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Archive for the ‘Filosofía’ Category

Cuéntamelo otra vez, y luego otra

Posted by Jordi Guzman en 24 octubre 2009


El misterio del cuento, novela, serial o folletín sigue dando trabajo a los filósofos. Nada nuevo. Desde Aristóteles mareamos el asunto, aunque él hablara del drama. A pesar de la abismal diferencia entre su sociedad y la nuestra, la afición ya le parecía chocante. ¿Por qué nos gustan las historias? ¿Por qué nos sumergimos en relatos absurdos hasta olvidarlo todo? Quizá en tiempos de Aristóteles pudiera ser un mero recreo señorial, pero en sociedades agobiadas por la guerra, el hambre, el trabajo o la represión política, las historias tienen igual éxito. No, no es cosa de divertirse, es una necesidad más honda.
Los filósofos cognitivos, híbridos de neurólogo, biólogo y sociólogo, tratan de dar una justificación a fenómenos tan pasmosos como la trilogía de Larsson. A veces las explicaciones son someras y decepcionan. Por ejemplo, lo definen como un instrumento de ayuda para la supervivencia y la reproducción. Las novelas, las fábulas, nos harían resistentes y nos enseñarían técnicas para superar accidentes que afectan a nuestro equilibrio o a nuestra sexualidad. Es la posición del evolucionista Brian Boyd en su reciente On the origin of stories. Otros lo consideran parte de la relación ontológica del humano con el juego y lo comparan con las burbujas de fantasía que los delfines expulsan sin función ninguna, por capricho. Lo que iguala literatura, macramé y bailar la jota.
Es más tentadora la opción de Boyd. ¿Un acceso al mundo de la dificultad, vencida por el ingenio? El joven Harry Potter se enfrenta al universo de los ogros, los unicornios, los demonios y los brujos, con la estimable arma de la tecnología. Porque la varita mágica y los conjuros no son sino disfraces del ordenador, el móvil y otros aparatos que actúan a distancia, con ellos el niño puede controlar el agobiante mundo que le rodea, o así se lo parece durante un rato. Madame Bovary sería un manual de instrucciones para adúlteras: si eres tonta te saldrá mal, aprende a ser lista. A lo mejor Kafka nos enseña a sobrevivir a Renfe y la Telefónica.

Artículo publicado en El Periódico el 24 de octubre, su autor es Félix De Azúa.

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Paracelso y Diego de Zúñiga

Posted by Jordi Guzman en 20 octubre 2009


Nueva entrega, como cada mes, de Luis Alonso en la revista Investigación y Ciencia nº 397 dedicada a ofrecer una crítica de libros. En este caso los elegidos son Paracelsus. Medicine, magic and missión at the end of time de Charles Webster editado por University Press, New Haven, 2008, y Diego de Zúñiga. Física. Edición de Gerardo Bolado y editado por Eunsa, Pamplona, 2009.

Paracelsus. Medicine, magic and missión at the end of time de Charles Webster editado por University Press, New Haven, 2008Diego de Zúñiga. Física. Edición de Gerardo Bolado y editado por Eunsa, Pamplona, 2009

Vísperas galineanas.

La pérdida de la seguridad aristotélica y galénica.

por Luis Alonso.

Nadie personifica mejor la dureza de la primera mitad del siglo xvι, con sus revoluciones religiosas, sociales y científicas, que Theophrastus von Hohen-heim (1493-1541), Paracelso. Cincuenta años después de la obra clásica e insuperada de Walter Pagel, nos encontramos con esta otra de Charles Webster —Paracelsus. Medicine, Magic and Misión at the End ofTime—, anunciada como su auto­rizado relevo. El autor ha podido acceder a fuentes inéditas, ha profundizado en los escritos teológicos y contado con edi­ciones críticas de distintos escritos paracelsistas. Apoyándose en ese nuevo mate­rial, nos pergeña un retrato más acabado del Paracelso real, el humillado, alqui­mista y subversivo.

El marco corresponde a una edad y un espacio preñados de oportunidades. La economía se desarrolló y la cultura floreció en las naciones de habla alemana. El propio Paracelso conoció de primera mano el despegue de la metalurgia y la nueva industria de la edición. En su praxis médica no dudó en recurrir a la creciente farmacopea que se ampliaba con remedios venidos del nuevo Mundo y de Asia. En numerosas ocasiones se vio beneficiado —tantas como le engañaron— con el patronazgo de familias enriquecidas al socaire del nuevo orden económico. Las ciudades que hilvanaron su carrera profe­sional, Ausgburgo, Basilea, Núremberg y Estrasburgo, explotaron las manufacturas tradicionales y desarrollaron la industria y el comercio. Supieron sacarle partido a las habilidades de los profesionales, fomen­taron las artes y los oficios y emergieron como centros cosmopolitas.

La ciencia septentrional avanzó con la estrecha colaboración entre médicos humanistas y artistas. Entre 1530 y 1558 aparecieron los herbarios de Otto Brunfels y Leonhart Fuchs, las anatomías ilustradas inspiradas en la canónica de Andrés Vesalio, los tratados naturalistas de Konrad Gessner y la revisión metalúr­gica de Georgius Agrícola. Vesalio había enseñado en la Universidad de Padua y luego se convirtió en médico de Car­los V y de Felipe II. Tras varios años de docencia en la Universidad de Lausana, Gessner fue elegido médico municipal de Zúrich. También Agrícola fue médico de St. Joachimsthal y de Chemnitz. La medicina constituía, en efecto, una pro­fesión con la que hasta los practicantes más humildes podían aspirar a una sub­sistencia decorosa y estable. El padre de Paracelso, Wilhelm Bombat von Hohenheim, se quedó en médico de pueblo, de Villach, en Carintia. Wilhelm pertenecía a una familia que había estado al servicio de la abadía benedictina de Einsiedeln, en el cantón suizo de Schwyz, donde nació Paracelso.

No existe documentación fiable sobre la educación académica, si la tuvo, de Para­celso, por más que declarara que se había formado en la Universidad de Ferrara. Desconocemos también sus primeros pa­sos en el ejercicio. Lo mismo que sucedía con tantos otros en su tiempo, es verosímil que ganara predicamento como cirujano militar. Las actividades del joven Paracelso antes de 1525, el período de Salzburgo, pertenecen al terreno de la conjetura. Su propio testimonio habla de viajes por toda Europa, costumbre asentada en medios intelectualmente inquietos, con particular afición al llamado iter italicum, o camino hacia las universidades peninsulares. En esos caminos conocerá la fuerza terapéuti­ca de las aguas minerales y los manantia­les. Anduvo por Lituania, Prusia, Polonia y los Países Bajos.

A finales de verano de 1526, a raíz de un fallido tratamiento de un trastorno gastrointestinal del margrave Felipe I de Badén, Paracelso fue convocado a palacio; acertó en la terapia administrada, pero no recibió el estipendio esperado. Frustra­ciones que se repetirían y que él atribuía a los celos de los médicos locales, meros charlatanes en su opinión. No guardaba un juicio más condescendiente para las universidades, a las que negaba capaci­dad para enseñar teología. Por su parte, decidió seguir el ejemplo de los apósto­les y apoyarse sólo en las enseñanzas de Cristo. Abanderó una crítica vitriólica contra la Iglesia Católica. A Estrasburgo llegó en el otoño de 1526. La ciudad se caracterizaba por su tolerancia y así paseaban por sus calles inconformistas de toda condición. El éxito profesional que allí obtuvo le abrió las puertas de Basilea, con la intervención directa del editor Frobenius para ocupar el puesto de médico de la municipalidad.

Tampoco en Basilea le acompañó la fortuna. En los meses de verano de 1527 y 1528, se clavaron en los portalones de los edificios públicos unos versos crí­ticos contra él. Hubo, además, un miem­bro eminente del capítulo catedralicio, entregado ya a la Reforma, que rechazó pagarle la asistencia médica. Cuando ape­ló al resto de los capitulares pidiendo amparo, le dieron la espalda. Paracelso abandonó su cargo municipal, presto a recomponer su fama. Se encaminó hacia Núremberg. Decidió probar suerte con la pluma. Y empezó a escribir sobre la sífilis. Lo hizo en un tono tal, que sus oponentes impidieran la impresión. A comienzos de 1531, cuando el hambre apretaba, se marchó a St. Gallen, como médico del burgomaestre Christian Studer. Una breve estancia posterior en Ausburgo le permitió la publicación de su Grosse Wundarznei, la única obra médica de Paracelso apare­cida en vida. Se trataba de un tratado de cirugía que coronaba una larga tradición germana sobre la materia.

