Sólo te digo una cosa —me susurró, apuntándome con un dedo—: si tu padre no se muere, olvídate de mí. Y de la niña. Más te vale que tu padre se muera hoy.
Dos azafatas intercambiaron miradas. Yo las vi.
VI.
En Ezeiza no nos dirigíamos la palabra. Estuvimos media hora como dos imbéciles viendo desfilar maletas en una cinta, cruzados de brazos, en medio de un silencio espantoso.
A las 22:04 subimos al taxi que nos llevaba a Mercedes. Le dije al conductor que hiciera lo posible por llegar antes de las doce de la noche. Fue un viaje trabado, denso, en el que no pude disfrutar de un paisaje que hacía cuatro años que no contemplaba. La llanura… Hacía tanto que no veía el horizonte real, las vacas sonsas.
Cuando pasamos Flandria tuve ganas de empezar a llorar. Eran las doce menos cuarto y yo estaba volviendo a Mercedes para enterrar a mi padre. Uno deja de ser un chico cuando muere el padre, pensé. No antes. Tuve ganas de que Cristina me abrazara, pero ella seguía con cara de culo, mirando para otro lado.
—Entre por la Cuarenta, por aquella rotonda —le dije al taxista, que era porteño.
Entonces apareció mi barrio, las casas de mis amigos, los kioscos cerrados, las motitos con chicos nuevos encima. La penumbra de siempre, los mismos baches. El taxista seguía mis indicaciones, porque no conocía Mercedes. Le dije que pasara de largo por la avenida Veintinueve y que siguiera hasta la Treinticinco, y después a la izquierda.
El choque fue justo ahí, en la esquina de la Treinticinco y la Cuarenta. Mi papá venía a pie desde la casa de un cliente. El taxista se había volteado para preguntarme la altura de la calle y no lo vio cruzar. Lo agarramos de lleno, a la altura de la cadera.

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STAR – La contracultura de los 70

Publicado por Jordi Guzman en 30 enero 2008


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Recuerdo la revista STAR como una cosa nueva, burbujeante, prohibida (la retiraron más de una vez, que yo recuerde) en donde se hablaba por primera vez en cuarenta años de sexo, música, cómics, literatura marginal… Todo era nuevo y excitante, allí leí por primera vez  los cómics de los  Freak Brothers o a Robert Crumb, a Druillet y a Crepax. He de aclarar que pille la ultima época de la revista, hacia el 1978 hasta que se acabó, en 1980, junto con Sal Común, Vibraciones y Popular 1 eran nuestras revistas de cabecera.

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El último número de STAR, 1980.

Por primera vez en STAR leí criticas de discos y conciertos a cargo de gente que nos acompaño durante años: Diego A. Manrique, Ignacio Juliá, Oriol Llopis, Jaime Gonzalo, Ramón de España y muchos más que me dejo. Los primeros trabajos de Ouka Lele, Ceeseepe, El Hortelano, Flowers…Había reportajes sobre drogas, cine, literatura, todo de una forma absolutamente novedosa por entonces y con una estética buscadamente desangelada, punk, barata…una delicia, vaya.

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Pero en donde realmente alucine fue con los STAR Books: Jack Kerouak y su En el camino, William Burroughs con Jamón de Kentucky, Jim Carroll con Basketball Diary (años después Leonardo Di Caprio protagonizo una película llamada en España Diario de un rebelde, basado en el libro), Michael Moorcock, Hunter S. Thompson y su Miedo y asco en Las Vegas. En fin, fue la lectura de un tipo de libros que te sacudían, y más cuando tienes dieciséis o diecisiete años.

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Ahora su editor y alma mater, Juan José Fernadez, ha querido recordar estos 27 años sin la revista publicado un magnifico libro, editado por Glenat, llamado STAR La contracultura de los 70. El libro contiene todas las portadas y contraportadas de los números que salieron a la venta (57), de los números especiales, reportajes de la época,  de los STAR Books y recuerdos en forma de pequeño articulo por los colaboradores habituales. Un ejercicio de memoria y de, por que no, nostalgia de unos tiempos que, como dice uno de ellos, fueron irrepetibles, ni mejores, ni peores que los de ahora.

