Muy interesante los que acaba de presentar Google, se trata de una capa nueva en su Google Earth, en ella se puede visualizar más de 6.000 edificios de la Roma imperial, su orografia, y clicando sobre los edificios más importantes encontrar información sobre ellos (en castellano e ingles). El único pero que le pongo es la necesidad de tener un muy buen equipo y conexión para poderlo ver con fluidez y cargarlo más o menos rápido respectivamente. Ha participado en el proyecto Rome Reborn 2.0 junto con Google, en este enlace se puede bajar, una vez instalado y ejecutado el Google Earth hay que activar la capa que está en la sección Galería.
Archivos de la categoría ‘Roma’
La antigua Roma en Google Earth
Publicado por Jordi Guzman en 13 noviembre 2008
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Exposición del emperador Adriano en Londres
Publicado por Jordi Guzman en 20 agosto 2008
Busto de mármol de Adriano vestido con ropas militares. Villa Adriana, hacia 117-118.
Si alguien tiene previsto visitar Londres en estos días, no se puede perder la exposición del British Museum sobre el segundo emperador hispano que rigió los destinos del Imperio Romano en el siglo II de nuestra era, Publio Elio Adriano (Roma, 76-Tívoli, 138). Hizo construir el Panteón, una joya que aún hoy en dia puede admirarse, la muralla que lleva su nombre en la antigua frontera entre Inglaterra y Escocia, ademas de ciudades enteras, calzadas o monumentos. Emperador viajero por excelencia (por necesidades políticas, no por turismo), amante de la buena cocina e incuestionablemente gay. Son 170 piezas traídas de 30 museos que se pueden ver por primera vez juntos: estatuas, camafeos, inscripciones, monedas, armamento, elementos arquitectónicos y pinturas forman parte de la muestra. Imprescindible ver si se está en la capital británica.
Cabeza de bronce de Adriano, encontrado en rio Tamesis, cerca del London Bridge.
Busto de Antinoo.
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Se subasta un dado romano de veinte caras del siglo II
Publicado por Jordi Guzman en 13 junio 2008
La casa Christie’s subasta por nada menos que 18.000 dolares este magnifico dado romano de veinte caras, es de cristal verde de aproximadamente el siglo II, no se conoce exactamente que tipo de juego era que se necesitaba este tipo de dado. Parece que los romanos ya jugaban a rol…En un museo tendría que estar, a ver si alguno se anima a la puja. Clic para ampliar.
Vía Boing Boing
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Roma, guerras civiles y fin de la República
Publicado por Jordi Guzman en 11 abril 2008
Desde los primeros días de la República, la política romana había sido extraordinariamente competitiva, pero no sería hasta el siglo I a. C. cuando las disputas entre senadores desembocarían en guerras civiles. Parece extremadamente dudoso que Escipión Africano soñara siquiera con enfrentarse al régimen que le obligo a una retirada prematura de la vida pública. Si hubiera actuado así, es difícil imaginar que cualquiera de sus
antiguos soldados – retirados ya en es momento y dispersos por sus hogares – desease utilizar la fuerza en defensa de su antiguo comandante. Las legiones se reclutaban en un sector seleccionado de las clases proletarias, con capacidad para participar en la vida política de la República mediante el voto en las asambleas.
Solo en el trascurso de un siglo quedo alterada la relación entre el Ejercito, sus comandantes y la República, hasta el punto de que, en el 88 a.C. y en numerosas ocasiones posteriores, los generales estarían en condiciones de dirigir sus legiones contra otros ejércitos romanos y así lo hicieron. El cambio fue profundo y está relacionado con la aparición de un ejercito profesional, en el que la mayoría de los legionarios se reclutaban entre los elementos más pobres de la sociedad. Para tales hombres, el servicio militar no era un deber que se debía al Estado y que interrumpía su vida normal
, sino una fuente de empleo y de unos ingresos regulares, aunque bajos. Al quedar desmovilizados del Ejercito, los proletarii no tenían dónde ir pues no disponían de propiedades o de trabajo en la vida civil. Varios comandantes como Mario, Sila, Pompeyo y César, presionaron siempre para que se establecieran colonias y se entregaran tierras de labor a los soldados veteranos. En todos los casos, estas propuestas fueron muy impopulares, en buena medida porque ningún senador deseaba que otro convirtiera en deudores a tan gran numero de ciudadanos. En conjunto, el Senado era también reacio a reconocer que las legiones se reclutaban ahora entre los pobres y se negaba a asumir responsabilidades por su bienestar
después de licenciados. Esto sirvió para que se estrecharan los lazos entre el comandante y sus tropas hasta el punto de que la lealtad de los legionarios se centró más en la persona de su general que en una Republica que le ofrecía tan poco. En efecto, las legiones se convirtieron en “clientes” o ejércitos privados de los comandantes más populares y poderosos.