Carintia fue el punto final de su tra­yectoria, donde pasó dos años. En Carin­tia progresó sustancialmente en la redac­ción de su ambiciosa Astronomía magna y pergeñó los Kárntner Schriften. Murió en Salzburgo, en septiembre de 1541, a la edad de 48 años.

Tras su muerte, sus contrarios demonizaron su memoria; cundió la especie de que se había entregado a la magia negra. Sus defensores se concentraron en la recuperación de sus manuscriutos y en su impresión. Pese a poderosas obstrucciones iniciales, desde 1560 los seguidores de Paracelso, comandados por Adam Bodenstein, llevaron sus manus­critos a la imprenta. Karl Sudhoíf, en su bibliografía paracelsista, puso de relieve el alcance de esa tarea: la lista comprendía no menos de 345 ediciones publicadas entre 1560 y 1568. Los estudios ulterio­res fueron añadiendo sectores geográficos a tan formidable cifra.

Paracelso, que en opinión de Oporinus había adoptado con respecto a la Iglesia y a la medicina un mismo enfo­que (independencia y crítica absolutas) se mostró familiarizado con la alquimia medieval. Concedió importancia primor­dial a las artes químicas. Compaginaba su admiración por la alquimia de Hermes Trismegisto con su condena por haber vinculado la medicina a la falacia de los cuatro humores y por su teoría química de que los metales procedían del mercu­rio y del azufre. Uno de sus conceptos fundamentales era el de regeneración o renovación, por las que el hombre volve­ría a ser dueño de la creación a través de las ciencias, las artes y la medicina. Tres eran los componentes del hombre: alma, espíritu y cuerpo. Tres eran también los pilares del conocimiento de la medicina: la filosofía natural, la astronomía y la alquimia. Tres las dimensiones que con­dicionaban el conocimiento: los cielos, la esfera terrestre y el microcosmos huma­no. Toda la materia creada del universo derivaba de un triple principio: mercurio, azufre y sal, lo mismo se hablara del cuerpo humano, que de los metales o los cuerpos del firmamento. La primera exposición detallada de su teoría de los tres principios la leemos en el Opus pa-ramirum, escrita en torno a 1530.

Al explayarse sobre las limitaciones de la teoría de los cuatro elementos, los contrapuso al avance de la química, que explicaba cómo los metales podían dar cuenta de la diversidad de compuestos hallados en la naturaleza mediante ma­nipulaciones muy sencillas. Sea por caso uno de sus principios fundamentales, el plomo, que adquiría distintas propiedades físicas o químicas según se encontrara en forma de minio, albayalde, etcétera; en el primer caso era rojo (óxido de plomo); en el segundo era blanco (carbonato de plomo). Una dimensión importante de la teoría de los tres principios fue su apli­cación a la descripción de los fenómenos naturales en todos los niveles del cosmos. Esa concepción unificada del cosmos era esencial para Paracelso, porque la teoría de la enfermedad, lo mismo que cuales­quiera otras teorías suyas, implicaba un intenso comercio entre el firmamento y el hombre. Con todo, empleó una inter­pretación personal libérrima de los vín­culos clásicos entre el microcosmos y el macrocosmos.

Fue uno de los primeros en ocuparse de las enfermedades profesionales y re­conoció la silicosis como un riesgo que corrían los mineros. Supo ver la relación entre el bocio y el cretinismo. Introdujo la morfina, el azufre y el plomo en la praxis médica, así como el mercurio para el tratamiento de la sífilis. Dio buenas descripciones de ciertas patologías men­tales, que él reputaba enfermedades y no posesiones diabólicas. Sin embargo, de­fendió la posibilidad de crear vida huma­na en el laboratorio y dictó instrucciones para lograrlo mediante la fermentación de una muestra de semen.

Pasaban los decenios, pero el aristotelismo, lo mismo que el galenismo, se resistía también a desaparecer. Diego de Zúñiga (1536-1598) diseñó un ambicioso proyecto de reforma general del saber (De óptimo genere totius philosophiae traden-dae et Sacrosanctae Scripturae explicandae [1568]), del que sólo publicó la primera parte, su Philosophiae prima pars (Toledo, 1597), a la que pertenece la Física. De enorme interés sus In Job Commentaria, donde defendía la compatibilidad de las tesis copernicanas con la Biblia.

Las cuestiones abordadas en la Física, acordes con el patrón aristotélico, se enri­quecen con interpolaciones o inclusiones de autoridades escolásticas. La explicación del movimiento de caída de los graves se sirve de los teóricos del ímpetus. Al hablar de los elementos, autoridades son Galeno, de la antigüedad, y Fernel, entre los contemporáneos. Sobre la situación de la Tierra en el cosmos, el contrincante es Copérnico. Su independencia de cri­terio sobresale en el desarrollo de todas las cuestiones, aunque no deja de mirar a los trabajos precedentes del dominico Soto y del jesuíta Toledo.

En el Renacimiento, la física, o fi­losofía natural, constituía una materia obligada, y central, en las facultades de artes. Se impartían tomando por plantilla la exposición y comentario de las obras de Aristóteles dedicadas al estudio de la naturaleza. Los nominalistas de París y los calculadores ingleses favorecieron la renovación de la disciplina en puntos centrales como el del movimiento, el va­cío o la extensión. También se adivinaba una corriente epistemológica innovado­ra. El divino Valles y Villalpando, por ejemplo, consideraban sólo probable el conocimiento del mundo físico. Zúñiga se mantiene aristotélico y le reconoce un carácter universal y necesario, propio de la ciencia cierta. Su método, dialéctico, parte de la experiencia observacional.

Los tres primeros libros de la Física de Zúñiga resumen ocho de la obra homóni­ma aristotélica. El resto se construye tam­bién sobre bases aristotélicas. Así, tomado del tratado Sobre el cielo es el libro cuarto. El quinto sintetiza la teoría aristotélica del cambio {Sobre la generación y corrupción). Los libros seis, siete y ocho recogen la doctrina de los Meteorológicos; el nono y el décimo versan en torno a los proble­mas abordados en los tres libros Sobre el alma. Por fin, el undécimo se sustenta en los Parva naturalia. Acude a Galeno para vertebrar la tesis de los principios de la materia, los cuatro elementos. Juan Filopón le orienta en la teoría del ímpetus. Pese a la mala fama que han cobrado por entonces los árabes, no duda en traer a co­lación comentarios de Avicena y Averroes. Cita a Ali Aben Ragel y Abumasar en la interpretación de la nova de 1572. Por supuesto, a la hora de repasar tesis más especulativas, no duda en acudir a los grandes filósofos de la Escolástica bajomedieval. Pero resulta significativo el uso de lo que pudiéramos llamar la nueva física que arranca de los perspectivistas. Vitelio es un caso paradigmático. Otro, el De revolutionibus, de Copérnico, aunque la relación con éste es todavía fluctuante. Vía Soto conoce la corriente matematizadora de la física que se ha asentado en el Pa­rís nominalista. Desdeña, sin embargo, la historia natural, que le parece más cercana a la casuística que a una ciencia fundada sobre conceptos universales. Y se mece en la doctrina tradicional de la subordinación de las ciencias.

Siguiendo a Aristóteles, Zúñiga distin­gue entre la materia prima y la materia concreta de las sustancias. Los elementos integran la materia concreta, no la materia prima, que vendría a ser una suerte de substrato común. En la misma onda hilemórfica se instala a propósito del tiempo, medida del movimiento, y del espacio o lugar, caracterizado por la capacidad para contener en sí móviles. En cambio, el va­cío es el lugar sin móvil, el receptáculo sin magnitud. Aunque la naturaleza aborrece el vacío, Zúñiga acepta como posible el movimiento local en el vacío.

Punto importante en la física del mo­mento es el de la caída de los graves. En el esquema aristotélico, el móvil aumenta su velocidad de caída a medida que se acerca a su lugar natural. Zúñiga con­cibe la gravedad como una capacidad natural del grave y admite que los graves aumentan su velocidad a medida que se alejan del punto inicial del movimiento. Se sitúa, pues, en el marco de la teoría del ímpetus. La explicación del fenómeno de caída no sólo incluye el principio de conservación del movimiento, sino tam­bién la acción eficiente de la gravedad o capacidad natural del grave que tiende a caer verticalmente hacia el centro de la Tierra. En línea con Buridan y Nicolás de Oresme, defensores de la conservación del ímpetus, explica el movimiento de los cielos a partir de cuatro principios: la inmutabilidad de los cielos; existencia del movimiento de las esferas desde el instante de la creación; el movimiento es causa de movimiento, y el estado natural de los cielos es el movimiento.