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El conde Sisebuto

Publicado por Jordi Guzman en 25 enero 2008


Esta es un monologo humorístico que mi padre me recitaba cuando era un crío con gran placer por mi parte. Su autor es Joaquin Abati Diaz (1865-1936) conocido escritor y libretista de zarzuelas.

A cuatro leguas de Pinto
y a treinta de Marmolejo,
existe un castillo viejo
que edificó Chindasvinto.

Perteneció a un gran señor
algo feudal y algo bruto;
se llamaba Sisebuto,
y su esposa, Leonor,

y Cunegunda, su hermana,
y su madre, Berenguela,
y una prima de su abuela
atendía por Mariana.

Y su cuñado, Vitelio,
y Cleopatra, su tía,
y su nieta, Rosalía,
y el hijo mayor, Rogelio.

Era una noche de invierno,
noche cruda y tenebrosa,
noche sombría, espantosa,
noche atroz, noche de infierno,

noche fría, noche helada,
noche triste, noche oscura,
noche llena de amargura,
noche infausta, noche airada.

En un gótico salón
dormitaba Sisebuto,
y un lebrel seco y enjuto
roncaba en el portalón.

Con quejido lastimero
el viento fuera silbaba,
e imponente se escuchaba
el ruido del aguacero.

Cabalgando en un corcel
de color verde botella,
raudo como una centella
llega al castillo un doncel.

Empapada trae la ropa
por efecto de las aguas,
¡como no lleva paraguas
viene el pobre hecho una sopa!

Salta el foso, llega al muro,
la poterna está cerrada.
-¡Me ha dado mico mi amada!
-exclama-. ¡Vaya un apuro!

De pronto, algo que resbala
siente sobre su cabeza,
extiende el brazo, y tropieza
¡con la cuerda de una escala!

-¡Ah!… -dice con fiero acento.
-¡Ah!.. -vuelve a decir gozoso.
-¡Ah!.. -repite venturoso.
-¡Ah!.. -otra vez, y así, hasta ciento.

Trepa que trepa que trepa,
sube que sube que sube,
en brazos cae de un querube,
la hija del conde, la Pepa.

En lujoso camarín
introduce a su adorado,
y al notar que está mojado
le seca bien con serrín.

-Lisardo … mi bien, mi anhelo,
único ser que yo adoro,
el de los cabellos de oro,
el de la nariz de cielo,

¿qué sientes, di, dueño mío?,
¿no sientes nada a mi lado?,
¿que sientes, Lisardo amado?
Y él responde: -Siento frío.

-¿Frío has dicho? Eso me espanta.
¿Frío has dicho? eso me inquieta.
No llevarás camiseta
¿verdad?… pues toma esa manta.

-Ahora hablemos del cariño
que nuestras almas disloca.
Yo te amo como una loca.
-Yo te adoro como un niño.

-Mi pasión raya en locura,
si no me quieres, me mato.
-La mía es un arrebato,
si me olvidas, me hago cura.

-¿Cura tú? ¡Por Dios bendito!
No repitas esas frases,
¡en jamás de los jamases!
¡Pues estaría bonito!

Hija soy de Sisebuto
desde mi más tierna infancia,
y aunque es mucha mi arrogancia,
y aunque es un padre muy bruto,

y aunque temo sus furores,
y aunque sé a lo que me expongo,
huyamos… vamos al Congo
a ocultar nuestros amores.

-Bien dicho, bien has hablado,
huyamos aunque se enojen,
y si algún día nos cojen,
¡que nos quiten lo bailado!

En esto, un ronco ladrido
retumba potente y fiero.
-¿Oyes? -dice el caballero-,
es el perro que me ha olido.

Se abre una puerta excusada
y, cual terrible huracán,
entra un hombre…, luego un can…,
luego nadie…, luego nada…

-¡Hija infame! -ruge el conde.
¿Qué haces con este señor?
¿Dónde has dejado mi honor?
¿Dónde?, ¿dónde?, ¿dónde?. ¿dónde?

Y tú, cobarde villano,
antipático, repara
cómo señalo tu cara
con los dedos de mi mano.

Después, sacando un puñal,
de un solo golpe certero
le enterró el cortante acero
junto a la espina dorsal.

El joven, naturalmente,
se murió como un conejo.
Ella frunció el entrecejo
y enloqueció de repente.

También quedó el conde loco
de resultas del espanto,
y el perro… no llegó a tanto,
pero le faltó muy poco.