Esta visión tradicional de los cambios que acaecieron como resultado de la Reforma de Mario es algo simplista, y ha sido ampliamente criticada, en especial, por aquellos estudiosos que consideran que la evolución del ejército fue gradual y que tampoco existió un cambio brusco con Mario. Por ejemplo, señalan que no es nada cierto el que cada general romano del siglo
I a.C., fuera capaz de volver sus legiones contra sus rivales del Estado. Lúculo dirigió su ejercito varios años de campañas coronadas por un éxito enorme en Oriente y, a pesar de ello, nunca consiguió ganarse el afecto de sus soldados, hasta el punto que rechazaran todos sus ruegos para resistirse a su sustitución por Pompeyo. Durante las guerras civiles, en numerosas ocasiones, generales impopulares se vieron obligados a abandonar el cargo, e incluso llegaron a ser linchados por sus propios hombres. Sin embargo, aunque muchos, quizá incluso la mayoría, de los generales del ultimo periodo republicano no tenían esperanzas de convencer a sus legiones para que lucharan contra otros romanos, el hecho esencial es que algunos de ellos pudieron hacerlo y así lo hicieron. Una acción de esa clase hubiera sido imposible en el apogeo del ejército de milicias y reclutas que consiguió para Roma el predominio sobre el Mediterráneo y, aunque quizá la intensidad y el alto nivel de competencia política se había incrementado, la guerra civil sólo se volvió una posibilidad con la nueva naturaleza de la legión.
Adrian Goldworthy. Grandes generales del ejército romano. Ariel, 2007.
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Mapas de antiguos imperios
Publicado por Jordi Guzman en 2 febrero 2008
Muy buena la pagina, en ingles, llamada Coming Anarchy en donde podemos ver los mapas cronológicos de la ascensión y caída (si es que caen) de viejos imperios. Podemos ver los mapas de la fronteras de: Persia, Polonia, Etiopía, Rusia y Armenia. El gif animado que os pongo más abajo nos muestra de forma sencilla pero muy entendedora como le fue al Imperio Romano. Clic en la imagen para ampliar
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El estado romano: organización (I)
Publicado por Jordi Guzman en 6 noviembre 2007
En la antigua Roma, la política era acordada por el senado y era puesta en práctica por los magistrados con imperium, una noción especialmente romana. Los antiguos reyes, y después la aristocracia, y después los magistrados, tenían todos imperium, “un concepto clave que designa el derecho de ser reconocido a dar ordenes a quienes tenían un estatus inferior y a esperar ser obedecido…Este poder nunca estuvo bien definido y era demasiado amplio y arbitrario. Desde el principio un modo fundamental de expresar este imperium era imponer mediante guerra la autoridad de quien lo tenia y la de Roma en las comunidades vecinas que, se consideraba, lo desafiaban”. La conquista fue un elemento integral de la idea que los romanos tenían sobre sí mismos.
El sistema romano había empezado a existir hacia el año 510-509 a. C., cuando el rey fue expulsado y se lo reemplazó por un funcionario elegido. Las principales características del consulado o magistratura que sustituyó a la monarquía fueron las siguientes: el cargo estaba limitado a un año, había dos magistrados con igual imperium – “nunca mas volvería a conferirse a un único individuo con poder supremo” – y se establecía la idea de responsabilidad, de tal modo que al final del año se podía pedir al magistrado que rindiera cuentas de sus actos. Las continuas conquistas y las crisis recurrentes hicieron que el sistema fuese modificado: durante dichas crisis se nombraba un único dictator, a la manera griega, se permitía la existencia de mas de un magistrado en el mismo territorio, algunos con funciones militares, otros para las tareas administrativas civiles. La maquinaria administrativa de la republica fue adquiriendo así la forma que nos resulta conocida, un cuerpo de magistrados, aconsejado por un senado (un grupo de senes, o ancianos).