Con el problema de los graves, otra cuestión bastante novedosa concernía al movimiento de los proyectiles, de difícil explicación en el marco de la mecánica aristotélica. El movimiento impreso en el proyectil se conserva. Sin embargo, des­de que el proyectil sale disparado, sufre la acción constante de su gravedad, de la tendencia de su naturaleza a la caída rectilínea, que lo debilita hasta hacerlo caer. Mientras el movimiento violento del grave lanzado sea más fuerte que su movimiento natural rectilíneo de caída, el proyectil seguirá con su movimiento. Sin embargo, por la eficiencia constante de su naturaleza, es inevitable su debili­tamiento constante, su agotamiento y su caída final.

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El mortal prestigio de la velocidad

Posted by Jordi Guzman en 18 abril 2009


Lo tiene más fácil la lucha contra el terrorismo que contra las muertes en la carretera

Las muertes al volante han vuelto a descender en esta Semana Santa. Hemos pasado de 176 fallecidos, hace 10 años, a 45 en este. En una década, de 1997 al 2007, las víctimas viales –muertos y heridos graves– han descendido de 40.000 a 20.000. Son muchas menos, pero aún son muchas. Debemos la mejora a notables cambios en los conductores, en las carreteras y en el Código Penal. Pero si queremos avanzar en esa carrera contra la muerte hay que denunciar una causa siniestra que goza de una reputación incuestionable, a saber: la velocidad.
En el último año, las carreteras españolas se han cobrado más de 2.000 muertos. En el mismo tiempo, el terrorismo etarra ha asesinado a cuatro ciudadanos. Pese a la abismal diferencia en cifras, son las víctimas del terrorismo las que provocan las grandes emociones sociales, mientras que las de la carretera pasan a ser asunto privado.

¿Por qué la indignación moral en un caso y la resignación social en el otro? Porque hay una valoración moral muy distinta de unas y otras víctimas. La sociedad ha entendido que el tiro en la nuca por motivos políticos va contra logros civilizatorios irrenunciables en una sociedad democrática, tal como el valor del cuerpo y el recurso a la palabra para arreglar conflictos de convivencia. En el caso de las víctimas del tráfico, no hay juicio moral. Se habla, desde luego, de responsabilidad del causante del accidente, pero es una responsabilidad sin culpa, destinada a identificar al sujeto de una posible indemnización económica. La última reforma del código de circulación ha dado, es verdad, un paso adelante al considerar algunas infracciones como delitos, pero, como de momento no relacionamos la infracción legal con un acto inmoral, la sociedad no se moviliza, salvo excepciones, contra el conductor que atropella a un peatón que cruza pacíficamente por el paso de cebra. No hay indignación, ni movilización porque la conciencia colectiva clasifica lo ocurrido como un accidente. ¿Accidental respecto a qué? Si la muerte es lo accidental, ¿qué es lo sustancial e importante cuando un coche se estrella?
Lo sustancial es el coche. Este artefacto llamado automóvil simboliza el valor máximo de nuestra civilización: el progreso. No hay categoría que pueda competir en prestigio con el progreso, por eso no hay político que se precie, de derechas o de izquierdas, que no se presente envuelto en la bandera progresista. Ahora bien, si queremos que las cifras de muertos en carretera sigan descendiendo no solo hay que endurecer sanciones, mejorar las carreteras, potenciar la educación vial y crear una fiscalía que vele por la salud del conductor. No basta con convocar la técnica y el derecho: hay que dar un repaso al prestigio social de la velocidad.
Un filósofo español, García Morente, calificaba, ya en los años 30, de letal la relación entre progreso y velocidad. Propio del progreso moderno, decía él, es la aceleración, que no consiste solo en ir más deprisa, sino en anular el tiempo y el espacio. El ideal no es llegar antes, sino estar en el otro punto al instante, por eso el tiempo invertido en un viaje es tiempo perdido. Otro tanto ocurre con el espacio. Cuando vamos en el AVE, mirar por la ventanilla es una tortura. La velocidad convierte el paisaje en un lugar inhóspito con el que solo cabe lo que hace el tren, huir. No se viaja para disfrutar del paisaje ni para integrar en la vida propia otros mundos y otras vidas. La experiencia, que para serlo necesita un tempo lento a fin de metabolizar en vida propia los acontecimientos que sobrevienen, ha sido sustituida por la vivencia compuesta de sacudidas que se agotan en el mismo instante en que se producen. El progreso, acababa diciendo el filósofo madrileño, privado del tiempo y sin espacio, es potencialmente suicida. Si el tiempo y el espacio son condiciones de la existencia es porque no poseemos el don de la ubicuidad, ni en el de la inmediatez, es decir, porque tenemos unos límites. Vivir como si no los tuviéramos nos lleva de nuevo a las cruces en tantas cunetas de la geografía española que recuerdan un accidente mortal.

Esta crítica del progreso no es, desde luego, un alegato en favor de las diligencias tiradas por caballos, pero sí una invitación a tomarnos en serio la significación de la víctimas de la carretera. Aunque resulte descarnado hablar así, lo cierto es que lo tiene más fácil la lucha contra el terrorismo que contra las muertes en la carretera, porque las víctimas del terror tienen de su parte la conciencia moral de la sociedad entera, mientras que las víctimas viales tienen en su contra el prestigio del progreso. Por eso tienen que enfrentarse, para que se les haga caso, a valores establecidos, tales como el progreso, la velocidad, la ubicuidad o la instantaneidad. Si somos tan tolerantes con estas muertes es porque seguimos pensando que son accidentes secundarios que en nada cuestionan la bondad sustancial. Lo sustancial es, al parecer, que en un fin de semana se llegue tarde al lugar de descanso porque hay retenciones kilométricas; y lo accidental, que haya habido 50 muertos. Es como si hubiera prisa por irse al más allá.

Artículo publicado en El Periódico el 18 de abril. Su autor es Reyes Mate filósofo e investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

Dejadme decir que una parte de esta fascinación por la velocidad, los coches y sus mitos, sobre todo en el segmento joven de la población, esta promovida por el cine con lamentables películas como The Fast and the Furious que ya va por la cuarta entrega con una quinta en la recámara o por muchas películas de acción en donde correr mucho con el coche parece que forme parte la idiosincrasia de los personajes. Recuerdo mi indignación cuando empecé a ver The italian job cuando el personaje de Charlize Theron va como una loca conduciendo su Mini. No acabé de verla.

Difícil va a resultar cambiar esta mentalidad adoradora de la velocidad y la rapidez si constantemente nos bombardean con imágenes en donde la irresponsabilidad al volante no solo es aceptable sino de buen tono y cool.

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Heather MacDonald – Citas

Posted by Jordi Guzman en 7 abril 2009


comillas_12Los nuevos ateos no están argumentando contra el punto de vista de que la moralidad es innata, sino contra la idea de que es el producto de la educación formal religiosa. Es la visión del mundo teísta y teocon la que resulta desafiada por lo que Brooks llama “la aproximación evolucionista a la moralidad”, no la visión escéptica. Son los teocon quienes afirman que, a menos que la sociedad y los individuos sean sumergidos en libros pretendidamente sagrados, la anarquía y la depredación gobernarán el mundo. Los escépticos responden que la conducta moral es instintiva, que los padres construyen sobre la base de los impulsos iniciales del niño hacia la empatía y la justicia, reforzando estos impulsos mediante el hábito y la autoridad. Los códigos éticos religiosos son epifenómenos de nuestro sentido moral, no al revés. Y los niños educados sin la creencia en la revelación divina pueden permanecer tan fieles a los valores sociales como aquellos que piensan que los Diez Mandamientos son de origen divino.

Heather MacDonald en Secular Right. Visto en La revolución naturista.

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Probabilidad e inducción: Las bases de la ciencia

Posted by Jordi Guzman en 8 marzo 2009


He estado descargando una buena cantidad de libros últimamente en mi nuevo Kindle, debido a que realmente disfruto con la idea de andar por el metro portando una discreta, muy ligera aunque increíblemente grande biblioteca conmigo. Uno de esos libros es “Philosophy of Science: A Very Short Introduction (Filosofía de la Ciencia: Una brevísima introducción)” de Samir Okasha ,el cual estoy leyendo debido a que intento revisarlo y promocionarlo. filosofia-de-la-cienciaSamir escribe de forma muy clara, y su breve introducción es muy útil para el lector curioso general (y, francamente, algunos científicos conocidos míos podrían usarlo también).

En cualquier caso, Samir dedica bastante espacio en el capítulo 2 de su libro al problema de la inducción de Hume, el cual es fundamental para nuestra comprensión de cómo funciona la ciencia, en realidad, el razonamiento en general. Parece el tipo de cosas con las que los lectores de este blog disfrutan al hincarle el diente, con lo que aquí vamos.