Desde aquel día de horror
nada se volvió a saber
del conde, de su mujer,
la llamada Leonor,

de Cunegunda su hermana,
de su madre Berenguela,
de la prima de su abuela
que atendía por Mariana,

de su cuñado Vitelio,
de Cleopatra su tía,
de su nieta Rosalía
ni de su chico Rogelio.

Y aquí acaba la leyenda
verídica, interesante,
romántica, fulminante,
estremecedora, horrenda,

que de aquel castillo viejo
entenebrece el recinto,
a cuatro leguas de Pinto
y a treinta de Marmolejo

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Ron Turner – Ilustraciones

Publicado por Jordi Guzman en 10 octubre 2007


Este ilustrador y portadista británico (1922-1998) realizo un enorme trabajo en las revistas pulp y otras desde los años cuarenta hasta los noventa del siglo pasado. Aquí os presento una pequeña muestra pero en este enlace de Flickr hay cantidad.

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Vía Astrona 

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El discurso de Quim Monzó en Fráncfort

Publicado por Jordi Guzman en 10 octubre 2007


Solo un apunte: para los que me leen y son catalohablantes he colocado en el Box de archivos compartidos de mas abajo el discurso completo de Quim Monzó para la apertura de la Feria del libro de Fráncfort dedicada a la cultura catalana. No tiene desperdicio.

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Cuento hindú

Publicado por Jordi Guzman en 2 octubre 2007


Un vendedor de sombreros, al despertarse tras echar una cabezada a la sombra de un árbol, se encontró con que unos monos habían cogido todos sus sombreros. Enrabietado, se quitó el sombrero que llevaba puesto y lo tiró al suelo. Los monos, que tanta tendencia tienen a la imitación, también arrojaron al suelo los suyos, que el vendedor se apresuró a recoger.

Medio siglo después, su nieto, también vendedor de sombreros, coloco su mercancía debajo del mismo árbol y se echo una siestecita. Al despertarse, vio con desesperación que los monos se habían llevado todos sus sombreros a la copa del árbol. Se acordó entonces de la historia de su abuelo y tiró con fuerza su sombrero al suelo. Pero, misteriosamente, ninguno de los monos arrojó al suelo sombrero alguno. Lo que sí ocurrió es que uno de los monos bajo del árbol, recogió el sombrero tirado en el suelo, se acerco hasta el vendedor, le dio una palmadita en la espalda y le dijo: “¿Creías que los demás no hemos tenido abuelo?”

 

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Mundodisco de Terry Pratchett: una guia de lectura

Publicado por Jordi Guzman en 30 septiembre 2007


A quien no haya leído ningún libro de Pratchett solo recomendarle que lo haga y, si lo hace, puede utilizar esta guía cronológica de todas las novelas y relatos referentes a la serie Mundodisco. Para quien ya lo conozca es una manera de situar sus relatos en el tiempo y llenar los agujeros. No estoy del todo seguro pero creo que las que se ven en ingles es que no están publicadas en España. Clic en la imagen para ampliar.

orden-de-lectura-mundodisco-copia.jpg

Vía Boing Boing

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El ajuar de la Condesa Möller

Publicado por Jordi Guzman en 4 marzo 2007


El ajuar de la condesa Mölller es una de las más deseadas y famosas partidas de arte desaparecidas o robadas (nadie lo sabe con certeza) en toda la historia.
Maria Lenia Glunk und Taxis, nombre de soltera, era hija de un rico empresario alemán, Joseff Glunk y de la única hija viva, Constanza, del heredero absoluto de la fortuna de los Taxis.

Al duque Willhem von Taxis Duque de Söllsborg y un sin fin de títulos mas, empresario siderúrgico, de transporte de mercancías y de correo, hombre culto y padre de Constanza, le intereso la fortuna de su futuro yerno Joseph Glunk para asentar adecuadamente su propósito pero su intención, sabida por todos, era hacer heredero del nieto que esperaba de le diese Constanza con impaciencia. Su temperamento y educación prusianos le impedían concebir que pudiese repetirse la catástrofe de su matrimonio: una descendencia única y femenina.
La familia Taxis era una vieja familia de mercaderes y transportistas que ya en el siglo XVI, se dieron cuenta de la importancia de transportar personas, mercancías y correo con rapidez y seguridad. La palabra moderna ” taxi” proviene del apellido de la familia.