Con el paso del tiempo, los magistrados se dividieron entre aquellos que tenían imperium y aquellos que carecían de él. Los dictadores y los cónsules tenían imperium y también los pretores, una nueva clase de magistratura creada en el año 366 a. C. para aliviar a los cónsules de la tarea de resolver litigios. Los magistrados sin imperium eran los cuestores, encargados de investigar cuestiones jurídicas y financieras, los tribunos de los plebeyos, encargados de administrar el consejo de la plebe, y los ediles, responsables de las obras publicas en la ciudad, del mantenimiento de las carreteras, las murallas, los acueductos, etc.
La forma de democracia representativa romana era bastante compleja. Y tenia que serlo, porque para la época de Augusto, el primer emperador (63 a. C.- 14 d. C.), Roma tenia ya un millón de habitantes y el imperio se extendía casi cinco mil kilómetros de oeste a oriente (del Atlántico hasta el Caspio) y cerca de tres mil de norte a sur (de Inglaterra hasta el Sahara). Ni siquiera un hombre como Augusto, que sentía autentica pasión por la eficacia, podía administrar solo semejante territorio.
En la practica había cuatro organismos políticos además de los magistrados. El comitia centuriata comenzó siendo una asamblea para defender los intereses del ejercito, pero con el paso del tiempo abarcó toda la población y estaba conformada por 193 centurias. Los censores distribuían a la gente en centurias según la cantidad de propiedad que poseían. Había cinco clases: la classis situada en lo mas alto tenia setenta centurias y la situada en lo mas bajo, que ni siquiera estaba considerada como classis, solo una, que representaba a quienes no tenían propiedad registrada en el censo. A estos desgraciados se los denominaba los proletarii debido a que estaban fuera del activo (y útil) sistema agrario y solo podían producir hijos (proles).
Fuente: Ideas. Historia intelectual de la humanidad. Peter Watson. Critica 2007.
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El año de los cuatro emperadores
Publicado por Jordi Guzman en 15 octubre 2007
El año 68 de nuestra era, abandonado por el Senado y por su propia guardia pretoriana, Nerón ordenó a unos de los últimos esclavos fieles que aun permanecían a su lado que le diese muerte. Así pereció el ultimo de los Julio-Claudios. No dejó herederos y fue Galba, el legado en Hispania, quien se hizo con el poder. Éste recibió el apoyo de la legión de guarnición en su provincia y el de la guardia pretoriana – ante la promesa de entregar un considerable botín a todo aquel que se le uniera –. Sin embargo, el nuevo emperador no cumplió esta promesa y murió linchado por una multitud de pretorianos a los siete meses de tomar el poder. Su sucesor, Otón, se abrió camino mediante sobornos, pero solo mantuvo el poder noventa y cinco días antes de suicidarse, al recibir noticias de la derrota de se ejercito a manos de Vitelio, un rival con el cargo de legado de Germania Inferior. Éste consiguió atraer a su causa el grueso de los ejércitos del Rin e invadió Italia. Se encontró enfrentado muy pronto, a su vez, al desafió que las legiones de las provincias orientales, dirigidas por Vespasiano, el legado de Judea, derrotado su ejercito en el valle del Po y asaltada por el enemigo la propia Roma, Vitelio fue brutalmente asesinado ocho meses después de haber alcanzado el poder.
El historiador Tácito, escribiendo durante el gobierno de Trajano, ha sabido definir en no demasiadas líneas el esquema negativo que viene a concretar la trágica muerte del Estado romano durante este fatídico tiempo.