El propio problema es bien conocido: la inducción es el tipo más común de razonamiento que usamos todos (el otro tipo básico, la deducción, se usa mayormente dentro de la lógica formal y las matemáticas), y consiste en la generalización de una serie de observaciones. Por lo que cuando decimos, por ejemplo, que confiamos en que el Sol saldrá mañana, esto no se debe a que tengamos una prueba lógica de que no pueda ser de otra forma, sino a que lo hemos visto elevarse cada día y no hay ninguna razón para pensar que mañana no sucederá así.

Como apunta Okasha, literalmente basamos nuestras vidas en este tipo de razonamiento inductivo, por ejemplo cada vez que apostamos a que un coche girará a la izquierda cuando giramos el volante en sentido anti-horario. (De todas formas, esto no te llevará a hacer la afirmación de que esperas que el Sol salga o que las ruedas giren debido a que comprendes el mecanismo: tu comprensión del mecanismo se basa a sí mismo en una serie de inducciones, no significa que exista una necesidad lógica de que el Sistema Solar o los vehículos funcionen de la forma particular en que lo hacen).

El problema es que, de acuerdo con Hume, ¡no existe una justificación racional para la inducción! Ya ves, si te preguntasen por qué se usa el razonamiento inductivo, muy posiblemente la mejor respuesta que puedes dar es responder que ha funcionado en el pasado. Lo cual es un argumento basado en la inducción. Lo cual significa que están en una petición de principio, en términos filosóficos, atrapado en un razonamiento circular.

Este puede parecer otro ejemplo más de los filósofos atrapados en sus masturbaciones mentales, pero cuanto más piensas sobre ello, más crece dentro de ti el problema de Hume, y se hace perturbador. Citando a Okasha: “Si Hume está en lo cierto, las bases sobre las que está construida la ciencia no parecen tal sólidos como podríamos haber deseado”. Ups.

Se han propuesto distintas formas de resolver el dilema de Hume, ninguno de ellos particularmente exitoso. Me gustaría discutir brevemente aquí la idea – presentada por Okasha en algún detalle – de que el concepto de probabilidad podría rescatar a la ciencia y la razón del problema de la inducción. Sería algo como esto: concedemos que la inducción (al contrario que la deducción) no garantiza la verdad. Tal vez, no obstante, podemos expresar de otro modo lo que la inducción nos permite hacer en términos de afirmaciones probables. Es decir, realmente no significa que sabemos que el Sol saldrá mañana, o que el coche girará hacia la izquierda. Queremos decir que, basándonos en la experiencia pasada, creemos que existe una alta probabilidad de que esos eventos sucedan en el futuro de nuevo. (A propósito, dado que la deducción no garantiza la verdad, ¿por qué no usar esta en su lugar? Debido a que el razonamiento deductivo tiene que empezar con dos o más premisas, y al menos una de esas premisas llega a través de la experiencia, no de principios básicos. Lo cual significa que incluso la propia deducción tiene que depender de la inducción, en algún punto u otro. El misterio se hace más profundo…)

Ahora, el problema es que los filósofos han apuntado que hay al menos tres conceptos de probabilidad, por lo que tenemos que ver cuál, si es que alguno, de ellos será de ayuda para disipar el fantasma de Hume. La primera forma de pensar en la probabilidad es como una medida de la frecuencia de un evento: Si digo que la probabilidad de que una moneda caiga sobre cara es del 50% quiero decir que, si lanzo la moneda 100 veces, de media obtendré cara 50 veces. Esto no nos saca del problema de Hume, debido a que las probabilidades interpretadas como frecuencias de eventos son, de nuevo, una forma de inducción -generalizamos a partir de un rango de eventos más amplio en lugar de todos los eventos posibles, pero el tipo de razonamiento es el mismo.

Segundo, podemos pensar en las probabilidades como el reflejo de un juicio subjetivo. Si digo que es probable que la moneda caiga de cara, simplemente podría expresar mi deseo de que ese sea el caso. Podrías tener un deseo distinto, y responder que no creas que eso sea probable. Esta ciertamente no es una solución viable al problema de la inducción, debido a que las probabilidades subjetivas son, bueno, subjetivas, y por tanto reflejan una opinión no grados de verdad.

Por último, se puede adoptar lo que Okasha llama la interpretación lógica de las probabilidades, de acuerdo a lo cual el que exista una probabilidad X de que un evento ocurra significa que tenemos razones objetivas para creer (o no) que X sucederá (por ejemplo, debido a que conocemos la física del Sistema Solar, la mecánica del vehículo, o la física de la moneda lanzada al aire). Esto no significa que siempre estemos en lo correcto, pero ofrece una prometedora salida al dilema de Hume, dado que parece que asentamos nuestros juicios en unas bases más sólidas. De esta forma, esta es la opción adoptada por muchos filósofos, y sería la que probablemente preferirían los científicos, si es que dedican algún momento de pensamiento a este tipo de cosas. (Los expertos estadísticos de entre vosotros habréis notado que esta idea de probabilidad no es la estándar frecuentemente común en el análisis estadístico clásico, sino más similar a la probabilidad de los métodos bayesianos).

Okasha advierte a sus lectores, no obstante, sobre que incluso la interpretación lógica de las probabilidades cae en problemas tanto matemáticos como filosóficos, pero eso lo dejaremos para otro momento. Permitidme concluir con otra cita del libro de Samir, la cual encapsula para mi el punto central del análisis filosófico: “Como la mayor parte de las cuestiones filosóficas, estas cuestiones probablemente no admiten una respuesta final, pero al abordarlas aprendemos mucho sobre la naturaleza y límites del conocimiento científico”. Así es.

Artículo traducido y posteado en Ciencia Kanija, el original se publicó en Scientific Blogging y su autor es Massimo Pigliucci.

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Primer estudio global sobre la vida y la obra de Ramon Llull

Posted by Jordi Guzman en 3 febrero 2009


Ramon Llull

Ramon Llull

“Raimundus Lullus. An Introduction tono his Life, Works and Thought” es el título de la primera introducción general a la vida, la obra y el pensamiento del filósofo y teólogo Ramon Llull (1232-1316), que acaba de ser publicada recientemente en lengua inglesa dentro la prestigiosa colección Corpus Christianorum. El libro, resultado de un trabajo de investigación coordinado por los profesores Alexander Fidora (ICREA), del Departamento de Ciencias de la Antigüedad y de la Edad Media de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) y Josep E. Rubio, de la Universitat de Valencia, supone un hito muy importante para los estudios llulllianos a nivel internacional y para la proyección de la cultura catalana en cualquier parte del mundo.

Ramon Llull está considerado uno de los pensadores más destacados de la historia universal. Pero el estudio de su pensamiento presenta todavía muchas dificultades, que tienen que ver, sobre todo, con su carácter polifacético y el volumen de su producción. En sus 280 obras, escritas en latín, catalán y árabe, Llull se nos presenta como filósofo y místico, como lógico y poeta, como misionero y defensor de la cruzada, precursor de la moderna informática y padre de la lengua catalana. Esta “Introduction”, con su esfuerzo de síntesis, pretende facilitar el acceso a este universo intelectual tan rico y complejo, reuniendo por primera vez en un solo libro las características esenciales de Ramon Llull y de su obra.

El estudio es resultado de un trabajo de investigación conjunto en el cual han intervenido, a lo largo de los últimos 5 años, diferentes especialistas de Alemania, España e Italia y ha sido editado por Brepols, editorial belga dedicada a la edición de textos latinos antiguos y medievales, dentro del Corpus Christianorum, la colección más prestigiosa de ediciones de autores clásicos de la tradición cristiana, donde se publican también las ediciones críticas de las obras latinas de Ramon Llull.

Con más de 500 páginas, el libro está estructurado en tres partes. La primera, dedicada a la biografía, explica con detalle la trajectoria vital de Ramon Llull: su conversión, sus viajes a Montpellier, a la Universidad de París, a la corte del papa en Roma y su actividad misionera al norte de África, con el fin de contextualizar su producción intelectual, situándola dentro del horizonte político y social de su tiempo. La segunda parte describe una por una las 280 obras que Llull escribió a lo largo de su vida. Para cada una se dan las coordenadas temporales y geográficas de su composición, una descripción de su contenido, así como referencias bibliográficas para profundizar en su estudio. La tecera parte presenta su pensamiento filosófico-teológico: el Arte llulliano, explicando la evolución de este sistema, su alfabeto y sus figuras. También se estudia cómo Llull aplica su ciencia universal a los diferentes ámbitos de la realidad: al cosmos, al hombre y a Dios.