Hay que decir en defensa del duque que en aquella época, 1890, pocas mujeres estaban capacitadas para llevar y, sobretodo tratar, contactos personales con otros hombres; la razón es simple: habia una misoginia galopante que impedía contactos de igual a igual con una mujer. Era como un dogma, a las mujeres sé las tenia en muy baja estima y pocas eran las que podían sobresalir en esta diabólica e improductiva censura masculina. Hubo excepciones, claro esta, pero por lo general las mujeres estaban excluidas de casi todo lo que no fuera tener hijos, cuidar la casa y, si no eran ricas, además trabajar. Es evidente que mutilando a la mitad de la población humana de pensamiento intelectual se produce un fallo evolutivo de consideración del cual hoy, aun estamos sufriendo las consecuencias. Pero el duque, fustigado por su destino, no tuvo mas que una nieta llamada Maria Lenia, “Mi Lenina “la llamaba él. Su hija Constanza murió en el parto sellando la suerte del duque con su descendencia.

Pero fue como una segunda juventud para el viejo duque que, casi secuestrándola de su padre, la toma a su cargo, mostrando la niña una gran inteligencia y precocidad, decide que la educará como a un varón y hará de ella su heredera. Era una decisión muy difícil en esa época y hay que aplaudirlo por ello. Maria, pues, tuvo una educación completa, licenciándose, no sin problemas por parte del estabishment masculino, en lo que hoy llamaríamos administración de empresas e historia del arte.

Ocurrió que Maria conoció al conde Thomas von Mölller, se enamoro y hubo pedida de mano tradicional y, con gran alegría de su abuelo y de la familia, preparativos de boda. El conde Thomas Mölller era un apacible y culto personaje y, cosa extraña, aprobó sin reservas el futuro como heredera del imperio de su abuelo (mas le valía).

El abuelo Willhem en 1870 habia financiado la expedición de Schliemann que busco ( y encontró) la ubicación de la ciudad de Troya en la actual Turquía. Ahora sabemos que lo que encontró no era mas que la punta de un iceberg arqueológico mucho más complejo de lo que se imaginaba el arqueólogo teutón. Se hicieron amigos y el arqueólogo le enseño en una de las interminables reuniones nocturnas donde leían clásicos, las joyas que habia rapiñado y llevado a su país con total impunidad y con la aquiescencia de las autoridades locales. El duque se entusiasmo con el llamado “Tesoro de Príamo” y guardo daguerrotipos y dibujos que miraba con deleite. Resolvió hacer para la novia un magnifico ajuar de joyas inspirado en los diseños de las joyas encontradas en Troya. Estas (las antiguas) constaban de varios collares de oro formados por multitud de finas tiras doradas, diademas y aros pequeños.

En nuestro mundo hablar, en una competición, del tercer, cuarto o quinto puesto es una tontería; nadie quiere oír hablar de ellos. Como mucho del segundo y, por supuesto, del magnifico primero, no importa que la diferencia sea mínima entre ellos. Esto no es ninguna novedad como podría parecer, de hecho ha sido estudiado y hasta nombrado. Lo llaman “ el problema del Nº 41” aludiendo a las 40 sillas de la Academia Francesa. Destacados personajes como Descartes, Rosseau o Zola quedaron fuera de ella por no haber suficientes sillas. También lo nombran el “efecto sombra”, pues una gran personalidad o meritos de alguien (o algo) puede hacer sombra a contemporáneos, acaso no tan geniales, pero validos e importantes sin duda alguna.