“La historia en la que ahora entro es un periodo rico en desastres, terrible en batallas, roto por enfrentamientos civiles, horrible incluso en la paz. Cuatro emperadores caídos por la espada; existieron tres guerras civiles, varias guerras exteriores y a menudo ambas al mismo tiempo. La situación fue prospera en Oriente y adversa en Occidente. Hubo dificultades en el Ilírico, las provincias de la Galia agitadas, Britannia sometida e inmediatamente perdida. Los sármatas y los suevos se levantaron contra nosotros y los dacios se hicieron conocidos por las derrotas infringidas y sufridas; incluso los partos llegaron casi a levantarse en armas a causa de la existencia de un falso Nerón. Más aún, Italia fue afligida por desastres desconocidos hasta entonces o renacidos después de largo tiempo. Las ciudades del fértil litoral de Campania fueron oprimidas o arruinadas; Roma fue devastada por los incendios, sus santuarios mas antiguos fueron destruidos y el mismo Capitolio quemado por las manos de los ciudadanos. Los ritos sagrados fueron profanados. Existieron muchos adulterios. El mar se lleno de exilados y sus acantilados se ensuciaron con los cuerpos de los muertos. En Roma se dieron terribles crueldades. Nobleza, riqueza, rehusar o aceptar un cargo, todo era tenido por delito y la ruina era el premio más seguro para las virtudes. Los premios a los delatores no eran menos odiados que sus delitos; pues unos, habiendo conseguido sacerdocios y consulados como despojos, y otros, habiendo obtenido posiciones como agentes imperiales o influencia secreta, destruían y turbaban por todas partes, inspirando odio y terror. Los esclavos eran sobornados contra sus amos, los libertos contra sus patronos y aquellos que no tenían enemigos eran aplastados por sus amigos”
Fuentes: Adrian Goldworthy, Grandes generales del ejercito romano. Ariel. El Imperio romano. José Manuel Roldán, José Maria Blázquez, Arcadio del Castillo. Ediciones Cátedra.
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Tiberio César Augusto: la toma del poder
Publicado por Jordi Guzman en 3 octubre 2007
Tiberio constituye en la historia del Imperio un eslabón clave, al representar la transición del poder personal, fundamentado en méritos propios, a un principio en cierto modo dinástico, como sucesor señalado de Augusto. Este papel decisivo y su personalidad compleja y controvertida explican el interés que la bibliografía antigua y moderna ha despertado su figura y su reinado, que en no pocas ocasiones ha trascendido los limites puramente históricos para adentrarse en interpretaciones psicológicas o novelescas, de las que son buenos ejemplos el estudio de nuestro Marañon [Tiberio. Historia de un resentimiento (1939)]o la deliciosa Historia de San Michele, de Munthe.
Por mas que obligada, la designación de Augusto no podía ser mas acertada. Tiberio era, sin duda, uno de los hombres mas capacitados de la aristocracia romana y sus dotes de estadista y militar habían sido probadas en una larga serie de servicios al Estado durante el reinado de Augusto: popular entre el ejército, experimentado en las tareas de la administración civil, culto y responsable, cumplía todos los presupuestos necesarios para aparecer como el mas idóneo candidato al primer puesto en el Estado. Pero su carácter, silencioso y huraño por naturaleza, y sus amargas experiencias y frustraciones – el obligado divorcio de su primera mujer, su desafortunado matrimonio con Julia, el exilio de Rodas, la conciencia de haber sido elegido como ultimo recurso – hacían del nuevo princeps, con sus cincuenta y siete años de edad, un hombre prematuramente viejo, amargado y desilusionado, que, aun consciente de sus deberes de Estado, era incapaz de atraer la simpatía y comprensión de su entorno.
Y la primera ocasión de malentendidos la ofreció la propia aceptación del Principado, en la que las dudas y vacilaciones de Tiberio, probablemente sinceras, han sido transformadas,
por la magistral descripción de Tácito ha dejado de la sesión de investidura, en pura hipocresía. Se ha aducido que el problema de la sucesión de Tiberio representaba motivos de inquietud por la existencia de posibles rivales, no solo dentro de la familia de Augusto – Agripa Póstumo o Germánico, el sobrino de Tiberio –, sino entre los personajes de la nobleza, especialmente señalados por su riqueza, influencia o dotes personales. La realidad es que este problema no se presentó. Augusto había hecho conceder por ley a Tiberio el año anterior a su muerte un imperium proconsular igual al suyo, al tiempo que le renovaba la potestad tribunicia, los dos pilares constitucionales en los que el fundador del Imperio había basado su régimen. Tras la muerte del princeps, cuando fue leído el testamento, se supo que Tiberio recibía dos tercios de los bienes y el nombre de Augusto, lo que equivalía a una designación como sucesor que nadie en Roma con suficiente sentido estaría dispuesto a contestar.
