Se está a punto de descubrir otras Tierras, pero muy lejos todavía de saber si están habitadas
Donald Goldsmith
El 6 de marzo, el telescopio espacial Kepler de la NASA se embarcó en una misión de 4 años; se propone descubrir en la Vía Láctea planetas de tipo terrestre. Al igual que su predecesora, la misión francesa COROT, lanzada en diciembre de 2006, Kepler observará sin solución de continuidad una muestra seleccionada de estrella. Buscará en su luz caídas temporales del brillo. Una bajada de intensidad puede significar cualquier cosa. Quizá sea sólo un accidente pasajero en la energía de la estrella emergente; una segunda caída todavía tendría poco significado; una tercera que suceda transcurrido el mismo tiempo que entre la primera y la

Se puede descubrir un planeta, aunque sea demasiado pequeño para verlo directamente, cuando pasa ante su estrella y debilita su luz un poco. Ron Miller.
segunda llamará la atención; una cuarta caída tras el mismo intervalo implicará casi con certeza la existencia de un planeta en una órbita que lo sitúa directamente entre la estrella y nosotros. Cada vez que el planeta pasa —”transita”— por delante del disco de su estrella bloquea parte de la luz de ésta. Un mundo con el tamaño del nuestro reduce la luz de su estrella en alrededor de una parte en 10.000.
A principios de este año, COROT encontró un planeta con un diámetro unas dos veces el terrestre en una órbita tan cercana a su estrella, que cada revolución requería sólo 20 horas. Kepler, con un espejo tres veces y medio mayor que el de COROT, debería encontrar docenas o cientos de Tierras con órbitas a una distancia de su sol más confortable. La mayoría de las búsquedas actuales, que examinan el ligero empuje gravitatorio que el planeta ejerce sobre su estrella, no pueden detectar mundos tan pequeños. La desventaja de Kepler es que las órbitas de los planetas deben estar alineadas con nuestra línea de visión, y las leyes de la probabilidad indican que sólo uno de cada cien disfrutará de tal suerte. No obstante, Kepler debería ser capaz de crear una muestra estadísticamente válida de análogos galácticos de la Tierra.
Ahora bien, supongamos que lo lograse. Los astrónomos continuarán privados de la información más apetecida: ¿cuáles son las condiciones existentes en estos planetas? ¿Son apropiados para la vida? Cuando un planeta de gas gigante transita ante su estrella, se analiza su atmósfera midiendo la cantidad de luz bloqueada a diferentes longitudes de onda. Pero los planetas del tamaño de la Tierra son demasiado pequeños para que la técnica funcione; portanto, la estrategia de COROT y Kepler, aunque puede encontrar Tierras, no dirá mucho sobre ellas. No se halla capacitado para discernir ninguno de los signos de la vida, como los colores distintivos de la clorofila o sus equivalentes alienígenas. La misma Misión Espacial Interferométrica (SIM), con un lanzamiento previsto para 2015, apenas podrá decir algo notable las Tierras que descubra.
Los instrumentos capaces de analizar la habitabilidad están aún lejos en el futuro. Por la poderosa razón de que son muy caros. El Buscador de Planetas Terrestres de la NASA y la misión Darwin de la Agencia Espacial Europea podrían tomar medidas espectroscópicas de las superficies y de las atmósferas de los planetas, pero ninguna de esas misiones ha superado la fase de estudio del diseño. Incluso reuniendo todos los recursos de las agencias, una misión así costaría unos dos mil millones de dólares y necesitaría diez años para su construcción. Por ahora, las mayores esperanzas de obtener más información acerca de los planetas las dan el Telescopio Espacial James Webb (JWST), cuyo lanzamiento está previsto para 2013, y la próxima generación de telescopios de superficie. Aunque no fueron inicialmente diseñados para el análisis de los planetas, se trata de telescopios equipados con instrumentos coronográficos que bloquean la luz de las estrellas, lo que permite ver cualquier cuerpo pequeño oculto en el resplandor. Estos instrumentos proporcionarán imágenes de los jóvenes planetas gigantes de gas, si existen, alrededor de algunas de las estrellas más cercanas. Podrán, asimismo, reunir información espectroscópica de objetos con órbitas muy ceñidas a su sol.
Los próximos años resultarán emocionantes por lo que COROT y KEPLER descubran. Después entraremos en un período de frustración; sólo soñaremos con lo que todavía quedará por descubrir. No será una situación inusual: el conocimiento científico avanza escalonadamente. Los resultados positivos sugieren la necesidad de nuevos observatorios espaciales e impulsan su financiación. La búsqueda de planetas en entornos extremos, alrededor de estrellas de neutrones, de enanas blancas, de enanas marrones, nos dirá en qué circunstancias puede llegar a producirse la formación planetaria. Pero para saber cuál es el verdadero puesto de nuestro planeta en el cosmos, aún hay mucho por hacer.
Donald Goldsmith es autor de “400 años del telescopio” (“Interstellar Media Productions”, 2009).
Artículo publicado en Investigación y Ciencia nº 395




