La Gran Bretaña imperial tenia los más grandes diamantes del mundo, los números uno; como el Cunningam o la Estrella del sur, pero el Segundo Reich tenia muchos de los demás. El duque von Taxis engasto en las joyas a dos de los diez más grandes diamantes encontrados nunca. Solo los especialistas saben sus nombres: Groβ weiss y Dreieinigkeit , Gran blanco y Trinidad, respectivamente.
Los dos diamantes se encontraron en África del sudoeste, una colonia alemana a principios del siglo XIX, el primero, Groβ weiss, de 250 quilates de peso antes de talarlo lo encontró un trabajador local, que lo confundió con un trozo de cuarzo, porque no concebía que un diamante pudiese tener tal tamaño, su nombre se debe a la extraordinaria pureza que posee, la cual lo envuelve en un brillo blanco inmaculado. El segundo, Dreieinigkeit, lo encontraron en la misma mina, años después, y debe su nombre a una extraña impureza que, cosa extraña, aun aumento mas su valor, 170 quilates, pues tal como el maestro artesano belga lo pulió en Amberes, esta impureza que consistía en tres círculos casi perfectos, ligeramente azulados, entrelazados de forma parecida a como están en la bandera olímpica, de forma milagrosamente regular, quedaron perfectamente centradas con el volumen del diamante, dándole una belleza y armonía sobrenaturales, de ahí su nombre, Trinidad.

Hizo del regalo de bodas una declaración de amor a su nieta, asegurando su seguridad y prestigio para siempre, o eso creía. La boda se celebra con gran pompa el 17 de Febrero de 1914 en la catedral de Colonia. Mal año. El matrimonio fija su residencia temporalmente en Saarbrücken, en el palacio Mölller, una región, Saar, en interminable disputa entre Francia y el imperio alemán. Estallo la gran guerra y, ya en 1915, a consecuencia de los insistentes ruegos de su familia, resolvió la pareja regresar a Bremen donde el duque Willhem tenia su residencia.
Nada mas se supo de ellos, desapareció la pareja y él magnifico tesoro que llevaban y, aunque la zona estaba en guerra, esta claro que no tuvo que ser fácil para los ladrones hacerse con el botín pues la pareja, evidentemente, no iba sola, una escolta de 10 soldados y 5 caballos en un convoy de 5 coches la protegían. En el caos de la guerra y ocupación posterior no se pudo hacer una investigación oficial a fondo hasta pasados unos años y el duque Willhem von Taxis casi enloqueció.

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Del Libro de la Luz y de la Sombra

Publicado por Jordi Guzman en 18 enero 2007


En el día de la festividad de San Jorge, en 1519, a nueve días de su muerte, Leonardo da Vinci redacto su testamento en presencia de siete testigos, entre ellos estaba Francesco da Melzo, ayudante, pintor, secretario y escriba del anciano pensador y artista. A él se le nombraba, haciéndole heredero entre otros, en estos términos en el documento recién redactado:

«A Messer Francesco da Melzo, caballero milanes, todos y cada uno de los libros que en la actualidad se hallan en poder del testamentario, así como todos los instrumentos y retratos propios del arte y oficio de pintor [...]»

Melzo realizo una labor encomiable una vez muerto su maestro, y en vida también, de catalogo e índice del enorme corpus producido por Leonardo. Pero como es lo normal poco a poco los libros, cuadernos de notas y de laminas en formato atlas se fueron diseminando, primero por Europa y mas tarde por todo el mundo. Por poner un escueto ejemplo, uno de los cuadernos de dibujo, el Códice Leicester, lo posee hoy en día Bill Gates, el fundador y dueño de Microsoft.

Melzo conservo hasta su muerte un libro, hoy llamado Libro W, llamado por el toscano “de la luz y de la sombra”. Este era un tratado escrito con su habitual estilo pragmático y escueto, sin muchas florituras literarias y, aunque formalmente trataba de los efectos ópticos, características y propiedades (entre otras cosas) de la luz y de las sombras que esta proyecta, Melzo vio algo mas, quizás producto de su imaginación, y no quiso desprenderse de el hasta que fue un anciano. El joven discípulo leyó metafóricamente, que es como leían las cosas por entonces los clérigos dedicados a la censura de los tribunales eclesiásticos, y no le convenció la idea de mostrarlo a la luz publica, como hizo con los restantes cuadernos y atlas. Mal leído, pudiera parecer que “la luz” fuese la representación de Dios y “la sombra” lo mismo pero con el Diablo. En algunos pasajes la voz del genio podría parecer ambigua:

“La luz y la sombra luchan por la hegemonía en la tierra desde el principio de los tiempos, el día sigue a la noche, y así sucesivamente, pero ¿acaso no hay en el firmamento mas oscuridad que luz? La luz que nos ilumina en nuestro día oscurece la otra parte del orbe y no llega mas allá de los planetas. Ilumina una naranja con una vela y veras que en el lado opuesto reina la oscuridad. Pero en el firmamento este equilibrio se rompe, solo unos cuantos puntos de luz resplandecen en el negro fondo celestial eterno. La sombra siempre gana.”