Durante los últimos 15 años, los estudios sobre Ramon Llull han hecho avances notables, tanto con respecto a la publicación de sus 280 obras (muchas de las cuales todavía están por editar en ediciones críticas), como por el estudio de su pensamiento. En España hace falta destacar las aportaciones de la Archivium Lullianum de la UAB, del Centro de Documentación Ramon Llull de la UB y de la Maioricensis Schola Lullistica de Palma de Mallorca. El centro más importante, sin embargo, se encuentra en Alemania, en la Universidad de Freiburg, donde se preparan las ediciones críticas de los textos latinos de Ramon Llull. Actualmente, se han publicado 32 volúmenes de las “Raimundi Lulli Opera latina” (ROL) dentro la serie Corpus Christianorum. La presente “Introduction”, aparecida dentro de la misma colección, servirá como Introducción general a las ROL.

Referencia de la obra:
Alexander Fidora / Josep E. Rubio (eds.), Raimundus Lullus. An Introduction to his Life, Works and Thought, Turnhout: Brepols (Corpus Christianorum. Continuatio Mediaevalis 214, Supplementum Lullianum II), 2008, ISBN 978-2-503-52610-2, XIV + 564 p., 180,- €.

Noticia publicada en la página de la Universitat Autònoma de Barcelona. Espero, aunque la verdad no lo creo, que se haga una traducción al castellano.

Más sobre el tema: Ramon Llull.

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John Gray – Citas

Posted by Jordi Guzman en 15 mayo 2008


Un zoológico es la mejor ventana desde la cual observar el mundo humano que un monasterio.

John Gray. Straw Dogs: Thoughts on Humans and Other Animals (2002)

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3 Teorías que podrían hacer estallar al Big Bang

Posted by Jordi Guzman en 9 abril 2008


Articulo completo posteado en Ciencia Kanija. El original apareció en Discover y su autor es Adam Frank. Dejadme comentar que este articulo me parece una autentica maravilla.

El tiempo pudo no haber tenido un principio – y podría no existir en absoluto.

Para Paul Steinhardt y Neil Turok, el Big Bang finalizó en un día de verano de 1999 en Cambridge, Inglaterra. Sentados juntos en una conferencia que habían organizado, llamada “Un adiestramiento sobre la conexión de la física fundamental y la cosmología”, los dos físicos de pronto llegaron a la misma idea. Tal vez la ciencia estaba por fin lista para abordar el misterio de qué hizo estallar al Big Bang. Y si era así, entonces tal vez la ciencia pudiese también enfrentarse a una de cuestiones más profundas: ¿Qué pasó antes del Big Bang?

Steinhardt y Turok — trabajando estrechamente con algunos colegas de su misma opinión — han desarrollado ahora estas visiones en una detallada alternativa a la visión predominante similar al Génesis de la cosmología. De acuerdo con la Teoría del Big Bang, todo el universo surgió durante un único instante hace aproximadamente 13 700 millones de años. En la teoría rival, nuestro universo se genera y regenera a sí mismo en un ciclo infinito de creación. La última versión de modelo cíclico incluso encaja con las piezas clave de evidencias observacionales que apoyan la visión anterior.

Este es el reto más detallado hasta el momento a la ortodoxia de 40 años del Big Bang. Algunos investigadores van más allá y prevén un tipo de tiempo infinito que se desarrolla no sólo en este universo, sino en un multiverso — una multitud de universos, cada uno de los cuales tiene sus propias leyes físicas y su propia historia de la vida. Mientras otros revisan la propia idea del tiempo, interpretando el concepto de “inicio” como algo sin sentido.

Todas estas herejías cosmológicas concuerdan en una cosa: El Big Bang no define por más tiempo el límite de cómo de lejos puede explorar la mente humana.

Gran Idea 1: La increíble masificación

La última elaboración de la cosmología cíclica de Steinhardt y Turok, encabezada por Evgeny Buchbinder del Instituto Perimeter de Física Teórica en Waterloo, Ontario, fue publicada el pasado diciembre. Aún así el impulso detrás de este trabajo es muy anterior a las teorías modernas del universo. En el siglo cuarto, San Agustín se preguntó qué hacía el Señor antes del primer día del Génesis (repitiendo irónicamente la exasperante réplica de “Estaba preparando el Infierno para aquellos que se entrometen demasiado”). La cuestión es que se convirtió en ciencia en 1929, cuando Edwin Hubble determinó que el universo se estaba expandiendo. Extrapolándolo hacia atrás, las observaciones de Hubble sugerían que el cosmos se separaba desde un origen explosivo, el legendario Big Bang.

En el estándar de la interpretación del Big Bang, que tomó forma en los años 60, el evento formativo no fue una explosión que tuvo lugar en algún punto del espacio y del tiempo — fue una explosión de espacio y tiempo. En esta visión, el tiempo no existía con anterioridad. Incluso para muchos investigadores en el campo, ésta fue una píldora difícil de tragar. Es difícil imaginar que el tiempo simplemente comienza: ¿Cómo decide el universo que es hora de saltar a la existencia?

Durante años, cada intento de comprender lo que sucedía en ese momento formativo se encontraba rápidamente con un callejón sin salida. En el modelo estándar del Big Bang, el universo comienza en un estado de densidad y temperatura casi infinitas. En tales extremos las leyes conocidas de la física colapsan. Para recorrer todo el camino de vuelta al inicio del tiempo, los físicos necesitan una nueva teoría, una que fusione la relatividad general con la mecánica cuántica.

Los proyectos para dar sentido al Big Bang comenzaron a mejorarse en los años 90 cuando los físicos refinaron sus ideas en la Teoría de Cuerdas, una prometedora aproximación para reconciliar las visiones de la relatividad y la cuántica. Nadie sabe aún si la Teoría de Cuerdas encaja con el mundo real — el Gran Colisionador de Hadrones, un impactador de partículas que entrará en funcionamiento a finales de este año, puede proporcionar algunas pistas — pero ya ha inspirado algunas ideas sorprendentes sobre cómo está construido el universo. Lo más notable es que las actuales versiones de la Teoría de Cuerdas proponen siete dimensiones ocultas del espacio además de las tres que experimentamos.

Cosas extrañas y maravillosas pueden suceder in esas dimensiones extra: Esto es lo que inspiró a Steinhardt (Universidad de Princeton) y Turok (Universidad de Cambridge) para configurar la fatídica conferencia de 1999. “Organizamos la conferencia porque ambos sentíamos que el modelo estándar del Big Bang fallaba al explicar cosas”, dice Turok. “Queríamos reunir a la gente para hablar sobre lo que la Teoría de Cuerdas podía hacer por la cosmología”.

El concepto clave resultó ser una “brana”, un mundo tridimensional incrustado en un espacio de más dimensiones (el término, en el lenguaje de la Teoría de Cuerdas, es simplemente una abreviatura de membrana). “La gente justo había empezado a hablar de las branas cuando planeamos la conferencia”, recuerda Steinhardt. “Junto, Neil y yo fuimos a una charla donde los ponentes estaban describiéndolas como objetos estáticos. Al terminar ambos hicimos la misma pregunta: ¿Qué pasa si la membrana puede moverse? ¿Qué pasa si colisiona?”

Una notable visión comenzaba a tomar forma en la mente de los dos físicos. Una hoja de papel volando por el aire es un tipo de membrana bidimensional dando vueltas en nuestro mundo tridimensional. Para Steinhardt y Turok, todo nuestro universo es sólo una hoja, o una 3-D brana, moviéndose a través de un fondo de cuatro dimensiones llamado “la masificación”. Nuestra brana no es la única; existen otras moviéndose también por la masificación. Así como dos hojas de papel pueden ser lanzadas una contra otra en una tormenta, distintas 3-D branas podrían colisionar dentro de la masificación.

Las ecuaciones de la Teoría de Cuerdas indican que cada 3-D brana ejercería unas poderosas fuerzas sobre las otras cercanas en la masificación. Vastas cantidades de energía yacen vinculadas en estas fuerzas. Una colisión entre dos branas podrían liberar esas energías. Desde el interior, el resultado parecería una tremenda explosión. Incluso más intrigante, las características teóricas de la explosión encajan de cerca con las propiedades observadas del Big Bang — incluyendo el fondo de microondas cósmico, el brillo del feroz calor del universo en sus primeros días. “Esto es sorprendente para nosotros debido a que significa que las branas en colisión podrían explicar una de las piezas clave en las pruebas que se usan para apoyar el Big Bang”, dice Steinhardt.