No puede dudarse que Tiberio pretendía el poder, pero descargado del carácter excepcional que había tenido con Augusto: el Principado no debía ser considerado como un órgano constitucional regular y permanente del estado romano, sino a lo sumo como una magistratura extraordinaria en el contexto de la constitución republicana. Tiberio conocía bien la enorme dificultad de asumir los poderes de Augusto sin su carisma y acepto el Principado con el tono de un aristócrata que asume una magistratura, preocupado por la definición jurídica de su poder – tribunicia potestas e imperium proconsular – más que por una titulatura superflua, que incluso rechazó expresamente: apenas hizo uso del cognomen de Augusto y no aceptó ni títulos excepcionales, como el de pater patriae, ni honores divinos. Aún más, renunció al praenomen de Imperator, prefiriendo ser llamado princeps, que subrayaba mejor su condición de primus Inter. Pares en las relaciones con el Senado, entre cuyos miembros intentaba insertarse.
El Imperio romano. José Manuel Roldán, José Maria Blázquez, Arcadio del Castillo. Ediciones Cátedra.
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La Roma de Augusto (II)
Publicado por Jordi Guzman en 25 septiembre 2007
No hay duda de que el nuevo orden político romano es una creación de su fundador y, por tanto, inseparable de su personalidad, como tampoco de que se trata de una paciente y complicada construcción de un dominio personal. Pero es en esa construcción y en su legitimización donde se encuentra la originalidad y la fortuna de la obra política de Augusto. Por un lado, el joven César se ha presentado como restaurador, como nuevo fundador de la constitución, puesta en marcha solemnemente en la sesión del Senado de enero del 27 a. C. Después de una serie de ensayos Augusto se incluyo, dentro de este orden constitucional y sobre él, con los instrumentos de la potestad tribunicia y el imperium proconsular. Ambos tenían en común que no eran magistraturas, sino poderes sustraídos de magistraturas que Augusto ejerció como privado y, por ello, pudo mantener de forma permanente, sin chocar con los principios de limitación de tales magistraturas, la anualidad y la colegialidad.
Pero esto no significa que Augusto quisiera gobernar a la sombra. Al contrario, quiso aparecer a plena luz como el hombre determinante, aunque no como monarca constitucional – y, por lo tanto, inconstitucional ante la tradición republicana -, sino por su prestigio personal, por su auctoritas. Expresión exacta de esta posición es el termino princeps con el que él mismo caracterizo su posición, aunque no fuera nunca un titulo otorgado ni incluido en la tituladura oficial. Princeps es un concepto de derecho publico que indica la cualificación social y política de su posición preeminente y significa la explicación de su poder político. Las Res gestae y el gran informe de los hechos de Augusto no es otra cosa que la demostración de este principado y con ello la demostración de si dominio, ya que la posición preeminente, la auctoritas inviolable de un princeps se alcanza solo con hechos y encuentra su confirmación en los honores que recibe. La larga lista de honores frente a la parquedad de magistraturas muestra claramente una intención de evitar una fijación legal de esta posición directora, pero, en cambio, un interés por realzar su persona, por manifestar un caudillaje carismático, una posición singular como princeps y, con ello, una fundamentación de dominio, fuerte y duradera.
Por supuesto, el principado de Augusto en cuanto a su fundamento de poder era una monarquía militar enmascarada: el poder fue conquistado con la fuerza de las armas y se apoyaba en la exclusiva facultad de disposición del princeps sobre el ejercito. Por otro lado, el princeps podía disponer de gran parte de las finanzas del Estado e intervenir en todo el aparato de la administración. Esta posición de poder no era solo prácticamente ilimitada, sin que, en la intención de Augusto, estaba transmitirla a un heredero de su familia. Sin embargo, no es justo reconocer la ideología del principado como una ficción, como una atractiva apariencia, destinada solo a enmascarar la realidad despótica del poder. Existen dos vertientes que es preciso deslindar. Augusto se ha incluido en el Senado y respetado los fundamentos tradicionales de la Republica, interpretándose así cono “restaurador de la libertad”. Pero hay que tener en cuenta que esta libertad en los dos últimos siglos de la Republica no puede entenderse como tal, en el sentido del liberalismo moderno, sino únicamente como libertad por la gracia de la aristocracia senatorial. Si se comprende así, no resulta tan difícil justificar la aprobación que el principado de Augusto hizo del concepto de libertad política.