O este otro:

“Yo he invocado a la sombra, se como llamarla y se como utilizarla en mi provecho. En la noche pienso y escribo mejor, el día solo sirve para coger apuntes y trabajar en cuestiones manuales. El día es obrero y siervo. La noche es patrón y libertad.”

Sea como fuere, la pista del “libro de la luz y de la sombra” se pierde hasta mediados del siglo XIX, pero con un aura de misterio y maleficio.

El Conde Guglielmo Libri, conocido bibliófilo y matemático adquiere, dicho libro en 1864. Se lo compra a un librero milanes, que ni sabia lo que poseía, por pura suerte. Aun no hacia ni una semana que dicho librero, de nombre Lippi, compro un lote de documentos y libros procedente de una antigua familia local y no tuvo el momento para dedicarlo al examen de lo adquirido, rápido como el rayo, en una fortuita visita al local de Lippi, el Conde hizo una oferta muy alta, desviando su interés del manuscrito, hacia unos incunables alemanes, pero añadiendo estos «manuscritos y cuadernos» en la oferta. El librero cayo en la trampa y Libri, mas tarde, daba saltos de alegría en su habitación del hotel abrazado al gran cuaderno impecablemente conservado, montando acto seguido un extraño artilugio de madera con espejos los cuales le permitirían leer sin dificultad la extraña letra especular del genio.

El aura de malignidad e invocaciones que pesaba sobre el enigmático libro, tendría que haberse acabado allí mismo. El genial tratado de Leonardo era inocuo, científico, un notable intento (como siempre hacia) de comprender como, donde y por que, pasaba lo que veía a su alrededor; desde el viento o la luz, hasta los remolinos de agua o el color. Analizando y conjeturando de una forma compulsiva y veraz, en el fondo, profundamente sincero, modesto (no siempre) y enormemente curioso.

Unos cuantos años antes de Galileo y, por supuesto, sin telescopio, resolvió acertadamente una observación que ya venia detallada por los romanos, quince centurias atrás, esto es, que en ciertos días, cuando la luna estaba en creciente o en leonardo_med3.gifmenguante se podía entrever la silueta, mas pequeña, de la parte oscurecida de nuestro satélite. Todo el mundo alguna vez a alzado la vista hacia la luna y ha visto con sus propios ojos como, efectivamente, una especie de fantasmagórica Selene se medio materializa ante nuestros ojos. Notables astrónomos de la antigüedad, mas tarde los árabes, los chinos, y finalmente los profesores que enseñaron astronomía a Galileo, a Kepler y a Tycho Brahe, no supieron dar con la respuesta correcta. Leonardo da Vinci la encontró y una vez revelada, como todas las adivinanzas y ciertos problemas intrincados, su solución parece obvia. La luz que ilumina tan sutilmente nuestro satélite es la que emite nuestro planeta, la tierra, en los días que desde la luna nos ven como “Tierra nueva” es decir, como un circulo máximo blanco-azulado, donde hipotéticos hombres-lobo lunares se convertirían en su parte lobuna, loups-garou saltando cientos de metros a la caza de victimas.

¿Parece fácil no? Pero no lo crean, hace falta un gran nivel de abstracción para emitir un enunciado como este: «La luz lunar que se aprecia cada cierto tiempo, se debe simplemente a la luz que nuestro planeta refleja, como un espejo, de la luz que recibe del sol.» Punto. Tan simple, que los astrónomos, que no se enteraron hasta unas décadas después, expresaron su sorpresa y su respeto hacia el italiano «genial y un modelo a seguir» como el propio Galileo escribió, aumentando (justamente) hasta limites insospechados el prestigio del científico renacentista.

De esto trataba el libro, cosas útiles o no, profundas como un tajo o simples rozaduras, producto de una elevada mente, culminación genética de nuestra especie. Pero en absoluto era un libro de conjuros dedicado al maligno.

AVISO: Esto es un relato (un extracto), con partes verdaderas y otras no. El descubrimiento por parte de Leonardo de la luz indirecta proyectada por la Tierra y vista en la Luna es la pura verdad. Si Dan Brown puede hacerlo ¿por qué no yo?

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