Tres años después llegó una segunda epifanía: Steinhardt y Turok encontraron que su historia no finalizaba tras la colisión. “No estábamos buscando ciclos”, dice Steinhardt, “pero el modelo los producía de forma natural”. Tras una colisión, la energía generaba materia en los mundobranas. La materia entonces evoluciona en el tipo de universo que conocemos: galaxias, estrellas, planetas. El espacio entre las branas se expande, y al principio la distancia entre las branas (en la masificación) crece también. Cuando el mundobrana se expande tanto que su espacio está casi vacío, no obstante, las fuerzas atractivas entre las branas arrastran a los mundo-hojas a unirse de nuevo. Tiene lugar una nueva colisión, y un nuevo ciclo de creación comienza. En este modelo, cada ronda de existencia — cada ciclo de una colisión a la siguiente — se alarga aproximadamente un billón de años. Con tal consideración, nuestro universo aún está en su infancia, con apenas un 0,1 por ciento de su camino a lo largo del ciclo actual.

El universo cíclico resuelve directamente el problema del antes. Con una infinidad de Big Bangs, el tiempo se extiende para siempre en ambas direcciones. “El Big Bang no fue el inicio del espacio y el tiempo”, dice Steinhardt. “Hubo un antes, y el antes importa debido a que deja una huella de lo que pasa en el siguiente ciclo”.

No todo el mundo está de acuerdo con esta salida del pensamiento cosmológico habitual. Algunos investigadores consideran que las ideas de Steinhardt y Turok están desencaminadas o son incluso peligrosas. “Un respetado científico me dijo una vez que deberíamos dejarlo porque estábamos minando la confianza del público en el Big Bang”, dice Turok. Pero parte del atractivo del universo cíclico es que no es sólo una idea preciosa – sino que es comprobable.

El modelo estándar de los inicios del universo predice que el espacio está lleno de ondas gravitatorias, olas en el espacio-tiempo dejadas en los primeros instantes tras el Big Bang. Estas olas se ven muy distintas en el modelo cíclico, y esas diferencias podrían medirse — tan pronto como los físicos desarrollen un detector de ondas gravitatorias eficaz. “Pueden pasar 20 años antes de que tengamos la tecnología”, dice Turok, “pero en principio puede hacerse. Dada la importancia de la cuestión, diría que merece la pena de la espera”.

Gran idea 2: La flecha del tiempo

Aunque el concepto de un universo cíclico proporciona una forma de explorar el pasado del Big Bang, algunos científicos creen que Steinhardt y Turok han esquivado el profundo tema de los orígenes. “El problema real no es el inicio del tiempo sino de la flecha del tiempo”, dice Sean Carroll, físico teórico en Caltech. “Buscar un universo que se repite a sí mismo es exactamente lo que no quieres. Los ciclos nos dan un tiempo que fluye en una dirección definida, y la dirección del tiempo es justo lo que necesitamos explicar”.

En 2004 Carroll y su estudiante graduada, Jennifer Chen, aparecieron con una respuesta muy distinta al problema anterior. Desde su visión, la flecha del tiempo y el inicio del tiempo no pueden tratarse de forma separada: No hay forma de abordar lo que sucedió antes del Big Bang hasta comprender por qué el antes precede al después. Así como Steinhardt y Turok, Carroll cree que hallar la respuesta requiere repensar todo el universo, pero Carroll no está satisfecho añadiendo más dimensiones. También quiere añadir más universos — muchísimos más — para demostrar que, a gran escala, el tiempo no fluye sino que avanza simétricamente atrás y adelante.

La progresión del tiempo en una dirección, siempre hacia el futuro, es uno de los grandes enigmas de la física. Las ecuaciones que gobiernan los objetos individuales no se preocupan de la dirección del tiempo. Imagina una película de dos bolas de billar chocando; no hay forma de decir si la película se mueve hacia delante o hacia atrás. Pero si reúnes una enorme cantidad de átomos en algo como un globo, el pasado y el futuro se ven muy distintos. Revienta el globo y las moléculas de aire en su interior rápidamente llenarán todo el espacio; nunca corren hacia atrás para volver a inflar el globo.

En un grupo de objetos tan grande, el sistema tiende hacia el equilibrio. Los físicos usan el término entropía para describir cómo de alejado está un sistema del equilibrio. Cuanto más cerca, mayor es la entropía; el equilibrio completo es, por definición, el valor máximo. Por tanto el camino de una entropía baja (todas las moléculas distribuidas en una esquina de la sala, inestable) a una entropía máxima (las moléculas distribuidas en la sala, estable) define la flecha del tiempo. La ruta al equilibrio separa el antes del después. Una vez se alcanza el equilibrio la flecha del tiempo no tiene sentido, porque no es posible ningún cambio.

“Nuestro universo ha estado evolucionando durante 13 000 millones de años”, dice Carroll, “por lo que claramente no empezó en equilibrio”. En lugar de esto, toda la materia, energía, espacio e incluso el tiempo deben haber comenzado en un estado de entropía extraordinariamente baja. Esta es la única forma en la que podríamos comenzar con un Big Bang y terminar con el cosmos maravillosamente diverso que vemos hoy. Comprende cómo sucedió, argumenta Carroll, y comprenderás el proceso mayor que llevó a nuestro universo a la existencia.

Para demostrar cómo de extraño es nuestro universo, Carroll considera todas las otras formas en las que podría haberse formado. Pensando sobre el rango de posibilidades, se pregunta: “¿Por qué la configuración inicial del universo permitió al tiempo cósmico tener una dirección? Hay un infinito número de formas en que el universo inicial pudo haberse configurado. Una abrumadora mayoría de ellos tienen una entropía alta”. Estos universos de alta entropía serían aburridos e inertes; la evolución y el cambio no serían posibles. Tal universo no podría producir galaxias y estrellas, y ciertamente no podría dar soporte a la vida.

Es casi como si nuestro propio universo estuviese ajustado con precisión para comenzar lejos del equilibrio de tal forma que pudiese poseer una flecha del tiempo. Pero para un físico, invocar el ajuste preciso es similar a decir que “ocurrió un milagro”. Para Carroll, el reto fue encontrar un proceso que explicase la baja entropía del universo de forma natural, sin el llamamiento a una increíble coincidencia o (peor) a un milagro.

Carroll encontró que este proceso oculto en las profundidades de una de las más extrañas y apasionantes elaboraciones recientes de la Teoría del Big Bang. En 1984, el físico del MIT Alan Guth sugirió que el jovencísimo universo había pasado por un periodo de expansión acelerada, que llamó “inflación” y tal expansión había ampliado un pequeño rincón de un universo anterior en todo lo que vemos. A finales de los años 80 Guth y otros físicos, principalmente Andrei Linde, ahora en Stanford, vieron que la inflación podría haber sucedido una y otra vez en un proceso de “inflación eterna”. Como resultado, universos de bolsillo muy similares al nuestro podrían estar surgiendo a partir del fondo no inflacionado a cada momento. Esta multitud de universos fue conocida, inevitablemente, como multiverso.

Carroll encontró en el concepto de multiverso una solución tanto a la dirección como al origen del tiempo cósmico. Había estado meditando sobre la flecha del tiempo desde que se graduó en la universidad a finales de los años 80, cuando publicó artículos sobre la factibilidad del viaje en el tiempo usando la física conocida. La inflación eterna sugiere que no es suficiente con pensar sobre el tiempo sólo en nuestro universo; se dio cuenta de que necesitaba considerarlo en un contexto mucho mayor de multiverso.

“Nos preguntamos si la inflación podría funcionar en ambas direcciones”, dice Carroll. “Eso significa que no sería necesario un único Big Bang. Los universos de bolsillo siempre aparecerían del fondo no inflacionado. El truco necesario para hacer que funcione la inflación eterna era encontrar un punto de inicio genérico: una condición fácil de lograr que sucediera infinitamente muchas veces y permitiese que la inflación eterna fluyese en ambas direcciones”.

Una teoría completa de la inflación eterna llegó a la mente de Carroll en 2004, mientras atendía a un taller de cinco meses de cosmología en el famoso Instituto Kavli de Física Teoría de la Universidad de California en Santa Bárbara junto a su estudiante Jennifer Chen. “Vas a un lugar como Kavli y te ves lejos de las responsabilidades normales de enseñar”, dice Carroll. “Eso te da tiempo para colocar todas las cosas en su sitio”. En esos cinco meses, Carroll y Chen elaboraron una visión de un multiverso derrochador sin inicios, finales ni flechas del tiempo.

“Todo lo que necesitas”, dice Carroll, con la afición de los físicos a la vaguedad, “es empezar con algo de espacio vacío, algo de energía oscura, y paciencia”. La energía oscura — un tipo de energía oculto incrustado en el espacio vacío, cuya existencia está firmemente conformada por observaciones recientes — es crucial debido a que la física cuántica dice que cualquier campo de energía siempre producirá fluctuaciones aleatorias. En la teoría de Carroll y Chen, las fluctuaciones de fondo de la energía oscura actúan como semillas que disparan nuevas rondas de inflación, creando una multitud de universos de bolsillo a partir del espacio vacío.