Pero esta ideología del principado no era idéntica con la de el Imperio de Augusto, ya que Augusto no fue solo el princeps en el seno de la res publica, del pueblo romano soberano. Para la masa de los ciudadanos de Roma, Italia y las provincias, Augusto era sencillamente soberano, puesto que el primero de los ciudadanos era también el casi ilimitado señor de un imperio mundial. Para el peregrinus, el habitante no romano de las provincias, Augusto solo podía ser el soberano mundial, cuyo poder no conocía fronteras y que era venerado en altares y templos al lado de la propia diosa Roma.
Era un delicado equilibrio entre dos concepciones, que la brutal realidad del poder se encargaría finalmente de romper. Pero el tenue hilo constitucional que, a pesar de todo, sostenía la legalidad del titular del Imperio mantuvo su vigencia durante varias generaciones y solo muy lentamente se deshizo entre las turbulencias del siglo II para dar paso a la autocracia del Bajo Imperio.
El Imperio romano. José Manuel Roldán, José Maria Blázquez, Arcadio del Castillo. Ediciones Cátedra.
Mas articulos: La Roma de Augusto (I)
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La Roma de Augusto (I)
Publicado por Jordi Guzman en 13 septiembre 2007
En la ficción constitucional, Roma seguía siendo una ciudad-estado. Los magistrados que gobernaban en nombre del Senado y del pueblo eran también los administradores de la Urbe. El nuevo carácter de la ciudad como sede del princeps y cabeza del Imperio había de afectar por ello profundamente a su administración, en la que, con la multiplicación de los cargos imperiales, el princeps intervino cada vez más en un dominio reservado al Senado y a los magistrados. Su perdida de poder político se vio acompañada así también de una perdida de funciones en la propia Roma, que pasaron a nuevas instancias.
Prefectura del pretorio
Era la primera en prestigio la prefectura del pretorio, creada por Augusto el 2 a. C. En la continua conciliación de novedades y tradiciones, Augusto consideró la oportunidad de contar con un cuerpo militar, distinto a las legiones, no tanto como guardia de corps, sino como tropa de élite inmediata a la persona del emperador. De la antigua cohors praetoris republicana o guardia personal del comandante, nació así la guardia pretoriana, nueve cohortes de soldados (tres de ellas estacionadas en Roma), al mando de un prefecto del orden ecuestre. La vecindad al emperador, la peculiaridad del cuerpo y la conciencia de elite de tropa, constituida solo por soldados itálicos, explican su gran influencia concentrada en el prestigio y poder de su comandante, el praefectus praetorio. En el curso del tiempo, el prefecto del pretorio terminaría por convertirse en el órgano mas elevado, tras el emperador, para la administración de la justicia, que impartía como sus sustituto, y no simplemente en su nombre.
“Praefectus urbis”
De todos modos la autentica administración de Roma fue puesta en manos de un prefecto de la ciudad (praefectus Urbis), que, aun con antecedentes republicanos, toma ahora con Augusto sus rasgos definitivos. La administración de Roma presentaba problemas especiales por ese doble carácter de ciudad-estado y de cabeza de un Imperio, a los que el princeps trató de acudir con su acostumbrada práctica de compromiso entre el orden viejo y el nuevo. Al praefectus Urbis con Augusto le era confiada la ciudad de Roma temporalmente cuando el emperador se encontraba ausente de Italia. Con Tiberio, cuando el cargo se convirtió en permanente, se aumentaron sus poderes y se le dio el mando de tres cohortes urbanas, estacionadas en Roma. El cargo fue puesto en manos de personajes del estamento senatorial, para evitar susceptibilidades, y constituía el coronamiento del cursus honurum del orden.
El Imperio romano. José Manuel Roldán, José Maria Blázquez, Arcadio del Castillo. Ediciones Cátedra.
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