“Algunos de estos universos de bolsillo colapsarán en agujeros negros y se evaporarán, sacándose a sí mismos de la descripción”, dice Carroll. “Pero otros se expandirán para siempre. Los que se expanden, finalmente se dispersan. Se convierten en nuevo espacio vacío a partir del cual puede empezar de nuevo la inflación”. Todo el proceso puede suceder de nuevo una y otra vez. Sorprendentemente, la dirección del tiempo no importa en el proceso. “Esto es lo divertido. Puedes evolucionar los pequeños universos en inflación en cualquier dirección desde tu punto de inicio genérico”, dice Carroll. En el pasado súper-lejano de nuestro universo, mucho antes del Big Bang, pudo haber otros Big Bangs para los que la flecha del tiempo corriera en la dirección opuesta.

En la mayor escala, el multiverso es como una espuma de universos de bolsillo interconectados, completamente simétricos respecto al tiempo. Algunos universos se mueven adelante, pero en general, un número igual se mueven hacia atrás. Con un espacio infinito de universos, no hay límite a la entropía. Siempre puede aumentar; cada universo nace con un espacio (y entropía) para evolucionar. El Big Bang es sólo nuestro Big Bang, y no es único. La cuestión de antes se esfuma debido a que el multiverso siempre ha existido y siempre lo hará, evolucionando pero – en un sentido estadístico – siempre el mismo.

Tras terminar su artículo sobre el multiverso junto a Chen, Carroll sintió una punzada de disgusto. “cuando terminas algo como eso, es agridulce. La diversión con los problemas difíciles está en la búsqueda”, dice. Afortunadamente para él, la búsqueda continúa. “Nuestro artículo en realidad expresa un punto de vista minoritario”, admite. Ahora está trabajando duro en artículos posteriores desarrollando los detalles y reforzando su argumento.

Gran idea 3: Los Ahoras tienen la solución

En 1999, mientras Steinhardt y Turok se reunían en Cambridge y Carroll meditaba sobre el significado del multiverso, el físico rebelde Julian Barbour publicó The End of Time (El final del tiempo) — un manifiesto que sugería que intentar abordar lo que sucedió antes del Big Bang estaba basado en un error fundamental. No es necesario encontrar una solución al inicio del tiempo, insistía Barbour, debido a que el tiempo no existía en realidad.

En 1963, un artículo en una revista cambió la vida de Barbour. En esa época era un joven estudiante graduado en física encaminándose a un relajante viaje a las montañas. “Yo estudiaba en Alemania y había llevado conmigo un artículo a mis vacaciones en los Alpes Bávaros”, dice Barbour, ahora de 71 años. “Era sobre el gran físico Paul Dirac. Especulaba sobre la naturaleza del espacio y del tiempo en la Teoría de la Relatividad”. Tras terminar el artículo Barbour se quedó con una duda que nunca fue capaz de abandonar: ¿Qué es, en realidad, el tiempo? No podía dejar de pensar en eso. Se dio la vuelta a mitad de camino a las montañas y nunca alcanzó la cima.

“Sabía que podía llevarme años comprender mi pregunta”, recuerda Barbour. “No había forma de que pudiese tener una carrera académica normal, publicando artículo tras artículo, y realmente llegando a ninguna parte”. Con la determinación de un bulldog abandonó la física académica y se asentó en la Inglaterra rural, manteniendo a su familia traduciendo revistas científicas rusas. Treinta y ocho años más tarde, aún vive en la misma casa, ha dado suficientes respuesta para salir de la oscuridad y captar la atención de la comunidad física mundial.

En los años 70 Barbour comenzó a publicar sus ideas en revistas respetadas pero ligeramente poco convencionales, como The British Journal for the Philosophy of Science y Proceedings of the Royal Society A. Continúa enviando artículos, más recientemente con su colaborador Edward Anderson de la Universidad de Cambridge. Los argumentos de Barbour son complejos, pero su idea principal mantiene su simpleza: No existe el tiempo. “Si intentas mantener el tiempo en tus manos, siempre se desliza a través de tus dedos”, dice Barbour con su cautivador encanto inglés. “Mi idea es que la gente no puede capturar el tiempo debido a que no existe en absoluto”.

Isaac Newton pensó en el tiempo como en el flujo de un río que seguía un curso estable. Albert Einstein unificó el espacio y el tiempo en una única entidad, pero aún se mantenía la idea del tiempo como una medida del cambio. Desde la perspectiva de Barbour no hay un río invisible del tiempo. En lugar de esto, piensa que los cambios simplemente crean la ilusión del tiempo, con cada momento individual existiendo por derecho propio, completo y entero. Llama a estos momentos “Ahoras”.

“Cuando vivimos, parece que nos movemos a través de una sucesión de Ahoras. La cuestión es, ¿qué son?”, pregunta Barbour. Su respuesta: Cada Ahora es una configuración de todo en el universo. “Tenemos la fuerte impresión de que las cosas tienen posiciones definidas relativas entre sí. Mi objetivo es abstraerme de todo lo que no podemos ver, directa o indirectamente, y simplemente mantener esta idea de muchas cosas coexistiendo a la vez. Simplemente hay Ahoras, nada más y nada menos”.

Los Ahoras de Barbour pueden imaginarse como páginas de una novela arrancadas de la pasta del libro y lanzadas aleatoriamente sobre el suelo. Cada página es una entidad separada. Colocando las páginas en un orden especial y moviéndolas paso a paso hace que la historia parezca revelarse. Incluso así, no importa cómo ordenemos las hojas, cada página es completa e independiente. Para Barbour, la realidad es sólo la física de estos Ahoras tomados como un conjunto.

“Lo que verdaderamente me intriga es que la totalidad de posibles Ahoras tiene una estructura muy especial”, dice. “Puedes pensar en ellos como un paisaje o país. Cada punto en este país es un Ahora, y llamo al país Platonia”, en referencia al concepto de Platón de una realidad más profunda, “debido a que no tiene tiempo y está creado por reglas matemáticas perfectas. Platonia es la verdadera arena del universo”.

En Platonia todas las posibles configuraciones del universo, cada posible situación de cada átomo, existe de forma simultánea. No existe un pasado que fluye hacia el futuro; la cuestión de lo que hubo antes del Big Bang nunca surge porque en la cosmología de Barbour no hay tiempo. El Big Bang no es un evento en el pasado lejano; es sólo un lugar especial en Platonia.

Nuestra ilusión del pasado surge debido a que cada Ahora en Platonia contiene objetos que aparecen como “registros”, en el lenguaje de Barbour. “La única evidencia que tienes de la semana pasada es tu memoria — pero la memoria procede de una estructura estable de las neuronas en tu cerebro ahora. La única evidencia que tenemos del pasado de la Tierra son las rocas y fósiles — pero estas son sólo estructuras estables en la forma de ordenación de minerales que examinamos en el presente. Todo lo que tenemos son estos registros, y sólo los tenemos en este Ahora”, dice Barbour. En su teoría, algunos Ahoras están vinculados con otros en el paisaje de Platonia incluso aunque existan simultáneamente. Esos vínculos crean la apariencia de una secuencia del pasado al futuro, pero no existe un flujo actual de un Ahora a otro.

“Piensa en los enteros”, dice Barbour. “Cada entero existe simultáneamente. Pero algunos enteros están vinculados en estructura, como el conjunto de todos los primos o los números que se obtienen de la serie de Fibonacci”. Aún así en número 3 no tiene lugar en el pasado del número 5 de la misma forma que el Big Bang tampoco existe en el pasado del año 2008.

Estas ideas pueden sonar a conversaciones de madrugada en una residencia de estudiantes, pero Barbour ha pasado décadas forjándolas en el duero lenguaje de las física matemática. Ha mezclado Platonia con las ecuaciones de la mecánica cuántica para desplegar una descripción matemática de una física “sin cambios”. Con su colaborador irlandés Niall Ó Murchadha de la Universidad Nacional de Irlanda en Cork, Barbour continúa reformulando una versión de la Teoría de Einstein libre del tiempo.

Entonces, ¿Qué sucedió en realidad?

Para cada una de las alternativas al Big Bang, es más fácil demostrar el atractivo de una idea que demostrar que es correcta. La cosmología cíclica de Steinhardt y Turok puede dar cuenta de trozos críticos normalmente citados para apoyar al Big Bang, pero los experimentos que podrían colocarla en la cima están a décadas de distancia. El modelo de Carroll del multiverso depende de una interpretación especulativa de la cosmología inflacionaria, la cual en sí misma está apenas verificada.

Barbour permanece en el extremo más alejado. No tiene forma de comprobar su idea de Platonia. La potencia de sus ideas descansan pesadamente en la belleza de su formulación y en su capacidad de unificar la física. “Lo que estamos resolviendo ahora es simple y coherente”, dice Barbour, “y debido a esto creo que está mostrándonos algo fundamental”.

La recompensa que ofrece Barbour no es sólo una solución matemática sino también filosófica. En lugar de todas las nociones conflictivas sobre el Big Bang y lo que hubo antes, él ofrece una salida. Propone abandonar el pasado — la idea completa de pasado — y vivir plena y felizmente en el Ahora.

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En los días más santos del año

Posted by Jordi Guzman en 22 marzo 2008


Este es un articulo escrito por Félix de Azúa aparecido en El Periodico en 22 de marzo.

El filosofo G.W.F Hegel, que es el Platón de la era moderna, idolatrado o execrado, pero ineludible, escribió que la religión cristiana murió cuando Lutero puso en marcha la Reforma protestante. A partir de entonces, la palabra de Dios traducida al alemán podía ser interpretada libremente por los creyentes sin contar con la ayuda de sacerdotes, y esos restos de paganismo que subsistían en el catolicismo fueron borrados de los templos reformados. La religión cristiana pasaba a ser filosofía cristiana.
Esto lo escribió la mejor cabeza del siglo XIX, pero hoy lo constatamos sin tener que hacer el esfuerzo de leerlo. En el sur paganizado, la Semana Santa ya es como el Día de la Madre, una excusa como otra para gastar el dinero en viajes, banquetes, diversiones o juergas. En el norte reformado, la santidad de la semana hace decenios que desapareció, sustituida por una referencia administrativa.
En el sur, las procesiones barrocas (no solo las españolas, sino las mas espeluznantes de Sicilia y Nápoles) mantienen la tortura y el asesinato del Justo como un espectáculo popular que muestra las enseñanzas de la muerte a un publico más dado a las emociones que a la reflexión. En el norte es el recogimiento de las familias, allá donde aun subsiste, lo que lleva a pensar que aun queda en casa alguien afligido por la crueldad de los humanos, la arrogancia de los poderosos, la vileza de la plebe y el asesinato de los inocentes justificado por el cinismo de Estado. Ya que esta y no otra es la historia de Jesús de Nazaret y por eso su ejecución merece ser recordada.
Lo que nadie podía prever es la unidad que se ha producido entre el norte y el sur gracias al arte menos material, más sutil, más intangible. En todas las ciudades de Europa, desde Oslo hasta Cuenca, de Minsk a Lisboa, suena durante estos días alguna de las Pasiones de Johann Sebastián Bach. El severo compositor alemán es quedaría estupefacto si supiese que aquella música que él escribió para ser oída solo una vez, ahora es la única celebración realmente piadosa y magnifica del asesinato del Justo en todo un continente.

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Historia del ateísmo (I)

Posted by Jordi Guzman en 22 noviembre 2007


En el siglo XVI la Biblia había sido traducida a muchos idiomas vernáculos para preocupación de la iglesia que creía, y con razón, que no resultaría nada bueno que gente común y corriente tuviese acceso al texto sagrado. Antes que eso solo existía la versión en latín y, además, reservada para el uso e interpretación del clero, el cual hacía la función de enlace entre la palabra revelada y los creyentes. Por aquella época y por primera vez, por lo menos de forma mas o menos generalizada, la iglesia y la religión en general sufría un descrédito importante, piénsese que se habían matado entre católicos y protestantes un buen numero de personas. Aquí y allí, poco a poco, la gente leyó la Biblia y vio que tenia inconsistencias y contradicciones, en el texto sagrado no había ni mención, por ejemplo a: la transubstanciación del pan y del vino, el símbolo de la cruz, la idea de adorar imágenes (de hecho esta rigurosamente prohibido), la autoridad papal, el celibato sacerdotal, el bautismo infantil, la canonización de los santos o la imposibilidad de salvarse fuera de la iglesia católica.

La idea de ateísmo, pero, no era original de ese siglo, de hecho, el primer ateo del que se tiene noticia es Anaxágoras de Clazomene (sobre 480-450 a. C.), quien por su libertad de pensamiento fue acusado de ateísmo, procesado y condenado. También fue acusado de ateísmo el poeta Diágoras de Melos, quien había llegado a la conclusión de que Dios no podía existir si tantos actos de injusticia quedaban impunes. En la India en el siglo VI a. C. la tradición lokayata defendía un acercamiento hedonístico al mundo basado en un texto hoy perdido, el Brhaspati Sutra, sus creencias centrales suponían un rechazo de la tradición y la magia y sostenían que el cuerpo y el yo eran una y la misma cosa, en otras palabras, que no había vida después de la muerte y que se vivía por los placeres del aquí y ahora, era conocido como Carvaka. Purana Kassapa, un asceta errante indio, también critico la doctrina del karma, fundamental en la religión hindú, y afirmó que no existía el mas allá y que la moral era un fenómeno natural cuyo único propósito era ayudar a la vida aquí en la tierra.

En China los taoístas desaconsejaban especular sobre el origen y fin ultimo de la naturaleza, y enfatizaban en cambio el carácter eterno e increado del Tao, el que antes de que apareciera el cielo y la tierra lo único que había era silencio y vacío. Xun Zi (298-238 a. C.) puso en duda los poderes sobrenaturales y descreía de la eficacia de la oración y las practicas adivinatorias y recomendaba más el estudio de la naturaleza que su veneración, Xun Zi sostenía que lo que ocurre en el mundo es consecuencia de “las cualidades o defectos” del hombre y no de la intervención de fuerzas sobrenaturales.

En occidente, en la Universidad de París en 1376, hubo una asombrosa exhibición de librepensamiento a cargo de los estudiantes de filosofía. Un listado de 219 tesis propuestas por ellos incluye refutaciones de la Trinidad, la divinidad de Jesús, la resurrección y la inmortalidad del alma. Además insistieron que la oración era inútil y afirmaron que los evangelios y otros libros sagrados contenían “fábulas y falsedades”. Al parecer, los estudiantes fueron reprendidos severamente por el arzobispo, pero el hecho no tuvo consecuencias mas serias.

Fuente: Ideas. Historia intelectual de la humanidad. Peter Watson. Crítica, 2006.

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Rafael Sanzio, genio del renacimiento

Posted by Jordi Guzman en 7 noviembre 2007


“Aquí yace Rafael, mientras vivió la naturaleza se vio a si misma vencida, ahora que esta muerto ella también teme morir”

Así reza el epitafio en la tumba del gran Rafael (1483-1520) situada nada menos que en el Panteón de Roma y el principio de este gran documental sobre la vida del pintor y arquitecto del renacimiento, maestro del fresco, con una capacidad de trabajo enorme y aun que murió relativamente joven dejo un numero considerable de obras pictóricas. Y como muestra una de sus obras mas conocidas: La Escuela de Atenas, en donde además de pintar a filósofos o matemáticos de la antigua Grecia, les puso a algunos la cara de artistas contemporáneos suyos como Leonardo da Vinci, Miguel Ángel o Rafael mismo, para ver la identidad en este enlace de la Wiki se explica perfectamente. Para ver el documental clic aquí y para ver el fresco a gran resolución pulsa en la imagen.

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sir Peter Hall – Ciudades en civilización

Posted by Jordi Guzman en 26 octubre 2007


La fuente original: Atenas.

“La cuestión clave con Atenas es que fue la primera. Y fue la primera no en un sentido restringido: fue la primera en muchísimas de las cosas que, desde entonces, en verdad cuentan para la civilización occidental y lo que esta significa. En el siglo V a. C. Atenas nos dio la democracia, en la forma mas pura que conocemos…Nos dio la filosofía, incluida la filosofía política, en una forma tan desarrollada que difícilmente alguien pudo añadir algo a ella durante mas de un milenio. Nos dio la primera historia sistemática escrita en el mundo. Sistematizó el conocimiento medico y científico de la época, y por primera vez empezó a fundarlo en generalizaciones realizadas a partir de observaciones empíricas. Nos dio la primera poesía lírica y luego la comedia y la tragedia, todo ello también con un grado tan extraordinario de sofisticación y madurez, que parecieran haber estado germinando bajo el sol griego durante centenares de años. Nos dejo el primer arte naturalista; por primera vez, los seres humanos captaron y registraron para siempre el soplo del viento y las cualidades de una sonrisa. Sin ayuda de nadie inventaron los principios y las normas de la arquitectura…”

sir Peter Hall. Cities in Civilization: Culture, Technology, and Urban Order, London, Weidenfeld & Nicolson, 1998; New York, Pantheon Books, 1998

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